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Ciudad de México, 21 de agosto (SinEmbargo).- Sucumbiendo a la pasión, Juan Villoro fue hasta Aguascalientes para ver jugar al equipo dueño de su fervor futbolístico. En un estadio de butacas rojas casi vacío, uno de los clubes más tradicionales en la historia del futbol mexicano jugaba abandonado por el pasado triunfal en medio de una desolación maquillada por miles de japoneses, trabajadores de Nissan, que tomaban fotos cumpliendo el cliché turístico nipón. El escritor mexicano, dolido en sus adentros, se entregó a su infancia para tratar de no caer en la dura realidad que veía mientras en la cancha no existía el buen futbol.

Necaxa es un equipo de pocos aficionados. Sus dos desapariciones provocaron un exilio de personas que se cansaron de sufrir a causa de decisiones comerciales. En el último regreso, muy pocos desempolvaron de la memoria sus camisetas y su entrega sabiendo perdonar la ausencia. A base de los restos que el América le dejaba, un club hizo vibrar al país mientras las noticias vislumbraban la entrada a un nuevo siglo. La década de los 90 fue dominada por un grupo que supo ser familia sin tantos reflectores a su alrededor. En una constante condición de visitante, incluso cuando jugaban como local, hicieron de la adversidad su máxima motivación para asombrar a todos.

Un día como hoy, de hace 90 años, una decisión administrativa fundó una institución que en tiempos de post revolución, deleitaría a miles de mexicanos en busca de un pretexto para disfrutar. William H. Fraser, ingeniero encargado de la gerencia de la compañía Luz y Fuerza, decidió unir el equipo de la empresa con el de “Tranvías”. Imposibilitados por la Federación, que prohibía nombres empresariales, bautizaron al nuevo club en honor al río y la presa donde nacía toda la energía que ellos distribuían. Necaxa fue fundado en 1923. Dos años después, sería el dueño absoluto con un bicampeonato de Liga, el futuro lucía prometedor.

Alex Aguinaga corría por el césped de la cancha del estadio Azteca con la boca abierta y la mente lúcida. El ecuatoriano vino a México para vestirse de amarillo, pero América lo envío a Cuatitlán para que se entrenase con Necaxa. Ahí encontró un equipo frío sin hambre. Futbolistas despreciados que tenían la obligación de conformar un cuadro que jugara sin que a mucha gente le importara realmente lo que pasara con ellos. Izcalli era de pronto la Siberia que grupo Televisa había armado. El ecuatoriano puso el calor y la mentalidad que tuvo desde chico para alimentar a sus compañeros. El futbol encumbró a un equipo que jugaba en un estadio para más de 100,000 personas al que acudía menos del 10%. “El Necaxa es para minorías ilustradas”, defendió desde su creatividad Villoro.

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La modernidad llegó al futbol mexicano en 1943 cuando se profesionalizó todo el concepto alrededor de la pelota. “El espíritu deportivo del club no concuerda con la comercialización del futbol en México”, fue el mensaje que se dio desde la dirigencia. Más tarde, todos se enterarían que había sido un pretexto debido al buen negocio que significaba vender el Parque Necaxa, el mejor estadio en ese momento. Sin más, el mejor equipo del país, dejaba de existir ante la incredulidad general de la afición. Diez años antes, Necaxa había ganado todo lo que jugó incluida una medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, cuando el club fue enviado como selección nacional. El primer “Campeonísimo” desaparecía sin remedio.

Después de siete años en segunda, con los trabajadores del sindicato de electricistas como dueños, regresaron a primera con todo el abolengo provocado por un gigante que se levantaba tras una dura caída. Necaxa había sido testigo del incendio del parque Asturias en 1939, se había convertido en una institución dignificada por momentos claves del futbol mexicano. Fue el equipo que derrotó al Santos de Pelé en Ciudad Universitaria y la casa del gran Horacio Casarin. El club rojiblanco tenía esa mística de barrio donde hay que sufrir para saber disfrutar. Todo eso, una historia ejemplar, acabaría en 1971.

El Atlético Español nació de un día para el otro de la mano del Necaxa. Los aficionados enfurecidos traicionaron a su lealtad pasional. El Necaxa se fue con todo y raíces. Durante 10 temporadas, la historia fue desapareciendo lentamente. El último regreso a primera división en 1981, fue desangelado. El club supo sobrevivir a dos luchas por no descender con muy poca gente a su lado. Indiferentes ante su presencia, los millones de amantes por el futbol en suelo mexicano, no imaginaban lo que la nueva década traería. El club rojiblanco dio cátedra, ganó títulos, pero ni un tercer lugar en el primer mundial de clubes le regresó el cariño perdido.

Villoro vivió en Aguascalientes el desenlace final de un manejo irrespetuoso a un club que fue trasladado por el capricho de un gobernador estatal hidrocálido. Necaxa llegó a Aguascalientes en 2003 con un nuevo estadio como hogar con los dueños viviendo en el Distrito Federal. Confiado en gente local, despreciado por los principales mandatarios, el club fue sucumbiendo ante la mediocridad de dos descensos, y la indiferencia de un pueblo al que se habían ganado nada más al llegar. Hoy, en su aniversario, se sigue sufriendo por la última desaparición. “Una Patagonia”, definió Juan a la ciudad del centro de la República mientras sigue añorando poder verlo en suelo chilango, para regresar a sus raíces. Un equipo que perdió la mística, sigue soñando con regresar a primera división con sus dueños dándole la espalda.

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