Mi meta es encontrar al sapo, por mi propia cuenta o guiado. Pero no estoy interesado en las ceremonias recién inventadas por los locales o los neo chamanes de Bahía Kino… no es que no disfrute de una buena historia; es que prefiero estallarme el cerebro con bufotenina en la privacía de mi mente.

Por Fernando Barbazan

Ciudad de México, 21 de septiembre (SinEmbargo).- Parto a Hermosillo en unas horas. Es la primera vez que recorro tantos kilómetros en busca de elevarme. En esta ocasión, mi objetivo es un tanto más inusual de lo normal: voy por el bufo alvarius. Mi meta es encontrar al sapo, por mi propia cuenta o guiado. Pero no estoy interesado en las ceremonias recién inventadas por los locales o los neo chamanes de Bahía Kino… no es que no disfrute de una buena historia; es que prefiero estallarme el cerebro con bufotenina en la privacía de mi mente. Busco a la muerte en la senda del cobarde.

La muerte me resulta atractiva. Seguro que tiene muchas cualidades. Sin duda alguna, le invitaría a salir, siguiendo mi costumbre de salir con personas que tienen las facultades con las que yo solamente puedo soñar. Ésta, por cierto, no es una metáfora suicida. No creo mirar al suicidio como una opción viable, eso habría que dejárselo a los intrépidos que están habituados a tomar el timón de sus vidas. Yo siempre he preferido llevar chofer antes que manejar a cualquier parte.

Estos pasos siempre me llevan a buscar estímulos constantes que me remuevan el polvo del cuerpo. Por supuesto, son estímulos casi exclusivamente limitados a existir dentro de mi cabeza: no soy fanático de la fatiga ni del movimiento físico sin implicaciones sexuales.

* * *

La muerte estaba en los ojos del sapo. Con el fulgor sangriento que exhala al hablar, el cráneo desgarró la realidad al parir de su aullido. Las costillas, al crecer, destrozaron al sapo, que en lugar de ser aniquilado, floreció y saltó lejos, a través de un túnel de espejos enfrentados, que era lo que quedaba tras los tajos hechos en los muros de este plano.

Esa noche no había estrellas. La luna estaba en algún sitio, pero no en ese cielo. El mar era una bestia de materia oscura, y los miasmas que emanaban estaban determinados a poseerme. La muerte me salvaba de la nada absoluta. Me prometía una existencia con algo de propósito. Algo novedoso, nunca antes visto, en mi breves años.

Estos son los mismos miasmas que se repiten en mi mente, con frecuencia irregular y con el ritmo de un sonar, desde hace días, tras el retorno de la búsqueda.

Mis raíces han sido cimbradas, pero la sensación de bienestar nunca es suficiente y apenas dura un poco. Podría dejar de ser dramático e intentar con los antidepresivos. Pero me gusta la intensidad de morir cada cierto tiempo. Hay que buscar algo más.