La idea de que el mundo sea uno existía desde antes de que fuera enunciada por los presocráticos. Foto: Óscar de la Borbolla.

La filosofía nace con la afirmación de que el mundo es uno (y, la verdad, no importa qué sea aquello que le da unidad: Tales dijo que el agua; Anaxímenes, que el aire; Heráclito, que el fuego…). Las distintas hipótesis ocultan el asunto de fondo: que el mundo es uno o que solo hay un mundo. Hoy quiero recalcar esta idea, porque cuando se habla de otros “mundos”: el mundo del arte, el mundo de la política… no son sino colecciones que se integran en el mundo, en el único que hay. Y a veces también se plantean mundos que parecerían ajenos a este: el mundo de los sueños, el mundo que crea la ficción literaria; sin embargo, tanto lo que ocurre en los sueños como lo que pasa con los seres fantásticos pasa aquí; es aquí donde soñamos y aquí donde leemos.

La idea de que el mundo sea uno existía desde antes de que fuera enunciada por los presocráticos; existía de hecho, implícita, en la conducta de los animales, pues cuando la necesidad los atenaza: buscan aquí su comida, buscan aquí con quien aparearse; instintivamente “saben” que la solución está aquí y si no está aquí, quiero decir, si no la encuentran, mueren.

Ese instinto de que la solución está aquí, lo heredamos de nuestros ancestros más originarios; tuvo que estar, incluso, en el primer organismo monocelular del cual venimos, pues este necesariamente encontró en este mundo, aquello que le permitió alimentarse y mantenerse vivo. Y ese mismo instinto de buscar aquí es el que hoy sigue fundando la esperanza de la investigación científica: en alguna planta (aún no encontrada), en la combinación de unas sustancias con otras, en alguna manera de organizar el laberinto de los transistores y los microcircuitos, estará la solución a una enfermedad hoy incurable o la manera de replicar, dentro del campo de la inteligencia artificial, ese extraño fenómeno al que llamamos autoconciencia. Buscamos porque creemos que la solución está aquí, o sea, porque en el mundo está todo: porque el mundo es uno.

Que el mundo sea uno equivale a creer que todo problema tiene solución; y que esta se halla combinando los elementos que están aquí, o usando nuestra imaginación para traer la solución aquí, porque la solución a cualquier problema se des-cubre o se in-venta; literalmente, quitamos lo que cubre la solución o la hacemos venir. En cualquier caso, se dan aquí, en el único mundo que existe.

Dos fueron los sueños de la humanidad; dos, los grandes anhelos de todos los tiempos y de todas las latitudes. Uno lo hemos logrado: volar; el otro es el deseo de inmortalidad y hemos dado pasos enormes para que perdure lo que consideramos valioso (para esto inventamos la escritura, por eso hemos hecho concurrir una serie de factores y hoy la expectativa de vida es mayor y, quién sabe, si en este mismo siglo, la genética logre materializar la inmortalidad). Todo ello ha sido posible porque el mundo es uno y porque tenemos esa extraña facultad de ampliación del mundo que es la invención, el hacer venir lo que no está: somos creadores.

Esto es lo central de la afirmación filosófica “el mundo es uno”. Las hipótesis, en cambio, desde el agua de Tales, pasando por la tabla de los elementos de Mendeléye, hasta las partículas cuánticas o esas cuerdas bidimensionales (que son los componente básicos según la teoría de cuerdas) son soluciones transitorias, hipótesis científicas, que se han venido precisando. La idea de que el mundo sea uno, en cambio, fue un hallazgo que hasta hoy sigue imperturbable. Lo único malo para mí, y para muchos que desean lo imposible, es que lo que anhelamos no se halla en este mundo y tampoco podemos inventarlo. Es una pena, de verdad, que no haya otro mundo. Lo único que hay en este único mundo son las especulaciones metafísicas que sugieren otros mundos y las especulaciones matemáticas que sugieren hasta once dimensiones; unas y otras no pasan de ser, hoy por hoy, especulaciones. ¿Tendremos que conformarnos con este único mundo?

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@oscardelaborbol