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Héctor Luis Zarauz López

21/11/2021 - 12:02 am

Ecos de la Revolución

A partir de su triunfo se dio una reorganización en la estructura política del país, se creó una nueva Constitución (la de 1917), en la que se plantearon derechos sociales y económicos.

‘Revolución 1910-1914. Sufragio efectivo, no reelección” de Juan O’Gorman . Foto: Museo Nacional de Historia

I

Este 20 de noviembre se ha celebrado el 111 aniversario del inicio formal del proceso conocido como Revolución Mexicana, considerado por muchos historiadores y científicos sociales como el evento que significó el principal parteaguas en la historia nacional del siglo XX, pues a partir de su triunfo se dio una reorganización en la estructura política del país, se creó una nueva Constitución (la de 1917), en la que se plantearon derechos sociales (en educación, trabajo) y económicos (reparto agrario, recuperación de la rectoría del Estado sobre bienes naturales), que se pretendían beneficiaran a toda la nación.

Del proceso revolucionario emanarían varios grupos de poder que en general, se aglutinaron como una gran familia (aunque siempre hubo disidencias como las rebelión delahuertista en 1923, las fracturas electorales de los generales Arnulfo R. Gómez y Francisco Serrano y algunas asonadas como la del Gral. Escobar en 1927), que se “apropió” de la Revolución, de su gestación, triunfo, discurso y significado, lo cual quedó manifiesto en la formación del Partido Nacional Revolucionario en 1929, en el cual supuestamente fueron integradas las distintas facciones que habían participado y triunfado en la Revolución.

 

II.

Desde el triunfo del movimiento iniciado en 1910 y el finiquito del antiguo régimen, la Revolución fue utilizada como elemento ideológico y retórico de los gobiernos de ahí emanados, por lo cual se realizaron algunas conmemoraciones para reiterar la importancia de este evento. Fue a partir de 1929 que se estableció, de manera oficial, la celebración de este proceso cuando el presidente Emilio Portes Gil inauguró instalaciones de la Secretaría de Guerra y se realizó un desfile deportivo, con la innegable intención de mostrar que la época de rebeliones y asonadas había pasado, y que el ejército se sumaba a labores constructivas y permanecía subordinado al poder institucional. En 1937 el aniversario de la Revolución se consideró, por Decreto, como fiesta oficial en todo el país, a partir de entonces se hicieron esfuerzos denodados por superar, cada año, la cantidad de participantes en el desfile deportivo, que se convirtió en una suerte de escaparate para mostrar cómo se modelaba una nueva clase de mexicanos. Como aderezo a estos desfiles conmemorativos, se dieron discursos y actos políticos que, bajo el sello de cada gobernante, trataban de transmitir la idea de que se cumplía con el ideario revolucionario, que la patria se construía permanentemente y que se enaltecía a los héroes de este proceso.

Así la Revolución se trastocó en festejo cívico y como tal tuvo la misión de reproducir una versión oficial de la historia cuya intención era y es, de acuerdo a Luis Villoro: “mantener el sistema de poder establecido y manejarse como instrumentos ideológicos que justifican la estructura de dominación imperante.” Así, puntualmente la idea de la Revolución coadyuvó a la misión de generar un sentimiento de pertenencia, de identificación, de espíritu patriótico y de dar cohesión social.

Además, este festejo fue ámbito propicio para proyectar la idea de continuidad de la lucha revolucionaria a través de los intereses y programas de los gobiernos en turno, por ejemplo, en el periodo de Manuel Ávila Camacho sirvió para postular la unidad nacional; con Miguel Alemán se pretendió transmitir la idea de fusión de la revolución política con la revolución industrial que pretendidamente vivía el país. En 1968 se incluyó la participación de los medallistas olímpicos para tratar de minimizar los trágicos eventos del mes de octubre de ese año. Con Echeverría se refirió el papel vanguardista de México en el concierto de los países del tercer mundo. A partir de entonces el aniversario del 20 de noviembre va perdiendo el brío incendiario que lo había caracterizado y se insiste, cada vez más, en la idea del progreso. En general el desfile y los discursos derivados de la celebración serían momento de ostentación de los logros obtenidos por la nación. Así año tras año, discurso tras discurso, sin importar quien fuera el presidente en turno, el aniversario de la Revolución serviría para renovar, supuestamente, los votos de la nación en apego a la gesta iniciada en 1910.

Así, la Revolución sería utilizada como justificante histórico que otorgaba sustento ideológico al gobierno en turno, y que fue indistintamente invocada para llevar a cabo alguna reforma de orden social (reforma agraria, programas educativos, nacionalizaciones), lo mismo que para propiciar la unidad de las clases sociales y atemperar la movilización y la inconformidad social, o bien para descalificar a opositores al sistema, fuera por representar a la atávica reacción o por proponer doctrinas extranjerizantes, desestabilizadoras del orden nacional. La Revolución pudo ser interpretada de manera multifuncional, convirtiéndose en referente de lo que se consideró una idiosincrasia ideológica propia. Bajo ese canon, la Revolución, (según señala Víctor Cuchí en su texto “Festejos cívicos” en La Fiesta Mexicana, FCE) cumplió en la plaza pública la misión de reafirmar la identidad nacional y de renovar la legitimidad del Estado, se convirtió en un vehículo más para transmitir las ideas y prioridades del sistema, en diversos órdenes, pero sobre todo para solazarse en los logros obtenidos y justificarse ante los ojos de la nación.

 

III.

Sin embargo, a partir del inicio de los gobiernos ejercidos por la tecnocracia priista y después por los gobiernos panistas (que finalmente han podido oficializar sus coincidencias políticas), la imagen de la Revolución perdió fuerza, se convirtió en un evento histórico lejano y hasta incómodo por su contenido social. Se inició entonces una reinterpretación de este proceso, de las formas de evocarlo y conmemorarlo; ello a la par que desde distintos ámbitos de los movimientos sociales y de la izquierda partidista, se disputó al “sistema” la utilización de la iconografía, los ideales y la historia de la Revolución asumiéndola como propia.

Ya en pleno neoliberalismo se recuperó la figura de Porfirio Díaz, se le revaloró como constructor de una primera modernidad económica y ordenamiento social; en cuanto a la Revolución, se valoró con más fuerza la figura de Francisco Madero, por parecer un personaje más a modo por su supuesta moderación en cuanto a las reformas sociales, por su lucha enmarcada en la legalidad electoral, dejando en segundo término a personajes como Emiliano Zapata, Pancho Villa o los hermanos Flores Magón, que para entonces se habían convertido en emblema de luchas populares y con frecuencia utilizados como referente de la izquierda política.

Fue así, en el año del 2006 que el gobierno de Vicente Fox canceló el desfile deportivo del 20 de noviembre. Sin embargo, en el año 2010 fue ineludible la conmemoración de los 100 años del inicio de la Revolución, la cual se conmemoró frívolamente con espectáculos de luz y sonido, desfiles alegóricos, eventos musicales, etcétera, generando confusión por la representación de personajes y los significados históricos de la Revolución.

 

IV.

Como se ha dicho en otras ocasiones, el cambio de gobierno en los finales del año 2018, ha significado nuevas visiones de la historia nacional, enfatizándose la pertenencia a un proceso de transformación, en el cual la Revolución Mexicana tiene un papel central.

Es en ese marco en el que los simbolismos históricos se han replanteado, se han reivindicado las figuras de los hermanos Flores Magón, Felipe Ángeles y del propio Madero (tal vez a que el presidente López Obrador se sienta identificado con el llamado prócer de la democracia, debido a las descalificaciones y agravios proferidos desde la prensa en su contra), que resuenan como eco de la lucha por mayor justicia social. Así el ritual cívico parece retomar importancia, ya se verá si en el futuro próximo este replanteamiento de la historia, bajo nuevos cánones políticos, pueda actuar como generador de identidad y orgullo.

Héctor Luis Zarauz López
Sociólogo e historiador. Se ha dedicado a trabajar temas de historia regional, económica y social, con énfasis en los periodos del porfiriato, la revolución y el México contemporáneo. Con sus trabajos ha obtenido reconocimientos como el Premio Salvador Azuela del INEHRM y mención honorífica en el Premio Marcos y Celia Maus. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Actualmente es integrante del seminario permanente de Historia Contemporánea y del Tiempo Presente. Es autor de varias obras: “Álvaro Obregón y la reforma a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el año de 1928”; “Valentín Elcoro e hijos. Historia de una vida empresarial”; “Tiempo de caudillos, 1917-1924”; “La revolución en la ciudad de México 1900-1920”; “La fiesta de la muerte; México. Fiestas cívicas, familiares, laborales y nuevos festejos”, entre otros títulos. Actualmente es profesor e investigador en el Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora.
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