FIL de Guadalajara

“Lo relevante es la acumulación de voces. En verdad, son miles de personas platicando, discutiendo, intentando encontrar argumentos en las charlas y en las lecturas”. Foto: FIL de Guadalajara

He ido a la FIL de Guadalajara durante varios años. Mi asistencia se ha debido a diferentes razones. Mi primera vez fue como un simple lector que no imaginaba el tamaño de esa feria. Más tarde, he continuado yendo como autor, como periodista, como invitado, como padre de familia y como esposo de mi mujer.

A lo largo de estos años de asistencia, me he dejado seducir por el monstruo que representa la feria pero también he sido crítico con la misma, incluso en este espacio. Sin embargo, la ponderación siempre da un resultado positivo a favor de este esfuerzo en torno a la industria editorial, a los lectores, al casi millón de visitantes que convoca cada año.

Conozco a muchos de los que trabajan para que esto pueda suceder. Con algunos de ellos tengo relaciones de amistad y de cariño. No conozco, empero, a todos. Sé que, entre ellos, hay quienes no comparten mi ideología, mis creencias o mis predilecciones. No digamos en el terreno de lo político sino en el de lo literario; a fin de cuentas, es una feria a la que acudo por mis intereses librescos. Tampoco importa. Nadie esperaría que en una reunión tan heterogénea en la que quepan miles de invitados, cientos de voluntarios, decenas de organizadores, centenares de editoriales y la numeralia que se prefiera, todos compartan los mismos puntos de vista.

Una de las cosas que más me sorprendieron durante mis primeras visitas era el nivel de las conversaciones. Conjeturé, con un par de amigos, una hipótesis: toda vez que a la FIL acuden premios Nobel, escritores del más alto nivel, especialistas en un montón de temas y, ¿por qué no?, autores de bestsellers, impera una extraña necesidad de estar a la altura. Uno podrá decir muchas tonterías en la vida pero procura evitarlas si está frente a uno de sus escritores favoritos, por ejemplo. Así, da la impresión, imposible de medir, por supuesto, de que las conversaciones que provoca la FIL son de un nivel superior al cotidiano.

Ya sé que mi aseveración parte de cierto idealismo pero no importa. Lo relevante es la acumulación de voces. En verdad, son miles de personas platicando, discutiendo, intentando encontrar argumentos en las charlas y en las lecturas. La multiplicidad de voces sólo puede dar cabida a una multiplicidad de perspectivas sobre casi todos los temas. De ahí que la acusación del presidente respecto a que la FIL está en su contra es disparatada.

En primer lugar, porque la FIL no es sólo su organización sino sus resultados. Sí, uno podría traer al más acérrimo crítico de la 4T. También podría salir abucheado. En ese sentido, hace un par de años, cuando ya era presidente electo, una buena parte de los escritores presentes manifestaban su alegría. De hecho, existen columnas sensatas y con buenos argumentos de varios de esos escritores a favor de AMLO. Eso no significa, por supuesto, que no hubiera otros autores o intelectuales en contra. ¡Qué bueno! Da gusto que se puedan debatir las ideas. Lo que no sucede, en cambio, es que los organizadores del evento veten a determinados autores por ser favorables o contrarios a cierta línea ideológica. Sería la forma más sencilla y contundente de lacerar un proyecto tan valioso como la Feria.

Es cierto, la FIL tiene y ha tenido muchos problemas. También es verdad que es una maravilla. Entre otras cosas, porque abre sus puertas a un universo heterogéneo, perdonando el pleonasmo. Si, entre ellos, hay disidentes y críticos del sistema, qué mejor. No es la sumisión la que permite mejoras.