El mundo es más que la palabra “mundo”. Foto: Óscar de la Borbolla.

A mi hermana Ligia

Cómo me gustaría que asomándome al fondo de una palabra pudiera hallar tu rostro, que detrás de una definición general y abstracta estuvieras tú realmente, pues por más que escarbo en acepciones y en raíces etimológicas sólo encuentro significados que te rozan, pero no a ti. No tus ojos ni tu sonrisa ni tu voz. Vaguedades sí, características tuyas obviamente; pero todo esa palabrería es tan adjetiva, tan tangencial, tan meramente unos rasgos de ti y que, además, compartes con muchos otros. Qué inservible es el lenguaje para recuperar en verdad lo concreto, lo particular, lo singular y, sobre todo, lo real.

Y sin embargo, Heidegger dice que “la palabra es la morada del ser” y Wittgenstein, “que los límites de mi realidad coinciden con los límites de mi lenguaje”. Pero, por más que te nombro, que te cerco con las palabras que mejor te convienen no te materializas ante mí; a lo más apareces en mí, te enciendes como una imagen en mí. Y este es es gran fracaso del lenguaje: las palabras no invocan, sólo evocan.

Las cosas están ahí o no están, las personas están viva o muertas, pues el lenguaje solo sirve para subrayar su presencia, para despertar nuestra atención y fijarla o, como me ocurre ahora, para forcejear con la ausencia y comprobar que las palabras lo único que logran producir es la fantasmagoría de una imagen; pero no resucitan a nadie, no devuelven al mundo nada, no crean más que discursos donde es imposible encontrar a nadie.

El mundo es más que la palabra “mundo”, aunque sin esta palabra no lo notaríamos. El ser mora más allá del lenguaje, aunque el lenguaje nos encamine a él. La realidad se extiende más allá de mi pobre o rico vocabulario, aunque me pase inadvertida si no soy capaz de nombrarla. Nosotros no podemos decir: “Hágase la luz”, y que la luz se haga, pues sólo somos dioses en el terreno de la imaginación, dentro de la fantasía donde nos empeñamos en vivir; pero la nostalgia es la orden de desahucio que nos arroja al mundo donde lo ausente sigue ausente por más que lo nombremos, y nos tropecemos con cosas que no hemos presentido siquiera.

Y hay también un fracaso menor en el lenguaje (que día tras día vamos mitigando): el hecho simple y llano de que no todo lo que existe tiene nombre: todo lo que está en nosotros y fuera de nosotros en un continuo ininterrumpido va disgregándose porque la palabra es analítica, al bautizar separa, encierra en una idea un pedazo de ese continuo. Porque el vocabulario no es otra cosa que una gigantesca colección de fronteras que arrojamos al mundo para discernirlo, para volverlo inteligible; pero, por muy grande que sea, nunca será tan vasto como lo real mismo.

Y estas son las fallas del lenguaje: no presenta al ser, no lo hace aparecer en el mundo, sólo lo representa en la conciencia, y tampoco lo abarca ni podrá nunca abarcarlo todo y, sin embargo, cómo me gustaría que, como dice Borges recordando el Cratilo platónico: “en el nombre de rosa estuviese la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

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