Iniciaron las campañas. Foto: Cuartoscuro.

Conforme pasan los días y uno escucha el ruido electoral subir de tono, mira como los argumentos se convierten en estridencia machacona, en exageraciones casi delirantes, gritos histéricos, o francas condescendencias, más rápido quisiera una que pasara ya junio (o incluso, el sexenio). Los analistas, que parecían moderados e imparciales se revelan como meros propagandistas; los que decían defender la democracia se revelan como meros militantes de partidos que les otorgaban favores. Agotador y chocante, porque es más el ruido de los poderes fácticos, los medios, que los propios partidos y candidatos. No sé si usted lo ha notado, querido lector, ese fenómeno. No son los banderines, los discursos huecos, los políticos por aquí y por allá (que a estas alturas más bien parece que ni existen) sino comentaristas, locutores, analistas, opinadores. La elección se parece más, en el clima, a la del 2006 que a la del 2018, curiosamente. El ambiente polarizado, la incapacidad de entender los motores del electorado, y, ciertamente, las mismas voces rancias derramando el mismo odio, en una versión actualizada pero igualmente repulsiva. Porque si algo ha evidenciado la estridencia de su animadversión por el presidente no es una pasión liberal y democrática, sino las mismas identidades clasistas y discriminadoras, la misma élite deseosa de recuperar sus privilegios, es decir, volver al poder, furiosa tras ser defenestrada. Sí, es difícil no darle, en algo, la razón al presidente, aunque sea chocante decirlo.

Y no juzgo las razones, ni el contexto político actual, que vaya que implica un voto razonado y crítico, sino el clima de griterío insufrible. “Cómplices”, “facilitadores”, “apátridas” gritan algunos contra quienes, siendo críticos del lopezobradorismo, no aceptan votar por la alianza opositora conformada por viejos grupos políticos de la derecha empresarial, que llevaron este país al pasmoso estado de inequidad, violencia y corrupción de los últimos veinte años. Así de ridículo y absurdo. Piénselo bien, lector, para que le dé un ataque de risa: usted es un “cómplice” por no votar por… el PRI o por Margarita Zavala. Si uno pensaba que ya vivíamos en un escenario distópico, política y humanamente, la circunstancia puede ser todavía peor hasta alcanzar niveles completamente fársicos. La propaganda burda es, además, contraproducente, porque la oposición prianista cree que los errores garrafales del gobierno de López Obrador, (convertidos en amenazas de reelección continuamente), los redimirán frente a los ojos del mismo electorado que los echó del poder hace tres años, como si una novia maltratada, ante la brutalidad de su actual novio, extrañara los malos tratos de su exnovio, y estuviera dispuesta a soportar más maltrato, caer en el chantaje del voto útil, bajo el argumento descarado de que es irrelevante por qué lacra se vote, siempre y cuando se vote contra una lacra mayor. Ya después, dicen, nos convertiremos en un país gobernado por políticos decentes, cuando la sociedad cambie o sea… nunca. Este no es, evidentemente, un discurso pulcramente democrático sino un discurso interesado, capaz de servirse de los votantes inconformes como meros instrumentos. Y aquí viene el problema de fondo, real y peliagudo: no existe una oposición capaz de ofrecer algo distinto al pasado. El gobierno actual quiere emular un pasado autoritario, sin duda, pero la oposición también forma parte de ese pasado, igualmente desleal con la transición democrática, por decir lo menos. Es, pues, simpático el asunto, porque no se molestaron siquiera en buscar candidatos nuevos, capaces de convencer al electorado, sino a los mismos políticos que representan el pasado contra el que la mayoría votó. No debería extrañarle a nadie que susciten una reprobación mayoritaria y mal hacen los propagandistas de la alianza opositora prianista en culpar a la gente de su ceguera, su total falta de autocrítica.

Mientras esta oposición lastimosa se presenta como la salvación, y opinadores de derecha intentan catapultarla histéricamente, el presidente y su gobierno, seguirán en su plan de consumar la “cuarta transformación” a como dé lugar, creándole candados legislativos, pasando por encima de la Constitución misma, si es necesario. Los signos ominosos están allí, desde la militarización hasta la forma autoritaria de imponer los cambios. Supongo que ante este escenario, muchos votantes inconformes con el gobierno, se inclinarán por la única oposición que no es de derecha abierta, la de Movimiento Ciudadano, que se rehusó a unirse a la alianza opositora prianista.

Obviamente, bajo este clima resulta totalmente ocioso y hasta ominoso tratar de discutir algo medianamente sensato en las redes sociales. No es la crítica lo que alimenta el debate público, sino una campaña partidista disfrazada de opinión pública y análisis, sostenida por quienes no hace mucho defendían a los gobiernos anteriores y que sí, hay que decirlo, se beneficiaban de ellos tal como ahora otros lo hacen, de idéntica y discrecional manera.

Qué hastío, la verdad, escuchar los mismos sonsonetes chirriantes de hace doce años, ver cómo intentan lavarse la cara quienes solapaban la desigualdad, la corrupción y la violencia. Qué decepcionante ver a un político que era una esperanza militarizar al país, traicionar las causas de izquierda, hundir el barco. Qué ganas de salir de este loop del pasado en el que unos y otros insisten en hundirnos.

Debe de haber en este enorme, complejo y plural país, algo mucho mejor, estoy segura, que la maniquea versión de país que construyen a diario el presidente, sus seguidores y sus fervientes enemigos. No pierdo la esperanza.