La muerte del autor de Amphitryon y Espiral de artillería, a los 48 años de edad, en un accidente automovilístico, ha conmocionado al mundo de las letras en nuestro país. Se trata de un autor prolífico, con una obra premiada en varias ocasiones y traducida a más de 15 idiomas.

El autor, cuentista nato, celebraba la novela moderna que nació con El Quijote. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

El autor, cuentista nato, celebraba la novela moderna que nació con El Quijote. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 21 de agosto (SinEmbargo).- Andamos dando vueltas por los rincones de la casa buscando entre los anaqueles de la biblioteca aquellos libros que nos firmó con pulso firme y generoso y lo recordamos con una furia rebelde: no puede ser que la vida a veces sea tan perra.

Nos negamos a aceptarlo, renegados, inermes. ¿Y si un día alguien te llama por teléfono y te dice algo así como “Murió Nacho Padilla”? Pensarías que se ha ido uno de los nuestros, un tipo de tu edad, acaso de tu temple si el temple pudiera medirse por la capacidad de aferrarse a los libros como a una gota de agua en el desierto un mediodía.

Efectivamente, se ha ido uno de los nuestros y no porque pudiéramos equipararnos con su talento, sino porque su incansable labor literaria nos incluía, nos desafiaba.

No muere uno de los nuestros así porque sí y mucho menos cuando ese uno resulta ser un escritor prolífico, talentoso, incansable y lleno de proyectos, como era Ignacio Padilla (1968-2016), el fundador del Crack, el amigo de Jorge Volpi, el que cuando lo entrevistabas te miraba fijo y como si te contara el secreto de la vida te decía: -Lo único que soy yo es cuentista.

No era difícil entrevistarlo, por cierto, pero a lo largo de tantas conversaciones era más lo que hablábamos en los recreos de la charla profesional; como hace poco, en abril nomás, que vino a las oficinas de SinEmbargo a presentar sobre su reciente libro Cervantes y compañía y fluyeron las metáforas relacionadas con el futbol, convencido como estaba de que no era la academia el único refugio legítimo del Quijote, sino tal vez su prisión, su injusto destino.

-Tienes que hablar con Juan Casamayor (el editor de Páginas de Espuma), le aconsejamos cuando mostró el entusiasmo por la colección Vivir del cuento que consiste en que un autor realice una antología y estudio de otro experto en el género, por caso Contra el tiempo, el trabajo que la argentina Samantha Schweblin llevó a cabo alrededor de la obra cuentística de su compatriota Ana María Shúa.

-Es algo que me encantaría hacer –reconoció con sus ojos vivaces, esos que se encendían doblemente cuando en la conversación aparecía el Cuento, así, con mayúsculas, porque si algo quedaba claro en lo que respecta a Ignacio Padilla era que él se sentía hermano de Juan Carlos Onetti, de Jorge Luis Borges, de Horacio Quiroga, de Juan José Arreola, a pesar de que fue una novela, Amphitryon (2000), la que le hizo ganar el Premio Primavera de Espasa Calpe y con ello ganar estatus de escritor internacional.

Aunque sus novelas fueron muy leídas y premiadas, amaba el cuento sobre todos los géneros literarios. Foto: FIL GUADALAJARA

Aunque sus novelas fueron muy leídas y premiadas, amaba el cuento sobre todos los géneros literarios. Foto: FIL GUADALAJARA

En Amphitryon, la historia se inicia con una partida de ajedrez entre dos extraños que se conocen en un tren: Tadeus y Víctor, un soldado de la Primera Guerra Mundial y un guardagujas respectivamente, que intercambian sus vidas. El hijo de uno de ellos se encargará de buscar la historia verdadera de su padre, un falso soldado y héroe nazi.

LOS TIEMPOS DEL CRACK

Eran los tiempos del Crack, el movimiento literario fundado en 1996 por cinco amigos de la Prepa (Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Pedro Ángel Palou y Ricardo Chávez Castañeda) que redactaron un manifiesto abogando por la novela total y logrando lo que pocos en México: que la gente comprara libros para leer y no para regalar.

No tener a México como eje central de sus novelas y el privilegio de la forma frente a un contenido desconcertante recreado, por ejemplo, en la Alemania de posguerra, dieron un carácter más o menos original a las obras del Crack y les generaron, por supuesto, también muchas críticas.

“La escritura de  Amphitryon fue fluida, una escritura prácticamente automática al principio”, decía Nacho en una entrevista que le hiciéramos cuando presentó su novela Espiral de artillería, una historia de puertos  y submarinos que expresaba -como todos sus trabajos- obsesiones como la fobia a la autoridad, un carácter masoquista que se curaba escribiendo, la inclinación hacia mundos particularmente oscuros como la angelología y la demonología y la pasión por el cómic y el cine negro, estos últimos elementos que consideraba su real influencia literaria.

SU MÉXICO ERA EL DEL TERREMOTO DEL 85

Había nacido el año de la matanza de Tlatelolco, lo que lo hizo crecer con la sensación de haberse perdido la historia importante de México; a cambio, vivió la experiencia fundamental del terremoto del 85, “una catástrofe que sacó a relucir una buena parte de la miseria de nuestro país. Por ejemplo, se cayó el edificio de la Procuraduría General de la República y en los automóviles que estaban en el sótano encontraron cadáveres de gente torturada; se cayó la torre de comunicaciones y comprobamos que una ciudad de 20 millones de habitantes depende de una sola torre para comunicarse con el resto del mundo; el Presidente de la República tardó tres días en visitar a los damnificados”, recordaba con indignación.

Tomaba café, rechazaba las drogas sin satanizarlas, fumaba y decía que le resultaba mucho más sencillo querer a las mujeres que entenderlas y cuando escribía toda su cabeza estaba al servicio de la historia que quería contar.

“Hago tramas muy complejas, las historias que cuento me suelen conducir a nudos bastante difíciles de desentrañar y me tienen por lo general obsesionado las 24 horas del día, hasta que de alguna forma los resuelvo. Entre nosotros, nunca creo resolverlos del todo”, decía.

Ignacio Padilla en una imagen del 2009. Foto: Especial

Ignacio Padilla en una imagen del 2009. Foto: Especial

Experto en Literatura Inglesa, fue Agregado Cultural en Gran Bretaña y amaba los libros de Kazuo Ishiguro, Graham Swift y Stephen Gyllenhaal, aunque en los últimos tiempos se había convencido de que dicha lengua estaba mejor defendida por  el sudafricano John Maxwell Coetze que por los autores británicos contemporáneos.

“En Escocia tenía planeado hacer un ensayo sobre la herencia de un latinoamericano, la verdadera herencia que en Latinoamérica no se había tomado porque en realidad la habían tomado los ingleses. Todos ellos son borgianos, nabokovianos y bellowianos. Adoran a tres escritores: Saul Bellow, Jorge Luis Borges y Vladimir Nabokov, pero todos ellos, desde Amis hasta Profumo, también tienen una admiración profunda por el manejo de los tiempos de Carlos Fuentes. La muerte de Artemio Cruz es para ellos un libro indispensable, de ahí que Amis haya podido escribir La flecha del tiempo. El barroco de Campos de Londres es el barroco de La región más transparente y los elementos fantásticos son muy borgianos”, aseguraba.

Tenía ideas firmes sobre el Boom latinoamericano y de la posterior degeneración del realismo mágico.

“Hice el libro Los funerales de Alcaraván, una revisión del realismo mágico desde una perspectiva crítica. De su frivolización, de la manipulación del gran modelo latinoamericano y preguntaba dónde había quedado la herencia auténtica, dónde había quedado Borges. Notaba que mi generación estaba recuperando a Borges, por lo que tuve el impulso de hacer un ensayo al respecto, pero mi papel ya no es el de observador, siento que ya formo parte del fenómeno”, afirmaba.

“Nosotros (los del Crack) nunca rompimos con el Boom, el planteamiento es que hay que volver al boom, hay que volver a Borges. La prensa, particularmente la española, inventó el mito de que hay que romper con el Boom. Nosotros queríamos un rompimiento con el realismo mágico y el Boom para nosotros no es realismo mágico. Realismo mágico es la perversión de las reflexiones del Boom. El realismo mágico no es García Márquez, sino la perversión de la lección de García Márquez. Eso no los hace héroes. Isabel Allende o Laura Esquivel caen por su propio peso”, decía.

Creía en el compromiso político del escritor como la necesidad de romper el silencio ante las cosas tremendas que pasan en el mundo y defendía el ejercicio de la crítica literaria.

“Creo en el crítico no como un novelista frustrado sino como un auténtico creador cuya creación está en la interpretación. En mi caso, me considero un contador de historias, ni siquiera un novelista, soy un cuentacuentos”, insistía.

Una postal de mayo pasado, con Silvia Lemus, viuda de Carlos Fuentes. FOTO: TERCERO DÍAZ/CUARTOSCURO.COM

Una postal de mayo pasado, con Silvia Lemus, viuda de Carlos Fuentes.
FOTO: TERCERO DÍAZ/CUARTOSCURO.COM

LA AMISTAD COMO FARO

Otra de sus pasiones era la amistad con su colega Jorge Volpi, una proximidad que explicaba la razón porque En busca de Klingsor y Amphytrion giraban alrededor de los nazis, un tema al que ambos autores –aseguraba Nacho- llegaron “por casualidad y vías totalmente distintas”.

Admiraba al escritor polaco Witold Gombrowicz, al que consideraba “monstruoso como Kafka,  ese tipo de autores de un absurdo opresivo”. Tenía dos hijos y de la sociedad mexicana le preocupaba fundamentalmente el olvido, “esa memoria flaca, extremadamente flaca” que propició el regreso del PRI al poder.

En 2008 obtuvo el II Premio Málaga de Ensayo 2008, con el libro La vida íntima de los encendedores (Páginas de Espuma), un trabajo sobre la superstición y el recurso de la ficción animista para desentrañar los misterios antiguos de la existencia.

Su obra  narrativa y ensayística ha sido traducida a más de quince idiomas y le ha granjeó una docena de premios nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Mazatlán de Literatura 2006, por su novela La Gruta del Toscano.

En 2001 publicó el volumen de cuentos Las antípodas y el siglo, con el que inició la tetralogía de cuentos temáticos Micropedia, completada por El androide y las quimeras, Los reflejos y la escarcha y Lo volátil y las fauces.

La revista francesa Lire lo incluyó entre los cincuenta narradores más importantes para el siglo XXI. Era miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Murió este sábado en un accidente automovilístico, cuando viajaba rumbo a Guadalajara. Tenía 48 años.

El 6 de agosto pasado participó en el ciclo Protagonistas de la literatura mexicana en el Palacio de Bellas Artes. Allí se refirió al significado que en su vida tenían las palabras.

“Las veo como animales vivos, las busco, las rebusco, las reinvento y, por otro lado, tengo el gran dilema de que a mí lo que me gusta es contar historias y mi lucha de vida literaria ha sido tratar de que las palabras no se coman en ocasiones a mis historias o a mis ensayos”, dijo.