Escultura.

“La tristeza es pasiva, mueve al abatimiento; la rabia, por el contrario, genera un movimiento de indignación, busca el castigo o el desquite”. Foto: Especial

Uno no elige el ánimo con el que amanece y hoy desperté triste. La suma de los días de encierro dieron, en mi sueño, el cabalístico 365 y los que eran semanas o meses se me presentaron con la contundencia de la palabra “año”, pues ha transcurrido un año desde que la vida de todos y la mía quedaron suspendidas, puestas entre paréntesis, canceladas en la modalidad que cada quien haya tenido. Este plazo rotundo, todo un año, fue un golpe que me reveló instantáneamente lo que ha sido para mí esta pandemia: temor permanente al contagio, muerte de amigos (conocí a muchos de los que hoy se diluyen en el anonimato de la cifra 180 mil muertos), pérdida de trabajos y desaparición, casi completa, de lo que eran mis costumbres, mis hábitos, mis maneras de hacer mi vida.

Me avergüenza confesar que estoy triste, y me anima a hacerlo el hecho de que este sentimiento hoy aparece enormemente generalizado. Y es lógico, pues ante la desgracia, las pérdidas, el fracaso, así como ante el desengaño y la humillación, es inevitable que surja en algunos la tristeza y en otros la rabia. A mí en esta ocasión, desafortunada o afortunadamente, me ha pescado la tristeza y no la rabia. La tristeza es pasiva, mueve al abatimiento; la rabia, por el contrario, genera un movimiento de indignación, busca el castigo o el desquite. Son dos respuestas ante la adversidad; de hecho, podría decirse que son sentimientos hermanos, pues, los provocan las mismas causas.

Lo que me ocurre a mí está pasando a escala planetaria: hay sectores sociales tristes; pero también sectores sociales furiosos. Un año contrariados por la pandemia -para decirlo de la manera más leve posible- nos tiene a todos en alguna de estas dos modalidades: tristes, abatidos, faltos de ánimo, a un paso de la depresión, o indignados y furiosos a un paso de…

No lo sé. Lo que sí sé es que en la no aceptación de la nueva normalidad, en el hecho de estar todavía soñando con que las cosas van a ser como antes, hay un gesto de vida, un rehusarse a admitir que esto (lo que sea que esto sea para cada quien) será la vida de ahora en adelante, es una mínima pelea para no aceptar lo irremediable, pues de admitirlo, de resignarse, entonces sí, se instalaría a sus anchas la tristeza.

Entiendo que la negación, como la llaman los psicólogos, es un necio rehusarse a admitir la realidad; pero es que cuando la realidad es la realidad del desastre, parece mejor no resignarse. Hoy amanecí triste, pero escribir estas palabras, me ha hecho los efectos de un sol tenue, madrugador, ese que apenas logra atravesar la niebla. Está en el horizonte la vacuna. Sí, pero con su relativa efectividad. Está el plan de vacunación. Sí, pero con su tardanza. Está el futuro. Sí, pero ¿llegaré? Y está también mi decisión —siempre fundada en nada— de seguir adelante.

Twitter @oscardelaborbol