El Presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. Foto: galo Cañas, Cuartoscuro

La tendencia a ver el mundo desde nuestro ombligo no es única de México, de hecho, es lo más común que existe porque todos sentimos que somos la excepción y todo gira alrededor de nuestro país, nuestra vida política y nuestros debates internos. Se trata de una visión parroquial más que la capacidad sofisticada de analizar sin tenernos a nosotros mismos como referencia.

Todo esto lo digo a propósito de los análisis que sigo en torno a la política estadounidense que por obvias razones acapara el interés del planeta entero, pero que en México se ha instalado en repetir señales que ya parecen más un mantra que explicaciones claras. Que si López Obrador es amiguísimo de Donald Trump porque no se pelearon como se hubiera esperado dadas las personalidades de ambos, que si hubo tardanza en saludar formalmente el triunfo de Joe Biden y esto tendrá consecuencias terribles para la relación bilateral, que si el Presidente de México no rindió pleitesía al nuevo inquilino de Washington como la lista de presidentes que vía Twitter se vio que lo hacían, que si México no está en la lista de las primeras llamadas internacionales que hará Biden, que si AMLO marcó una raya altamente delicada con la decisión de cerrarle el paso a las agencias policiacas estadounidenses en nuestro territorio, que si México debería ceñirse al protocolo esperado ante el nuevo Presidente del país más poderoso del mundo.

Todo este discurso repetido en varios tonos y medios contradice el otro argumento que es prácticamente incontrovertible. Joe Biden es uno de los políticos más experimentados del sistema democrático estadounidense, por lo que sus reacciones personales y decisiones estratégicas, no tendríamos porque dudarlo, están por encima de sus pasiones. Sería absurdo no tener claro que, además, en el equipo de Biden, se han incluido personajes de gran conocimiento de la política mexicana como la Embajadora Roberta Jacobson, nombrada la encargada de la frontera entre ambos países. Un personaje de su envergadura, sin lugar a duda, entiende que hay una diferencia entre lo que ocurre con espacios como las conferencias mañaneras, que son el espacio de comunicación del Presidente López Obrador con el gran público lo mismo que con los diferentes actores políticos nacionales. Esto claramente diferenciado del quehacer político que se construye todos los días en una infinidad de espacios de gestión pública de ambos países. Por tanto, la repetida obsesión de analizar la compleja relación entre México y Estados Unidos por lo que no dijo u omitió López Obrador en la mañanera, al final de cuentas no solo no aporta, sino que reduce el debate y la comprensión de un momento tan delicado como el que estamos viviendo.

En el caso de la relación con el nuevo Gobierno estadounidense, como suele ocurrir entre políticos que saben su oficio, habrá un espacio de acomodo de las nuevas formas y al final, la relación se construirá a partir de las prioridades que cada uno encabeza. Para México por ejemplo, el simple cambio en el tono y estilo presidencial de Biden, sumado a la puesta en marcha de algunas decisiones concretas como detener las deportaciones y restaurar el programa DACA -permiso a quienes llegaron a ese país sin documentos siendo niños-, e incluso, una posible reforma migratoria que hay que decirlo claramente, depende del Congreso y no de la voluntad presidencial, podrían generar condiciones muy positivas para la gente beneficiada, pero también para México en su conjunto. Por tanto, más allá de si López Obrador le hizo un guiñó a Trump, si le habló cortado a Biden o si no esta haciendo fila para ser recibido a la brevedad, la llegada de un nuevo Presidente a Estados Unidos puede acabar siendo de enorme beneficio para el Gobierno de López Obrador. Quien diría, un as bajo la manga sin haberlo buscado.