En Praga, Grace descubrirá una historia explosiva que podría decidir las elecciones americanas y hacer estallar una nueva Guerra Fría. Siempre y cuando, siga viva para contarlo. La historia en El secreto de las golondrinas

Ciudad de México, 22 de junio (SinEmbargo).– Su misión: seducir a un hombre rico y con poder.

Programa Golondrina: táctica de la Guerra Fría usada para engañar a hombres poderosos y así conseguir información e influencias en beneficio del gobierno ruso.

Octubre de 2016. En Estados Unidos las elecciones están a la vuelta de la esquina. La periodista Grace Elliot acaba de destapar una exclusiva que cree que la llevará a la cúspide de su carrera: una estrella del porno quiere hablar sobre su aventura con el que puede llegar a ser el futuro Presidente de Estados Unidos. Pero el presidente es intocable. Igual que su ex mujer, Elena.

En Praga, Grace descubrirá una historia explosiva que podría decidir las elecciones americanas y hacer estallar una nueva Guerra Fría. Siempre y cuando, siga viva para contarlo.

*La información anterior pertenece a Grupo Planeta. 

Fragmento del libro El secreto de las golondrinas: copyright: 2019, Anónimo. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta.

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Nueva York, 2014

En su primera noche en Nueva York desde el fin de semana de su vigésimo primer cumpleaños, Grace Elliott se alojó en un hotel pequeño de una esquina bulliciosa cercana a Times Square. No fueron las sirenas y los alaridos nocturnos los que le robaron el sueño. Para eso tenía tapones. Grace no durmió porque a las nueve de la mañana del día siguiente había quedado con Elena Craig.

Cuando Elena se divorció de su célebre marido a principios de los noventa, fue un escándalo en Manhattan y noticia en el mundo entero. Salió en todos los telediarios y en todos los periódicos del planeta. Ella, en lugar de desperdiciar la oportunidad, lanzó su propio negocio: La Cure Craig.

Grace llevaba dieciséis años escribiendo sobre famosos para el National Flash, pero nunca había pasado la mañana con uno. Se había puesto el vestido negro de puntos rojos sin mangas de Gap, lo mejor de su guardarropa. En el desayuno, mientras repasaba la lista de preguntas por última vez, le había caído un poco de café en el vestido y uno de los puntos rojos se había vuelto café.

Su cita con Elena Craig era en la tienda insignia de La Cure Craig, a escasa distancia de Central Park West. Grace había decidido caminar, para serenarse y ver un poco la ciudad, pero era un día de marzo inusualmente ventoso. Las ráfagas de viento le azotaban el pelo en todas direcciones. Cuando llegó a su destino, el corte de pelo a lo Taylor Swift se había convertido en un despeinado desenfadado de día de playa. La recepcionista, que podría haber sido modelo de prendas vikingas, llevaba demasiada sombra de ojos negra. A Grace le parecía excesiva, pero sabía que la impresión era equivocada. Las que habían nacido en el Medio Oeste sabían desde niñas que en Nueva York las únicas que no iban a la moda eran ellas.

El edificio de La Cure Craig era de vidrio. Las lámparas de araña eran de vidrio, la escalera de caracol era de vidrio, los muebles eran de vidrio, y los cojines de piel, de un blanco inmaculado. El piano mecánico de cola del vestíbulo era de vidrio y, en la primera visita de Grace al balneario, el segundo día de la primavera de 2014, tocó él solo una sonata de Chopin. En La Cure Craig, si algo no era de vidrio, era blanco.

¿Por qué vidrio? Grace había sabido, por el episodio dedicado a Elena Craig de una serie documental de Netflix sobre ricos, que los fabricantes de vidrio checos eran los más exquisitos. La cerveza y el vidrio eran elementos esenciales de su cultura, como el sushi y el sake en Japón o el jarabe de maple y las disculpas innecesarias en Canadá. La entrada al balneario olía a hierbas calientes y dulces. Para calmarse mientras esperaba a Elena Craig, Grace se centró en Chopin. Sabía que esos pianos que tocaban solos tenían un nombre, pero no lo recordaba. Estaba tan cansada y nerviosa que le fallaba la memoria. Tenía pequeños espasmos en el párpado izquierdo.

A las nueve en punto, Elena Craig bajó la escalera de vidrio con un traje de vestir tan blanco que le servía de camuflaje. Grace se levantó para salir a su encuentro y se sintió pequeñísima. Aunque eran más o menos de la misma estatura, había algo gigantesco en Elena. Llenaba la estancia de sí misma, y eso no se apreciaba en televisión. Había dos tipos de reportajes sobre Elena Craig: aquellos en los que era la exmujer trofeo con acento raro que jamás había conseguido un puesto en la casta superior de la sociedad neoyorquina y aquellos otros en los que Elena era una mujer inteligente y formidable que había diseñado icónicos vehículos de lujo, había lanzado una de las cadenas de balnearios de mayor éxito en Estados Unidos y seguía siendo uno de los principales asesores de su exmarido. A Grace le dio la impresión de que era cierto lo segundo y que lo primero lo habían engendrado y alimentado hombres que se sentían intimidados por ella y detestaban esa sensación.

—¿Señorita Elliott?

—Puede llamarme Grace —dijo, y le tendió la mano. Elena la aceptó y se la estrechó con fuerza. Sus ojos examinaron a su invitada y detectaron la mancha de café del vestido, sus zapatos baratos de centro comercial, los restos de un grano que le había salido en la frente… Grace intentó taparse la mancha con la libreta, pero Elena la vio de todos modos. Unos instantes antes de hablar, estaba convencida de que ésta la iba a despedir. No era lo bastante elegante, ni iba lo bastante a la moda, no era lo bastante nada para estar en presencia de aquella mujer, y menos aún de escribir en su nombre.

—¿Cuándo llegaste, Grace?

—‌Ayer.

—‌Con lo que le he pagado, confío en que Steadman Coe te haya instalado en un hotel decente…

—‌Ah, sí. Estupendo.

—¿En serio?

—‌No, señorita Craig. Es un hotel espantoso.

—‌La próxima vez elegiremos algo mejor —dijo Elena, sonriendo muy levemente y envolviendo con sus manos las de Grace—. Estás nerviosa. ¿No conoces Nueva York? —añadió, y la condujo a un salón privado con vistas al parque—. Recuerdo la primera vez que vine a esta ciudad hace muchísimos años. No hay otra igual, ¿sí? Se siente una como un gusano, ¿sí?

—‌Sí.

Grace estuvo a punto de decir «Sí, gracias». Se preguntó cómo sabía Elena todo eso de ella, cómo lo sabía todo, salvo cuánto se había esforzado por parecer una mujer de mundo y segura de sí misma.

—¿Eres del Medio Oeste?

—‌Así es. ¿Cómo lo supo?

En lugar de contestar, Elena la instó a que se sentara y le preguntó qué se le antojaría beber o comer. ¿Quería que le enseñara La Cure Craig ya o mejor después? Cuando terminaran de hablar, ¿le gustaría un masaje, o una manicura, quizá?

Elena Craig era lo contrario de lo que Grace había imaginado: su poder residía en centrarse en otras personas, en conseguir que se sintieran importantes, interesantes y cómodas. Diez minutos más tarde, tras revelarle detalles de su infancia en Minnesota, de contarle que la realidad de un sector implacable había frustrado sus ambiciones periodísticas y que no tenía la más mínima idea de moda, Grace cayó en la cuenta de que Elena lo sabía todo de ella y ella, en cambio, comprendía cada vez menos a aquella mujer.

El trabajo consistía en una columna semanal de consejos en el National Flash, patrocinada por La Cure Craig y firmada por Elena. Hablaría de moda, de comida, de glamur, de maternidad, de segundas nupcias y de lo que Coe solía llamar «estupendez asequible».

Cada seis meses, Elena Craig y Grace Elliott se reunirían en persona y pensarían doce preguntas con sus respuestas. Se inventarían una mujer para cada pregunta y la ubicarían en algún lugar anodino. Elena pagaría el vuelo y el hotel y proporcionaría a Grace ciento veinte dólares diarios de los que Coe jamás sabría nada.

En su primer encuentro, Grace cayó en la cuenta de que no sabía ser el siervo de nadie. Era algo muy distinto del periodismo. Las tres primeras preguntas que le hizo a Elena fueron demasiado generales, sobre su forma de pensar.

—Eso no le importa a nadie, ¿no? —dijo Elena—. ¿Buscan algo muy concreto? —‌Grace rio—. ¿Qué?, ¿me equivoco?

—‌No. Es curioso, pero tiene usted razón en todo.

—Eso sí que es curioso. Y algo triste también, la verdad. A ver, duše moje, antes de que empecemos de verdad, ¿se te antoja un mimosa?

Grace nunca había probado ese coctel.

—Está bien. ¿Y qué me ha llamado?

—Es checo. Algo así como «mi alma». En Pinocho, que vi con mi hija, el alma del niño mentiroso es un grillo.

—Pepito Grillo.

—Eso eres tú. —Elena pidió dos mimosas—. Ahora imagina que eres una mujer corriente de cierta edad que vive en Nebraska. —‌A Grace le pareció que a Elena le encantaba decir «Nebraska»—. ¿Qué quieres saber de mí?

—Bueno, estuvo casada con Anthony Craig…

—‌Muchos años.

—Él es… famoso.

—Por decir poco.

—¿Por qué conservó su apellido? El divorcio es del dominio público. Acabo de ver un documental sobre lo sucedido. Se portó fatal con usted.

Enseguida apareció un mesero con las dos mimosas y Elena le dedicó una mirada de complicidad al darle las gracias. Las copas llenas de jugo y champaña quedaban preciosas sobre la mesa de vidrio.

—‌Te agradezco tu preocupación, duše moje, pero fue casi todo teatro, ¿sí? La vida es interpretación. Dime una cosa, ¿recordarías el nombre de Elena Klimentová?

—Puede.

—‌Lo dices por cortesía. Sé sincera. Lo olvidarías. Ya lo olvidaste, ¿sí? Soy una mujer de negocios. Mi nombre es mi marca.

Cinco minutos más tarde, Grace tenía lo siguiente:

Estimada Elena:

Sorprendí a mi marido engañándome con una de mis amigas, que tampoco es tan guapa. Le pedí el divorcio, claro, pero ¿conservo su apellido?

Desolada en Hackensack.