Javier Sicilia y Julián LeBarón. Foto: Cuartoscuro

El día de mañana, Javier Sicilia junto con colectivos de víctimas y ciudadanos que apoyan sus demandas de justicia y paz, emprenderán una caminata desde Cuernavaca hasta Palacio Nacional, que durará cuatro días, para arribar al zócalo el domingo 26 de enero. A las nueve de la mañana emprenderán el último tramo, ya en la ciudad de México, partiendo de la Estela de Luz. Un día antes, el sábado, a partir de las doce del día, en el mismo sitio, se llevará a cabo un acto cultural. Está programado que finalice a las siete de la noche. La “Caminata por la verdad, la justicia y la paz” fue convocada, como se sabe, por el poeta tras la masacre de madres y niños de la familia LeBaron en Sonora. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad ha vuelto a la calle, tras nueve años de haberse formado y haberle cambiado el rostro a la guerra de Calderón, en 2011. Estos días caminarán para pedirle al Presidente López Obrador que atienda la agenda de las víctimas que quedó arrumbada en algún lugar de Palacio Nacional, tras las reuniones que el Presidente y funcionarios tuvieron con colectivos de víctimas al inicio del sexenio. Caminan, como han dicho, no para antagonizar al López Obrador, sino para pedirle verdad y justicia para los mexicanos que han sido víctimas del horror sangriento que padecemos desde hace muchos años ya. Para que se detenga, ya, o comience a detenerse. Son la herida viva de este país: los que perdieron a sus familiares en una guerra que, lejos de haberse terminado, continúa todos los días en distintas partes del país, desde que Calderón la empezó en el 2007. Sus tragedias han estado en los medios desde hace años, cuando recorrieron el país, gritaron su dolor, confrontaron al poder. Ahora, a diferencia de entonces, el Presidente piensa que recibirlos significa dañar la investidura presidencial. Como si los daños a la investidura fueran las voces que claman justicia, y no los hechos de violencia que arrasaron con la vida de personas con la complicidad del poder, la corrupción criminal, el narcoestado.

Pero López Obrador piensa que reunirse con ellos, recibirlos tras su caminata, en Palacio Nacional, significaría un “show”. Seguramente piensa en aquella mesa donde Calderón se sentó con ellos. Es inquietante que el Presidente piense que el dolor de las víctimas es algo parecido a un show, porque revela algo más profundo: la banalidad de un Presidente al que no parece importarle el problema, ni tiene ninguna empatía con ellas.

No se entiende que haya decidido enviar al gabinete de seguridad a recibirlos. Parece una burla, porque el problema de las víctimas en México no es un problema “de seguridad” primordialmente, sino de todo el Estado. Involucra reparación, y sobre todo, acceso a la verdad y a la justicia. Es casi surrealista tener que escribirlo, que explicarlo. A mí me parece, de tan mala decisión, casi una ficción distópica. Si en el 2011 las autoridades, entre ellos el Presidente, se sentaron a escuchar sus reclamos de justicia, en 2019 el nuevo Presidente los sienta con los jefes militares, con el ejército. La precisión distópica es aterradora. El mismo ejército que desapareció, torturó y asesinó a algunas de las víctimas ¿cómo ha llegado López Obrador a tan despótica, no hay otra manera de llamarla, decisión? Creo que hablar de “insensibilidad” sería un eufemismo. Cuantimás cuando el Presidente se presenta como “accesible” a cualquiera, recibe a jugadores de béisbol en Palacio Nacional, se codea con la gente en los aeropuertos, recorre caminos comunales, abraza lo mismo guajolotes, que a niños y pobladores. Su cuenta de twitter es un dechado de republicana accesibilidad. La gente respira, aliviada, pensando en la modestia del señor Presidente, se enorgullece. El problema son las víctimas, parece. Y quizás tenga razón, al menos en protegerse políticamente, porque a ellas no ha podido utilizarlas como propaganda demagógica. Así como tampoco pudo imponerles, en la transición, la idea del perdón que había ideado, muy probablemente, para deshacerse de la enorme, gigantesca responsabilidad, que implica la deuda de verdad y justicia para con ellas.

Lo que parece, más bien, es que al Presidente no le preocupa, como dijo, la investidura presidencial, sino su imagen, la mala prensa, pues. Una imagen que le ha costado mucho trabajo construir, a fuerza de discursos mañaneros, de viajes por todo el país, (con pedestres ponchaduras de llantas, paradas para comer barbacoa con su hijo, cenas con su esposa, esos gestos humildes, casi selfies o posts de Facebook de cualquiera), atardeceres, bellezas naturales, y mucho “pueblo” agradecido por su gestión. Sus réditos, en las redes sociales, llegan al paroxismo: “Mi cabecita de algodón, duerme en el avión, descansa de tanto hacer el bien”, escriben conmovidos ¿qué político en su “sano juicio” se arriesgaría a escuchar a los que sufren, a los que reclaman, critican, pero sobre todo, piden ser escuchados, tienen la legitimidad, frente a todo el país? No López Obrador, ciertamente, aunque en sus adentros le guste medir su estatura moral con la de los héroes. No pondrá en duda, en su propia casa, el mensaje que tan arduamente ha construido estos meses: una realidad ficticia, donde el pueblo “está feliz, feliz, feliz”. Y es que las víctimas son peligrosas, porque su palabra es real e incómoda, implica responsabilidades precisas. A diferencia de los discursos propagandísticos, que pueden crear una realidad ilusoria, el llanto, la pena, la tragedia de una madre que ha perdido cuatro hijos y no ha encontrado justicia, es capaz de craquelar la ficción y desnudar al poder, dejar al descubierto los engranes de una máquina que no, no funciona como dicen ni como debiera.

Es por esto que seguidores del Presidente han desatado mezquinas campañas contra las víctimas, para deslegitimar sus reclamos de justicia, porque su voz importa, dice algo de nosotros que el poder no quiere escuchar ni que escuchemos y que lo implica esencialmente: miles de personas están siendo asesinadas, enterradas en fosas, desapareciendo. Es algo más fundamental que la rifa de un avión o que el cumpleaños de la primera dama, o que el puesto de tacos de barbacoa, esos shows con los que nos entretiene el Presidente, trata desesperadamente que no miremos el charco de sangre insistente que sigue inundando nuestra casa.

Precisamente porque es imposible no mirarlo, y son ellos, las víctimas, quienes tendrían que ser escuchadas, caminaremos a su lado, leeremos poesía, para decir en voz alta, como hicimos con Calderón y Peña Nieto: sin verdad y justicia, no hay, no habrá paz. Ojalá que recapacite, Señor Presidente, y los escuche.