Territorio teatral da a conocer el impacto de nuevos conceptos teatrales en la dramaturgia del norte de México, zona en constante innovación. Las tendencias posmodernas del teatro han empujado a que ocho escritores norteños creen nuevas obras en cuanto forma.

Manuel Talavera Trejo advierte a los lectores sobre la peculiaridad de cada uno de los textos. Las corrientes de la narraturgia y lo posdrámatico encuentran su cauce en escrituras que parecen ajenas a su materialización en escena.

Por Mayra Fabiola Mendoza Muñiz

Ciudad Juárez, Chihuahua, 21 de noviembre (Norteatro).- Territorio teatral, siete del septentrión mexicano es una antología de textos dramáticos publicada por la Universidad Autónoma de Chihuahua en 2013, en su colección de dramaturgia.

Su coordinador, Manuel Talavera Trejo, actor, director, docente y dramaturgo chihuahuense, reunió en este libro el trabajo de ocho escritores (todos hombres) de siete diferentes estados: Baja California, Chihuahua, Durango, Nuevo León, Tamaulipas, Sonora y Coahuila

En el prólogo, Talavera se detiene a explicar dos conceptos que han causado revuelo entre los jóvenes estudiantes de teatro: lo posdrámatico y la narraturgia. En el primero, “el director o creador del espectáculo, explora las posibilidades escénicas de un texto dado”; mientras que en el otro, “el dramaturgo explora las posibilidades dramáticas de la narración”. De cierta manera, esta antología responde, no en oposición sino en concordancia, a estas tendencias, ancladas a una coordenada geopolítica.

Hugo Salcedo, autor de El perseguidor de Tlaxcala, nació en Jalisco en 1964, pero comenzó a ejercer su labor teatral en Baja California. Es licenciado en Letras por la Universidad de Guadalajara y doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Además de dramaturgo, es también profesor en la Escuela de Humanidades de la UABC y, actualmente, de la Ibero. Fue miembro y fundador del colectivo Teatro del Norte. El perseguidor de Tlaxcala, editado por primera vez en 2008 en Mexicali, se remonta a la época prehispánica, al juego de pelota, los sacrificios, las guerras floridas y a los últimos tlaxcaltecas para vincularlos con el presente, donde se desarrolla la historia. La obra da por sentado que el público es conocedor de estas referencias, lo que podría jugar en contra de su comprensión. El vínculo pasado/presente, al más puro estilo cortazariano, permite transpolar sacrificios rituales con operaciones médicas o pensar una cancha deportiva como un campo de batalla en donde se suceden “muchos sacrificios en el juego de la vida”.

El autor de Monalisa, Roberto Corrella (1955, Sonora), es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y de la Sociedad General de Escritores de México. Licenciado en Artes por la UACH, cuenta con un diplomado del Programa Nacional de Estudios de Dramaturgia. Dirige la compañía La Cachimba Teatro desde 1996. Ha publicado alrededor de 25 textos dramáticos y puesto en escena más de 60 montajes. Monalisa se estrenó 2017 con la dirección de Rennier Piñeiro; en ella intervienen solo dos personajes: Ella, acumuladora compulsiva quien nos cuenta de su vida, y Él, un taxista que habla sobre esta curiosa mujer. El texto carece de acotaciones, así como de toda marca escenográfica, por lo que el director se hallará en completa libertad. La obra se sostiene a través de monólogos; pocas veces los protagonistas interactúan entre sí, por lo que su lectura se acerca más a un relato; no obstante, los fuertes acontecimientos mantienen el misterio de la historia hasta el final.

Luis Heraclio Sierra (1964, Temósachi – 2018, Chihuahua), autor de Simón y Nel, era Licenciado en Artes Escénicas y Máster en Educación Superior. Además de actor y director fue docente de la UACH en la Licenciatura en Teatro. La obra inicia con unos chicos vendiendo el diario El Informal con la noticia de que “El chacal” ha atacado de nuevo. Esta es una historia de asesinatos, específicamente de dos mujeres: una joven, de clase social baja, y una niña, de clase alta. La fuerte noticia sobre “las jovencitas a las que violaron y luego las mataron… que las encontraron tiradas por estos rumbos, en los terrenos de las maquilas” resuena mucho más allá de la ficción. Esta pieza aborda el tema de los feminicidios, el cual aún forma parte de nuestra realidad.

Roberto Ransom (1960, Ciudad de México), autor De cómo Anselmo J. Brennan optó por vivir en su den, es Licenciado en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM. Ha sido catedrático de la Escuela de Arte Teatral del INBA, de la UAEM, del ITESM, de la La Salle, del Instituto de Bellas Artes, y de la UACH. La acotación inicial es sumamente específica: describe la escenografía, detalla el tiempo y espacio donde transcurre la historia, con sus personajes, en particular con el protagónico, Anselmo, un señor de 84 años quien ha decidido permanecer en el cuarto que llama den, donde tiene todos sus recuerdos, pese al descontento de su familia. Durante toda la obra, conocemos su rutina y algunas de sus viejas historias que cuenta con un ligero toque de humor a sus hijos y nueras. La imagen del den, una “tumba” diseñada por el mismo Anselmo, sugiere que “Los viejos debemos descansar, aunque no podamos escoger la hora”. El montaje de esta pieza se encargará de imprimir vida y dinamismo a una simple conversación familiar dentro de una habitación, que, en su lectura, luce anodina.

Diálogos del 14 de febrero fue compuesta por Jesús de León (1958, Coahuila), licenciado en Letras Modernas en la Universidad Autónoma de Coahuila y maestro en Lengua y Literatura en la Escuela Normal Superior de Nuevo León. Es más conocido por su narrativa, como Este bar se llama…Un infierno más íntimo, y Los cuentos. La obra se divide en tres diálogos y tres momentos de un mismo día: el primero entre Alfa y Zeta, exesposos; el segundo entre Équis y Zeta, un par de amigos; y el tercero, entre las amigas Épsilon y Alfa. El 14 de febrero, el matrimonio terminó en divorcio; el recuerdo de sucesos determinantes se convierte en un eje consciente de la decadencia del tiempo presente. “¿Acaso todavía se puede hablar del amor en estos tiempos de cólera, VIH, globalización y delincuencia organizada?” Las largas interlocuciones dibujan una actualidad en donde resulta difícil entender el amor y el desprendimiento por el otro.

Amarillo, de Gabriel Contreras (1959, Monterrey), gozó de buena fortuna en las tablas, bajo la dirección de Jorge A. Vargas, de Teatro Línea de Sombra. El dramaturgo regiomontano estudió psicología en la UANL; ha estrenado varias obras: Caballo de la nocheFestival a nuestro propio beneficio y Todos morimos en 1909; y publicada otras: RJ ProjectEs mar la noche negraAmarillo cuenta con solo tres personajes: un Hombre, el Cantante y Estela. Inicia con voces y videos documentales sobre personas que intentan cruzar la frontera de manera ilegal.

Desde el principio, estos registros ponen en contexto al público, lo preparan. Estela, como muchas otras mujeres, sigue esperando noticias sobre su esposo, Fernando, quien fue seducido por el sueño americano. Pareciera que no pasa nada, repeticiones, lentitud; en medio del desierto, se escucha una triada de voces llenas de zozobra una y otra vez. El Hombre representa a todos aquellos vestidos de “cachucha, tenis, pantalón de mezclilla y sudadera” que se han aventurado hacia el otro lado, quedando varados a medio camino. Mientras haya “Cadáveres floreando en el desierto”, se lee en Amarillo, la inmigración seguirá siendo uno de los típicos temas de la frontera que no se agotan en escena ni en la realidad.

Del actor, director, dramaturgo y promotor cultural Medardo Treviño (1958, Tamaulipas), tenemos Medea, antes del viaje. El fundador y director del grupo Tequio estudió teatro y cine en la Universidad Regiomontana; ha participado en montajes de obras clásicas como en Las troyanas y Reso de Eurípides y La divina comediaMedea revive el mito griego asociado al asesinato de los hijos; en esta reescritura, se juega con el tiempo: en el presente, Medea y Jasón, dentro de un Volkswagen, sueñan el pasado, en donde reconocen algunos acontecimientos del mito. La ambientación parece norteña, debido a los corridos y algunas otras alusiones al trasiego de drogas. Las figuras de los Hombres I, II y III recrean a las brujas de Medea, además de que juntos parecen una especie de coro clásico.

La antología cierra con La puerta en el muro de Enrique Mijares (1944, Durango), un dramaturgo consolidado, con una amplia trayectoria y múltiples reconocimientos, miembro de la mesa directiva de la Asociación Mexicana de Investigación Teatral. Su proyecto editorial de Espacio Vacío, en la UJED, le ha dado salida a innumerables dramaturgos del norte. La puerta en el muro abre la posibilidad de que sea leída de nueve diferentes maneras.

El texto se encuentra dividido en escenas, ocho de ellas tituladas y enumeradas como “Las puertas de la percepción”, y las demás con una simple palabra que las distingue. Cada escena podría ser independientes o un microdrama, como las llama Mijares; no obstante, el tema es el hilo que las une y atraviesa: el narcotráfico. Si se lee de manera tradicional se percibe la historia de Fanny, una joven procedente del pueblo de Santa Rosa, quien se casó con un narcotraficante.

A partir de los fragmentos, vemos cómo ella, tras la muerte de su pareja, se convierte en Capo de su cartel. La obra plasma la violencia, el peligro y las consecuencias que trae consigo este negocio. De todas las obras que componen la antología, esta es la más extensa; cuesta imaginarla en el escenario por su carácter narrativo. Sin embargo, el director Xavier Ángel Martí aprovechó la flexibilidad del texto para montarlo en 2015, en Guanajuato.

Territorio teatral da a conocer el impacto de nuevos conceptos y poéticas teatrales en la dramaturgia del norte de México, sitio de constante experimentación e innovación. Manuel Talavera Trejo advierte a los lectores sobre la peculiaridad de cada uno de los textos. Las corrientes de la narraturgia y lo posdrámatico encuentran su cauce en escrituras que parecen ajenas a su materialización en escena. Desde la lectura, una se imagina el reto del montaje, el trazo de los cuerpos, los dispositivos que los abarquen.

Pocas acotaciones y mucha narración son el sello de esta antología; no obstante, su compilador reconoce “que la literatura dramática siempre ha tenido como componente la narrativa”. Las tendencias posmodernas del teatro han empujado a que estos ocho escritores norteños creen nuevas obras en cuanto forma; sobresale el empeño puesto en los diálogos de sus personajes; serán los directores quienes los doten de acción y espacio. Habrá que ver lo que así solo se escucha.

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