Scott Eyman explora la fenomenal carrera del actor británico autodidacta Archie Leach, cuyo nombre artístico fue Cary Grant. Su encanto no tenía límites, pero detrás de esa imagen cautivante y simpática, en su vida privada se sentía fuera de lugar y luchaba contra el sentimiento de abandono.

Tuvo una infancia pobre en Bristol, Inglaterra, no terminó sus estudios y su padre era un bebedor que puso a su madre en un asilo cuando él tenía 11 años. Terapia y el uso de LSD a fines de la década de 1950 lo ayudaron a superar su pasado, pero cargó con esto muchos años.

Por Douglass K. Daniel

Estados Unidos, 21 de octubre (AP).- El actor británico autodidacta Archie Leach protagonizó el mismo papel durante toda una vida al transformarse en una leyenda de Hollywood conocida como Cary Grant. Las razones por las que este hijo de una familia destruida se escondió detrás de lo que en Hollywood pasaba por encanto y masculinidad son otra historia muy diferente.

En Cary Grant: A Brilliant Disguise (Cary Grant: Un disfraz brillante), la biografía de una estrella más divertida y reveladora en años, Scott Eyman explora la fenomenal carrera de Gran y cuenta realidades que pocos conocen.

El encanto de Cary Grant no tenía límites y supera el paso del tiempo. Más de medio siglo después de su esplendor, comedias como Bringing Up Baby (La adorable revoltosa) y His Girl Friday (Ayuno de amor), romances como The Philadelphia Story (Pecadora equivocada) y An Affair to Remember (Algo para recordar, también conocida como Tú y yo), la cinta de aventuras Gunga Din o cualquiera de sus cuatro películas con Alfred Hitchcock, sobre todo Notorious (Tuyo es mi corazón) y North By Northwest (Intriga internacional), siguen cautivando a las audiencias.

Grant adoptó en su vida privada la imagen que transmitía en las pantallas, pero no le resultó fácil. Como explica Eyman, el joven Archie Leach tuvo una infancia pobre en Bristol, Inglaterra, y su padre era un bebedor que puso a su madre en un asilo cuando él tenía 11 años, y le dijo a él que ella había muerto.

De adolescente, Archie frecuentó las salas de conciertos y disfrutó del ajetreo de los escenarios. Dejó los estudios para unirse a un grupo de saltimbanquis que viajaban por el interior de Inglaterra. Posteriormente se fue a Estados Unidos y trabajó en vaudeville, al tiempo que pulió su capacidad de hacer reír a la gente.

Era atractivo y eso encajaba bien con los espectáculos románticos livianos en boga en los teatros de Nueva York. Pronto irrumpió en Hollywood. En 1932, a los 28 años, trabajó en su primera película, con un nuevo nombre artístico que enterró más todavía su pasado. Intervino en una docena de cintas y en 1937 alcanzó un estrellato que jamás imaginó con Topper (Fantasmas bohemios) y The Awful Truth (La pícara puritana).

En su vida privada, sin embargo, se sentía fuera de lugar y luchaba contra el sentimiento de abandono. En momentos en que su carrera florecía, su padre la confesó que su madre no estaba muerta. Grant la instaló en una residencia privada en Bristol, pero su estado mental siguió siendo frágil y ella representó una dura carga emocional por cuatro décadas.

Grant manejó cuidadosamente su carrera y se hizo rico. Siempre protegió su imagen, protagonizó personajes similares y rechazó papeles en The Third Man (El tercer hombre), A Star Is Born (Nace una estrella) y Lolita, prefiriendo comedias ligeras como That Touch of Mink (Amor al vuelo) con Doris Day.

En los sets era muy exigente con la ropa y los ángulos de las cámaras, al punto de que podía volver locos a sus colegas. Era famosa su tacañería. Quienes lo visitaban en su casa podían encontrar un sándwich sin acabar en la nevera y botones sacados de camisas viejas.

Fue un amigo y amante generoso, pero solo cuando quería. Sus numerosas relaciones y matrimonios fallidos (se casó cinco veces) fueron probablemente producto de su tendencia a ahuyentar a las mujeres antes de que ellas decidiesen dejarlo. No era fácil convivir con él. Era muy controlador, no se sentía cómo entre multitudes, era un solitario que prefería comer viendo televisión. Pero a simple vista transmitía la imagen de persona afable y encantadora, al punto de que la heredera Barbara Hutton, su segunda esposa, dijo que se sorprendió al comprobar que no era divertido ni se reía y bromeaba todo el tiempo.

El gran temor de Grant era que se descubriese que eran un impostor: Que en el fondo, detrás de esa imagen cautivante y simpática, era un chico de Bristol sin estudios, que nadie quería. Terapia y el uso de LSD a fines de la década de 1950 lo ayudaron a perdonar a sus padres por sus errores y al joven Archie por los suyos. Pero cargó con ese peso hasta casi sus últimos años.

Biógrafo perspicaz, que investiga a fondo sus sujetos, Eyman complementa su estudio de la vida personal de Grant con historias divertidas de los personajes que hubo a su alrededor y presenta el aspecto comercial de Hollywood de una forma que rara vez transmiten los escritores. El resultado es un repaso fascinante de la vida de un actor fascinante.