Antonio Ortuño, con La vaga ambición, ha ganado el Premio Ribera del Duero, pero lo más importante es que con su labor prolífica y atenta se ha convertido en uno de nuestros escritores imprescindibles. Aquí, una entrevista detallada.

Ciudad de México, 22 de julio (SinEmbargo).- Con La vaga ambición, Antonio Ortuño no ha escrito sólo un libro de cuentos, no ha ganado exclusivamente el Premio Ribera del Duero, sino que también ha alcanzado la máxima atención por parte de los lectores, tanto como lo alcanzara con La fila india.

Podría decirse que este pequeño volumen –pequeño en cantidades pero no en valor de historias-, el guadalajarense alcanza una madurez creativa, capaz de hacerlo ver como uno de nuestros grandes escritores, con una obra que se va haciendo sin prisa pero sin pausa.

La vaga ambición es un cuento sobre la madre, el padre, sobre esa familia que tanto nos pesa, sobre todo en México y mediante la cual, a través de la cual, tratamos de convertirnos en individuos propios y derechos.

Es un libro de cuentos “novelado”, cada uno de los cuales tiene relación con el anterior, en una muestra de descreimiento de los géneros hace tanto tiempo antigua y sin sentido.

“Son cuentos en el medio, entre la novela y el cuento”, explica Ortuño, en esta entrevista para Puntos y Comas.

–¿Es un libro sobre el padre y la madre, lo dirías así?

–Son cuentos que tienen que ver con la identidad, como persona del narrador y que por eso clava hasta el origen, que son los padres. Toda esta maraña de recuerdos de su infancia, porque la literatura le da la posibilidad de emborronarlos y rescatarlos, constituye toda su identidad como escritor.

–Cuando muere la madre llora desconsoladamente, al padre lo abomina, pero los dos son centrales…

–Sí, los dos son centrales. Él tiene la impresión de que es escritor en parte por la herencia materna y determina al padre como el enemigo de los que tendrá que enfrentarse en la adultez.

–Un enemigo que en el cuento donde lo secuestra parece bastante complicado

–Por supuesto. Porque es un enemigo esquivo, porque el caso del cuento es secuestro y abuso, sino cometido por el padre, tolerado y propiciado por él.

–Por la posibilidad de que no lo echen

–Sí, se nota a lo largo del cuento este aferramiento un poco triste del padre por tratar de acceder adonde no puede.

–¿Por qué no lo puede tener al hijo?

–Él siempre está distante, en el segundo cuento lo llaman “sedado”, entre la relación de padre e hijo hay una serie de capas y de velos y el padre siempre parece verlo a través de una distancia muy grande.

Un autor al que nadie le toca los textos. Foto: SinEmbargo

–Hay un homenaje a Borges, cuando escribes “El Quijote”

–Sí, claro. A estas alturas y después de tantos siglos es muy Cervantino. A mí me interesa mucho Cervantes y además he crecido en una familia que tenía un culto muy particular por Cervantes, pero yo en medio de todo ese entorno que tenía mi abuelo en su despacho, las certificaciones, un juego de mesa sobre El Quijote, fracasé como lector. La verdad es que hay que ser un súper dotado para poder entrar a la prosa del Siglo de Oro. A los veinte años pude entrar gracias a los ensayos de Borges y después de haber leído todo Borges más de una vez, es mi escritor fundacional, por el que yo aprendí a escribir, soy muy aficionado también a los libros escritos sobre Borges y en cada una de ellas él vuelve a Cervantes, al que le tenía un gran afecto. Siempre termina como justificando a Cervantes, incluso cuando lo critica, él mismo entra en una especie de diálogo y finalmente le da la razón a Cervantes. Cuando termina El Quijote, Borges dice: “esta torpeza de cuando dice, finalmente se murió, obedece a una especie de sensibilidad del autor que no sabe cómo despedirse de un personaje tan querido”. Sin duda yo soy cervantino en la medida en que soy borgiano.

–Este “Quijote” tocado por el primo, tiene que ver con algunos de tus textos que si son violados, tocados, ya no son tus textos

–Tengo una gran dificultad con mi relación con los editores a lo largo del tiempo y que tiene que ver con la autoría individual. Creo que un escritor tiene que encontrar sus propias soluciones y detectar sus propios errores también. Una vez que fui como oyente, nunca asistí a talleres, hubiera querido que me diera taller alguien deslumbrante como Daniel Sada, a un taller y salí con la convicción de que ese lugar hubiera terminado como escritor a Franz Kafka. Siempre estás escribiendo de lo mismo, estás como ciclado, esas aparentes falencias de la construcción de un escritor es lo que lo hace escritor. No la corrección de los defectos ni de la prosa. Imagínate a alguien intentando meter acción a En busca del tiempo perdido. Esto vas muy lento, vamos a quitar estas páginas, acabarían con la literatura. Yo soy muy celoso de mis textos, porque los trabajo mucho. Me parece inconcebible que un autor entregue sus textos a un editor, cuando veo a una prueba fina toda tachonada por el escritor, pienso que el escritor es un inepto. Quiere decir que no pensaste lo suficiente antes de ponerte a escribir. A lo largo de los años mis editores han hecho muy pocos cambios. En parte porque han intentado hacer pocos y en parte porque a mí no me gusta que lo hagan.

–La corrección y la traducción se han puesto de moda en este contexto literario…

–Desde luego no tengo posibilidades de juzgar a una traducción de una obra mía, pero sí puedo trabajar con el traductor para que lo haga bien. Sobre todo invitarlo a que sea más bien obsesivo. Que el lenguaje no sugiera nada, que sea bien peinado, prolijo, es lo peor que puedes hacer con una traducción. La prosa literaria debe ir en un sentido contrario, esta sensación de cuando acaricias a un gato a contrapelo en contra de cualquier clase de lugar común. La literatura debe ser exuberante, sugestiva, como en crisis.

–Tu primo te toca El Quijote y tú se lo devuelves en el cuento que sigue… ¿hay muchas de esas relaciones?

–Lo primero que tuve de La vaga ambición fue la estructura. La idea era hacer cuentos que tuvieran relación entre ellos, no una novela rebanada, sino que conservaran una serie de ecos que permitiera dos cosas, por un lado que el lector no tuviera que empezar de cero y por el otro la experimentación de la experiencia, no de la literatura para citar a aquellos escritores que yo había leído, sino a algo que había pasado. La prosa siempre da cuenta de la experimentación, de la investigación incluso de la imaginación. Yo no quería hacer una especie de autobiografía, pero sí contagiarle esa vitalidad de la experiencia, a través de un álter ego literario, pero no porque yo necesite de terapia, sino para eso que te digo, poderle insuflar esa vitalidad.

–¿Una colección de cuentos, una novela rebanada? Hace tiempo que se dejó de discutir el tema de los géneros…

–Bueno, es una colección de cuentos y es algo que está en el medio. Se puede leer de manera autónoma y eso es un cuento. La novela requiere una congruencia mínima que el cuento no. Es una especie de prestidigitación esa experiencia de novela en La vaga ambición, donde te lo dice tu memoria y eso me interesaba mucho.

–¿Qué piensas de los géneros?

–Yo soy un narrador, escribo guiones, cuentos, novelas, he hecho asesoría de guionismo para cine, hice crónica, periodismo, todo el tiempo he hurtado de un género para ponérselo a otro, me gustan las novelas episódicas, como es Méjico, me gusta que esas acciones tengan un cierre definitivo aunque la lógica de la novela indica que sigan. Hablar de géneros a estas alturas es punto de referencia, punto de crítica, pero no una obligación para crear. Hay tantas cosas que han pasado y que nos separan de la novela decimonónica, que por otra parte es genial, pero el mundo ha cambiado. No es necesario hacer descripciones de 25 páginas, en un momento donde todo es imagen. En el siglo XIX, cuando la gente jamás se alejaba de dónde había nacido, hacía falta la explicación de todo, nadie había visto al Príncipe, necesitabas describirlo…

–Hay otras características de la novela decimonónica que todavía perdura…

–Sí, ahora están las series con capítulos episódicos que reemplazan un poco a la novela decimonónica, que va como cayendo a cuentagotas, vuelven en los tiempos modernos y se convierte en entretenimiento mundial. Hay 90 países esperando el estreno de Game of trhones. Pero hagamos una aclaración, porque aparentemente resulta ser una resurrección de la novela decimonónica, es muy distinto a Balzac, hay toda una línea de producción. Es muy distinto formar parte de un equipo donde escribes las ideas de otros y para el espectador puede ser muy obvio, estar viendo un fondo dostoievskiano, pero es algo planificadamente dostoievskiano. Hay supervisores, hay especialistas en determinadas escenas, una vez leí un reportaje sobre Mad Men en el que decían que esta sensación de grandes personajes femeninos y personajes masculinos, la explicación es que hay un grupo de escritoras donde ellas lo arman y hay un grupo de escritores que construyen la camaradería masculina, el desprecio, el machismo, etc. Me parecería fascinante formar parte de ese equipo, donde todos deben ser unos genios.