El Presidente Andrés Manuel López Obrador y el Ministro Arturo Zaldívar.

“El Presidente de la República quiere un Presidente de la SCJN y a una Corte, sometidos a Palacio Nacional, aunque ello implique violar de manera flagrante la Constitución”. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

+ AMLO y la dictadura populista

+ SCJN y el sometimiento

Son los hechos los que hoy hablan, y que le dan la razón a quienes, en 2006, advirtieron que Andrés Manuel López Obrador “es un peligro para México”.

Algunos calificaron aquella frase como “campaña negra”. No fue así. Al paso del tiempo, fue profecía cumplida. Quince años después comprobamos que fue, tan sólo, un adelanto de lo que vendría con el eventual triunfo de AMLO para la Presidencia. Si acaso, se acuñó el “es un peligro para México” entre el fuego cruzado del virulento y crispado clima electoral de 2006, pero que nadie se victimice: el lodo provino de todos lados y nadie se quedó con la boca callada.

Pero hoy nos debe importar el presente que nos hunde, no el pasado que nos ciega.  Y el presente con López Obrador en Palacio Nacional, es francamente desalentador. Catastrófico. No lo ven quienes no lo quieren ver.

Si a la crisis económica más profunda de la historia reciente – detonada por el socialismo marxista de AMLO desde 2019 y agravada por la pandemia-, le sumamos a un régimen proclive a perdonar a criminales, a un Gobierno del lado de simpatizar con los narcos y sus familias, a cerrar los ojos ante la violencia fuera de control, a cancelar medicamentos para niños con cáncer, a desterrar estancias infantiles, a desproteger a madres solteras, a saquear fideicomisos para fondear los armatostes presidenciales, a abandonar a millones de mexicanos durante la pandemia –“nos cayó como anillo al dedo”-, a cruzarse de brazos ante la quiebra de un millón de empresas –“si van a quebrar, que quiebren”-, a ignorar a siete millones de desempleados, a soslayar diez feminicidios diarios, a despreciar las manifestaciones legítimas e indignadas de millones de mujeres, a difamar a los críticos de la 4T, a atacar sin pruebas a los opositores, a culpar a la prensa de los males del país – “los periodistas son responsables de que México no tenga médicos especialistas contra la pandemia”-, a un Presidente que dice 80 mentiras en cada mañanera (Fuente: Signos Vitales México), y a un López Obrador cuya principal estrategia política es dividir al país para alimentar sus odios personales. Si todo este rosario de calamidades nos parece poco, en los últimos días llegó otro síntoma más del “peligro para México”: la posibilidad de que AMLO y sus senadores extiendan el mandato, por dos años más y violando la Constitución, del presidente de la SCJN y de paso, de manera inevitable, despierten suspicacias de que el tabasqueño pretenda ampliar su periodo más allá del 2024, cuando deberá irse a “La Chingada”. Es decir: a su rancho, como él mismo lo ha adelantado.

Sí, la antidemocracia de Morena impulsada desde el Senado por órdenes de López Obrador para alargar la presidencia del Ministro Arturo Zaldívar al frente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), es un acto aberrante que jamás – ni priistas ni panistas- habían intentado siquiera durante las últimas décadas, ni a nivel Ejecutivo ni a nivel Poder Legislativo. Lo que estamos viendo es poner de rodillas a la democracia mexicana. Equivale a dar un golpe de Estado a los poderes establecidos y a la Constitución. Significa, nada menos, que la instauración de una dictadura populista en México.

Más que opinión periodística, son los hechos irrefutables. Aquí, los tres graves escenarios consecuencia de lo aprobado en el Senado el pasado jueves 15 de abril:

GOLPISMO. La aprobación de los senadores de Morena más dos o tres Judas como Miguel Ángel Mancera o Manuel Añorve, para extender la presidencia de Zaldívar y empatarla con la próxima elección presidencial (2024), es un abierto acto golpista en contra de la SCJN para garantizarle a AMLO una Corte a modo, impedir el relevo contemplado en la Constitución y, sobre todo, evitar que al frente de la Corte llegue alguien que no sea títere de López Obrador, quien el lunes pasado lo reconoció así desde Palacio Nacional al decir que estaba de acuerdo con esta ilegalidad porque si no se amplía ese periodo, “quien llegue, va a ser más de lo mismo, más de lo que significaba el antiguo régimen”. Es decir: el Presidente de la República quiere un Presidente de la SCJN y a una Corte, sometidos a Palacio Nacional, aunque ello implique violar de manera flagrante la Constitución.

DICTADURA. Sin el contrapeso de la Corte, poder obligado dentro de toda democracia; con el Ministro presidente arrodillado ante Palacio Nacional y controlando al Consejo de la Judicatura; con el manejo mayoritario del Poder Legislativo – a reserva de lo que ocurra con la nueva configuración de la Cámara de Diputados tras la clave y decisiva elección intermedia del próximo 6 de junio-, el sistema político mexicano mutaría a una dictadura populista que dependería, de manera absoluta, de un hombre: Andrés Manuel López Obrador, cuyo grado de autoritarismo llega a niveles de buscar una “reforma judicial” que prohíba a particulares, empresarios, ciudadanos y a todos aquellos inconformes con los abusos de poder de la 4T, a ampararse, como en cualquier democracia, contra los excesos del Régimen. AMLO pretende acotar libertades individuales, derechos ciudadanos, leyes y pesos y contrapesos que no sean afines a la 4T y, para eso, requiere a su cómplice Zaldívar hasta el año 2024.

¿REELECCIÓN? Enloquecido de poder, divagando bajo delirios dictatoriales entre los muros de un palacio, López Obrador lanzó dados cargados desde el inicio de su régimen: al menos en tres ocasiones, cuando se le preguntó si buscaría la reelección presidencial o ampliar su sexenio a ocho o más años, ha respondido de manera ambigua, siempre anteponiendo una de sus frases tramposas y de intención interpretativa: “lo que la gente decida”. Y esa posibilidad no es otra que el método de votación favorito de AMLO: a mano alzada, en plaza pública, y dominada por sus fanáticos y fieles. Para Andrés Manuel, esa es la democracia, y así, viviendo una realidad alterna ajena a un país cada vez más hundido, delirante y convencido de que es la salvación de la patria, estaría tentando el terreno para extenderse en el poder presidencial. El affaire con la SCJN sería apenas un ensayo perverso. De ese tamaño es el riesgo democrático que estamos corriendo en México.

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“Es hipersensible a las críticas. Rencoroso. Manipulador. Achaca los problemas a gobiernos anteriores. Se comporta como un político en campaña continua. Ha dado a las fuerzas armadas un papel sin precedentes en su gobierno. ‘Yo soy beisbolista'”, dice. ¿A quién estamos describiendo, lector? ¿A López Obrador, acaso? Parecería. Empero, todos estos rasgos definen a otro dictador populista. Su nombre: Hugo Chávez, y así lo pinta el periodista Jon Lee Anderson en su estupendo libro El dictador, los demonios y otras crónicas. (Edit. Anagrama).

En realidad, y a la luz de los hechos, no hay mucha diferencia entre los estilos dictatoriales de Chávez y AMLO. Coinciden plenamente.

Chávez desgració a Venezuela. Allí están las pruebas fehacientes.

López Obrador está desgraciando a México. No lo ven quienes no lo quieren ver.

Y, sí: no se equivocaron en 2006 aquellos que advirtieron: “López Obrador es un peligro para México”.

Es, ciertamente, un grave peligro para México.

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