Francisco Xavier Marino Clavigero y Echegaray nace en el puerto de Veracruz el 9 de septiembre de 1731. Más allá de los círculos de los especialistas, la vida y la obra de Clavigero han suscitado el interés de todos aquellos que han intentado dilucidar el proceso de construcción de esa original matriz cultural que llamamos mestizaje —armazón y argamasa de la sociedad mexicana— que tanto debe a la labor historiográfica del jesuita veracruzano.

Por Arturo Reynoso

Ciudad de México, 21 de septiembre (SinEmbargo).- Los fragmentos reproducidos a continuación pertenecen al libro Francisco Xavier Clavigero. El aliento del Espíritu, de Arturo Reynoso, y editado por Artes de México, en el que se detalla, con lúcida precisión, la manera en la que el jesuita veracruzano abordó la compleja relación entre el discurso de la fe, la ciencia y la historia. Este libro es un acercamiento indispensable para entender a fondo las aportaciones y los alcances de la obra de Clavigero.

El 6 de agosto de 1970 el entonces secretario de Educación Pública del gobierno mexicano, Agustín Yáñez, pronunció un elocuente discurso en la Rotonda de los Hombres Ilustres del panteón de Dolores en la Ciudad de México. La alocución de Yáñez tuvo lugar con motivo de la reinhumación en dicha Rotonda de los restos mortales traídos desde Bolonia de un veracruzano del siglo XVIII. Tres días antes, la urna con estos restos había sido entregada oficialmente a una delegación del gobierno mexicano en una ceremonia realizada en el Palazzo Braschi de Roma. En su ruta hacia México, la delegación se detuvo en Madrid, donde la Academia de la Historia y la de la Lengua Española rindieron un homenaje a la memoria del personaje repatriado. Se hicieron ceremonias similares cuando la urna llegó al puerto de Veracruz, a Xalapa y a la capital del país, donde los restos fueron velados en el Museo Nacional de Antropología e Historia antes de ser depositados definitivamente en el panteón de Dolores. Los restos eran los de Francisco Xavier Mariano Clavigero y Echegaray.

En su discurso, el secretario de Educación primero se refirió a Clavigero como uno de los impulsores de la “renovación de la ciencia impartida a las nuevas generaciones de mexicanos”, posteriormente alabó su producción histórica diciendo que en ella el veracruzano había logrado armonizar “los ideales clásicos y el valor ecuménico de las culturas autóctonas” de México, fincando así “la obsesiva idea” de la nacionalidad y contribuyendo “al alumbramiento de la independencia mexicana”. Por lo anterior, concluía Yáñez, la nación rendía los máximos honores a uno de sus “hijos ilustres”.
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Francisco Xavier Marino Clavigero y Echegaray nace en el puerto de Veracruz el 9 de septiembre de 1731. Es el tercero de los once hijos del prolífico matrimonio de don Blas Clavigero, español, y de doña María Isabel Echegaray, criolla veracruzana. Siendo todavía “un niño de brazos, tuvo que viajar en la comitiva de su padre, recién nombrado prefecto por el rey de España, con dominio sobre Teziutlán, primero, y luego sobre Xicayán, una de las más fértiles regiones de la Mixteca”. (…) En aquel tiempo, en Xamiltepec [en la provincia de Xicayán] viven aproximadamente “quarenta familias de españoles, cincuenta de mulatos y setecientos y tres de indios” que hablan la lengua mixteca.

Durante su infancia en Xamiltepec, el pequeño Francisco Xavier recibe de su padre “las primeras nociones de historia, geografía y de la constitución de este mundo que el Supremo Creador entregó a los hombres para que lo investigaran”. Al mismo tiempo, y por el medio rural en el que se encuentra, tiene la oportunidad “de tratar íntimamente a los indígenas, de conocer muy a fondo sus costumbres y modo de ser, y de investigar con sumo cuidado todos los productos tan especiales de aquellas tierras en todo lo que se refiere a plantas, animales o minerales.

Interior de la publicación Francisco Xavier Clavigero. El aliento del Espíritu. Foto: Artes de México

Hacia el verano de 1740, cuando el niño Francisco Xavier tenía casi 9 años, su familia se muda a la ciudad de Puebla. Ahí se convierte en alumno de los jesuitas al internarlo su padre en el colegio-seminario de San Jerónimo, donde residen los alumnos que siguen los cursos de gramática, poesía y retórica en el colegio del Espíritu Santo. (…)

El 28 de febrero de 1746, a los 15 años de edad, este joven veracruzano obtiene el grado de Bachiller en Artes concedido por la Real y Pontificia Universidad de México. Después de terminar su bachillerato filosófico, continúa un años más como interno del colegio-seminario de San Ignacio para hacer algunos estudios de teología en el colegio de San Idelfonso, donde llega a defender públicamente algunas tesis teológicas.

Es quizá por este tiempo que este joven veracruzano comienza a considerar la posibilidad de hacerse jesuita. Sobre este punto, [Juan Luis] Maneiro dice que “ya el cielo comenzaba a llamar interiormente” al joven Clavigero para que “renunciara al mundo y, ante la esperanza de un futuro de dignidades y riqueza, eligiera la humildad religiosa”. Después de reflexionar ocho días en la casa de Ejercicios Espirituales adjunta al colegio del Espíritu Santo, Clavigero decide pedir su admisión a la Compañía de Jesús.

Clavigero formó parte de una generación de jesuitas novohispanos que tuvieron que conciliar, por no decir confrontar, las vivencias de una vocación religiosa y una fe enmarcadas en las enseñanzas filosóficas y teológicas tradicionales de la escolástica, con las propuestas religiosas, filosóficas y científicas que se gestaban en Europa sobre todo a partir del siglo XVI y que, en muchos casos, fueron vistas con recelo y precaución por la Compañía de Jesús y la Iglesia en general. Pero aunque la formación académica que el jesuita veracruzano recibió estuvo marcada por la filosofía aristotélico-tomista y por una teología de corte especulativo, tuvo la oportunidad y el interés de conocer escritos filosóficos y de carácter científico que en aquel tiempo circulaban y se discutían en los ambientes intelectuales de Europa, pues una gran parte de estas obras se encontraban en las bibliotecas de los colegios en los que recibió su formación y ejerció su ministerio educativo.

Más allá de los círculos de los especialistas, la vida y la obra de Clavigero han suscitado el interés de todos aquellos que han intentado dilucidar el proceso de construcción de esa original matriz cultural que llamamos mestizaje —armazón y argamasa de la sociedad mexicana— que tanto debe a la labor historiográfica del jesuita veracruzano. La Nueva España pudo convertirse en México gracias, en buena medida, a la contribución de los jesuitas expulsos y, de manera muy señalada, a la obra científica de Clavigero, que la patria naciente supo asumir como el relato épico sobre el cual podría edificarse la matriz simbólica de una sociedad que aspiraba a llegar a ser una nación.

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