Ángeles Castro tenía 75 años de edad. Padecía Alzheimer y diabetes. Falleció de COVID-19 en el Hospital General Regional No. 58 del IMSS en León, tras haber sido contagiada en la casa hogar para adultos mayores Nuestros Años Felices.

Norma es una de las hijas de Ángeles. Su madre forma parte de las cientos de miles de víctimas que la pandemia ya ha dejado en nuestro país. Como tablero de un juego sinfín, la cifra de muertos y contagios se eleva cada día al salir y al caer el sol. Ella, sus hermanas y hermanos también son presas de la crisis. “Ojalá nuestra experiencia sirva para otros”, dijo Norma, “que sirva para ayudar”. El siguiente texto es narrado por ella. 

Por Alonso Merino Lubetzky

Guanajuato, 22 de agosto (PopLab).– Laura cuidaba de ella tres días a la semana en su lavandería. El resto llegábamos en la tarde para hacer relevos. Era madre de nueve, ocho a cargo de sus cuidados y los gastos que acarreaban sus últimos años de vida.

La llevábamos al Instituto de la Memoria, un conocido lugar en León donde reciben adultos mayores con problemas cognitivos. Cuando se declaró emergencia sanitaria el Instituto nos avisó que no podíamos regresar hasta que la pandemia terminara. De alguna manera nosotros ya no supimos qué hacer con ella porque todos trabajamos y era difícil cuidarla.

Cuando empezó la pandemia de COVID-19 nos dimos cuenta que era muy peligroso para ella que se quedara en la lavandería, pues entra y sale gente, además de que puede haber otros riesgos de contagio por las prendas de los clientes que se reciben sucias todos los días. Así, decidimos que entre todos la cuidaríamos un día cada quien. Fue un acuerdo: no podía quedarse sola.

No teníamos los ingresos para contratar una cuidadora o una enfermera. Funcionamos así tres o cuatro semanas y todos nos estábamos volviendo locos. También ella. No aguantaba quedarse en un sólo lugar, no podía. Terminamos por buscar un espacio donde pudieran cuidarla.

Y tontamente, lo decimos así, pensamos que en un lugar cerrado podría estar mejor. Donde la cuidaran, donde no saliera a la calle. Eso pensamos. Hallamos un espacio accesible: una casa hogar que pudimos pagar. Nuestros Años Felices, se llama, en la colonia Andrade. Cuando la dejamos nos dijeron que no podríamos verla por cuestiones sanitarias.

Siguió la pandemia. La internamos en la casa hogar el 05 de mayo. Para el 13 de junio nos avisaron que tenía coronavirus. Primero el shock; parece que otras dos personas se contagiaron, pero ya no supimos su destino. Ahí es donde comienza nuestra travesía.

Acudimos al asilo. Supimos que se sintió mal en la semana. No durmió bien el martes en la noche, estaba con mocos y agripada. Pensamos que era un resfriado común. Nosotros no sabíamos, pero el sábado 6 de junio, una semana antes, se les había hecho a todos los adultos mayores la prueba del SARS-CoV-2. Por cuestiones de prevención y protocolo: eso dijeron.

A Francisco, el administrador de la casa hogar, le avisaron desde el jueves que había resultados positivos. Ya habían avisado de casos positivos antes que al final resultaron negativos. Así que no nos preocupamos de más hasta tener información precisa.

Desde el viernes el doctor iba a revisar a mi mamá, pero no pudo. Así que la vio hasta el sábado. Para entonces ya presentaba más síntomas: estaba más cansada, ya no quería comer. Coincidió en que el mismo día se tuvieron los resultados oficiales, dando positivo para COVID-19. El médico ya no la auscultó. Dijo que ese era otro protocolo. Llegó el doctor que les hizo las pruebas y ayudó para hacer el traslado de mi mamá. Para ese día ya se veía mal, se le escuchaba flema en la garganta. Se veía decaída, pero no tenía fiebre. Estaba consciente. (Nos dimos cuenta porque cuando los camilleros la movieron se quejó.)

El centro nos avisó tarde, hasta el sábado, aunque sabían de los resultados desde el jueves. Fueron días preciosos que se perdieron. Nos llamaron para que nos hiciéramos cargo de llevarla al hospital.

—“A mí no me la van a recibir, ustedes son una institución”, les dije a los administradores.

Llegamos a la casa hogar y el administrador nos pidió firmar una autorización. Se llamó al 911 y solo tomaron datos. Nos dieron un número para poder hacer el trámite. Cuando vi a mi madre, su aspecto era distinto, gris, ya no la reconocí. La vi mal, muy decaída. De la casa hogar llamaron a la Cruz Roja, que aseguró que no tenían ambulancias.

—“Pero que si quieren van a conseguir una y les cobran seis mil pesos”, dijeron.

—“¿Cómo nos van a cobrar? El servicio es gratuito”.

Llamaron a Protección Civil y al final la Cruz Roja acudió por ella sin costo porque la habían reportado como grave. Todavía no entendemos por qué si decían que no había ambulancias nos querían cobrar. Alguien estaba haciendo negocio. Laura recuerda que les dijeron que el costo de la ambulancia era por la gran demanda y porque se trataba de una adulta mayor. «Si la solicitan se puede arreglar algo y se las mandamos»; esa fue la respuesta.

Para ese momento su oxigenación ya era de 68, cuando en una situación normal debe estar en 90 y tantos. La trasladaron al Hospital General Regional no. 58 del IMSS. Entró y desde ese momento nos dijeron que ya no podríamos verla. Y así fue. Laura respondió varias preguntas sobre su estado de salud. La auscultaron. En el reporte apareció como «desorientada». Pensamos que era algo normal. Detectaron que le dolía el pecho y dijeron que le harían una prueba de tórax.

—“Necesitamos seis números de teléfono para reportar su estado de salud diariamente”. Se los dimos: los números de Laura como reponsable, luego Ana, Pedro, Norma, Yola y Alberto. A cualquiera de nosotros nos podían llamar, así que había que estar atentos. “El conmutador es 4771015110 —dijeron—, pero puede ser de otro número”. Si nosotros llamábamos no nos darían informes, había que esperar a las 12:00 pm, que es cuando entregan los resultados.

Nos dijeron que si salía viva, requeriría oxígeno. Nos hicieron firmar varios documentos, uno fue de alta. El otro fue la firma de no “intubar”. Tampoco quisimos resucitación. La doctora dijo que por su edad y condición no lo resistiría. Creímos que era lo mejor. Le retiraron la metformina y nos pidieron que lleváramos enseres de higiene personal, como es costumbre. Solo nos dejaban llevar el medicamento del Alzheimer.

Ángeles Castro tenía 75 años de edad. Foto: Pop Lab.

Del IMSS nos dieron un correo con el cual consultar diariamente el estado de salud de nuestra madre. Con esa dirección entras a la página. Informa sobre la paciente, su cama, su piso y su estado: “grave pero estable” o “grave en condiciones de empeorar”. Pero no te dice nada eso. O sea, ¿qué es grave? Incluso no sabíamos ni que es uno o lo otro.

El domingo llamaron como a la 1:00 pm, una doctora, y nos dijo que teníamos que empezar a despedirnos porque estaba muy mal y que era poco probable que se recuperara. En ese momento empezamos el duelo. Oramos. Pero a las 5:00 pm nos marcó un doctor otra vez, aunque las llamadas eran una sola vez al día. Nos dijo que la veía estable; un diagnóstico contradictorio con la llamada que habíamos recibido unas horas antes. Fue cruel que nos llamaran dos personas distintas y nos dieran un panorama diferente.

El lunes hicieron lo mismo: que estaba grave, pero estable, que no había empeorado. Pero el martes marcaron tarde, como a las 3:00 pm. Dijeron que para recibir el informe médico teníamos que presentarnos al hospital. Todos pensamos que podía ser algo positivo, pues no podía ser de otra manera.

Falleció a las 2:15 de la tarde. Al parecer cuando llegó al hospital tenía falla múltiple de órganos. Nadie dijo nada hasta ese momento. Yo creo que si te dicen eso desde el primer día no estás con la esperanza. No nos dieron la información correcta. Es mejor la verdad, así no esperas que tu familiar salga bien.

Fue entonces que llegamos a reconocer el cuerpo para que pudieran elaborar el acta de defunción y seguir con los protocolos de atención a muertes por COVID-19. Nos enteramos de su fallecimiento hasta dos horas después, porque solo una de mis hermanas entró, Laura.

Resulta que la bolsa del cuerpo de mi madre se había roto y habían tenido que conseguir otra. Desconocemos por qué se rompió. Se tardaron porque no había bolsas para cadáveres y tuvieron que salir a encontrar una no sé adónde.

La trabajadora social le dijo a Laura que si no permanecíamos ahí haciendo presión nadie nos atendería. Solo así podrían resolvernos rápido. Hasta que llegó la bolsa para el cuerpo no pudimos pasar a reconocerla.

—«¿Es su mamá?», le preguntaron a Laura, quien movió la cabeza diciendo que sí. —«Sí, sí es mi mamá».

Tomamos foto a su rostro para asegurarnos de que no se hubieran equivocado. Con la noticia se nos nublaba la vista. Así podíamos mostrarla a los demás. Cerraron la bolsa y comenzó el trámite con la funeraria.

La funeraria entró y tampoco permitieron que se abriera, ni se tocara. Nada. Se la llevaron a cremar hasta las 7:30 pm. Nadie podíamos acompañarla durante la cremación. Como teníamos paquete, la funeraria se comprometió a llevarnos las cenizas. Así fue. Pero nos cobró un sobrecosto. Las calderas estaban llenas, trabajando veinticuatro horas. Había filas, un cuerpo tras otro. Fue hasta las 11:00 de la mañana del día siguiente que recibimos finalmente a mi mamá.

Fue un error: hubiera estado mejor con nosotras.

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