Xilitla: los sueños de la ventana. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

Entre los agudos cantos de los gallos

(agujas que pinchan las primeras gotas de luz

para evitar el extravío)

y lo gritos de los ebrios

(estertores de sus engaños)

y los maullidos de los gatos

(incisiones latentes de lo inefable)

y los ladridos interminables de la perrada

en Xilitla invade la madrugada

preñada de augurios que pueden atemorizar

ante la aparente indiferencia de las señales del más allá

que nos advierten de los días y semanas

y hasta meses sombríos que acechan a la tierra misma y sus pueblos ignorándose todo ello en el ánimo callejero

y en la implacable necesidad de sobrevivir

intercambiando los productos de un comercio milenario

de plantas verduras frutas granos

y demás alimentos que sostienen a miles en las montañas

 

no importa la afamada pandemia

nada se puede contra ella

la prevención es un síntoma secundario

impuesto en todo caso

pero no asimilado y solo aceptado a medias

para no dejar del todo

y soltarse por completo del cuerpo de todos

porque lo que es cierto y se reconoce a leguas

también allá arriba en los bosques de humo y nubes

 

con las mujeres y hombres que se iban al norte

todos teníamos un pariente

o un conocido que se quedaba del otro lado

y eso lo sabíamos antes de las traídas estadísticas

de ese doce por ciento de los de acá

millones enraizados de un u otra manera

con los gabachos y sus cuicas

 

es lo mismo ahora con la COVID el coronavirus

este emperador de las plagas del siglo XXI

que pretende llegar para quedarse

e imponer su reino de dolor y miedo

mientras cada día nos enteramos de alguien

que es arrojado a sus minúsculas e invisibles fauces,

o sea

lo que debería de ser claro y trasparente

porque tiene que ver con los números

de carne y hueso

que pretenden ignorarse

convirtiéndolos en una disputa más

(de tantas alojadas en la nada)

cuando en realidad la probabilidad

de ser más de dos o tres millones de contagiados

y fallecidos cerca de un cuarto de millón

y la cifra siempre oculta del dolor

el consabido frío número estadístico

debería al menos de estar presente en cada población

en cada colonia en cada calle

para darnos cuenta en lo que andamos metidos

es decir

no se trata de esconder nada

que valga la redundancia de nada sirve

si no solo saber más o menos la magnitud de la amenaza

y tal vez aquí en el mercado de los domingos

al menos los cubre bocas se conviertan en una moda exitosa

que en algo ayude a que el estornudo

como los ladridos de los perros

en las primeras horas del amanecer

no hieran el sueño de nuestras vidas

 

días y noches

este abanico de luz y oscuridad

donde buscamos saber quienes somos

entre la seca tos el dolor de los huesos

y la cabeza cada vez más pesada

en su propia confusión.