Artes de México

“Eros, en Cuba, tiene cara de fruta”

22/11/2020 - 12:01 am

Quien ha visitado Cuba no encontrará ajeno el sentimiento de nostalgia y abstinencia una vez que se vuelve de ahí. Parecería que a uno le drenaron todo el deseo, que el erotismo se quedó clavado en el muro del malecón, negándose a vivir otro placer que no fuera el del olor a mar y dulce de guayaba con queso.

Por Sara Odalys Méndez

Ciudad de México, 22 de noviembre (SinEmbargo).- En una de mis visitas a la familia en La Habana, mi tía me contó que unos días antes un mulato había intentado robarle una penca de plátano del árbol de su patio. Encontró al hombre bajando de la reja con un montón de plátanos bajo el brazo. Ella lo bajó jalándolo del pulover y le dijo que no sólo no se los iba a llevar, sino que ahora los tenía que subir hasta su departamento. Mi tía me contó todo esto moviendo los brazos por la indignación, como buena cubana contando una anécdota que la hace enojar, de pie en la cocina y con una mano en la cintura mientras pega con la chancla en el piso cada vez que el énfasis es necesario. Yo sólo le pregunté si ya se había comido los plátanos y ella respondió que claro que no. Supuse que el muchacho los había cortado antes de tiempo y de ahí la indignación de mi tía. Sin embargo, al final de todo el incidente me aclaró que nunca se los comía.

Mi tía siguió quejándose de algunas cosas, como el descaro de la gente que toma lo ajeno, que no bajó el café a la bodega o que se le rompió el aire acondicionado y no podía dormir en las noches del tremendo calor. Yo me distraje pensando en el mulato. Me lo imaginé cargando por dos pisos la penca, con el sudor resbalándole por los brazos expuestos gracias a su pulover sin mangas, dándole ese color a caramelo húmedo, voluptuoso por los músculos que seguramente se le marcaban. Visualicé sus shorts de lona pegados a las nalgas y a los muslos, ya oscuros del roce y la temperatura. Lo vi dejar la penca con delicadeza en el suelo fresco, bajar las manos y mostrar los antebrazos llenos de marcas rojizas dejadas por las puntas de los plátanos, erectos hasta la ofensa, en su típica forma de negarse a crecer en el sentido de la gravedad.

La génesis sexual encontrada en la fruta no tiene que ver exclusivamente con la religión. Foto: Artes de México

Cuerpos en bandeja. Frutas y erotismo en Cuba justifica mi fantasía isleña. En él, Orlando González Esteva hace una demostración y análisis de la importancia sexual de las frutas tanto en la literatura y pintura cubanas, como en su vida cotidiana. Mi visualización del mulato sexualizado con los plátanos queda más que excusada con la explicación casi herética del erotismo caribeño que se hace en el libro: “Que fue la fruta, y no la serpiente, la verdadera culpable de nuestra caída es un aserto que ningún cubano, medianamente al tanto de los asuntos relacionados con su libido, se atrevería a impugnar”. González Esteva elabora una nueva interpretación de los mitos, tanto cristianos como griegos, a partir de la lectura erótica del mundo que se hace particularmente en Cuba.

La génesis sexual encontrada en la fruta no tiene que ver exclusivamente con la religión. La infancia en la isla está cargada de árboles frutales que están al alcance de cualquier niño y niña, sobresaliendo de los patios de las casas, como el plátano de mi tía y un aguacate en el jardín de mi abuela que da los frutos más grandes que he visto, que doblan las ramas hasta casi llegar al piso, como una invitación a que el placer de acariciarlos y comerlos esté al alcance de cualquier generación de la familia: “El niño dejará que la fruta le rebose el cuenco de la mano, apretará suavemente el puño para tentarle la consistencia, la temperatura”.

La infancia en la isla está cargada de árboles frutales que están al alcance de cualquier niño y niña. Foto: Artes de México

González Esteva cita algunos de los artistas más renombrados en Cuba para demostrar su relación con los frutos y vincularlos a una misma raíz erótica compartida por todos en la isla. Entre los ejemplos están Dulce María Loynaz, Mercedes Santa Cruz y Cárdenas, Cintio Vitier, José María Heredia, Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Joaquín Lorenzo Luaces, Alejo Carpentier y Mario Carreño. Pero no sólo hace referencia a personas que crecieron bajo el influjo de los frutos caribeños, también cita algunos artistas latinoamericanos (José Gorostiza, Luis Barragán, Octavio Paz), tendiendo un especie de puente entre la fertilidad exuberante de Cuba y la innegable fecundidad del resto del continente.
La influencia de la isla no sólo forma parte de los que crecieron en ella: los extranjeros que la visitan no pueden resistirse a los olores a guayaba, mango, papaya, ni al color del caimito o a la forma del marañón y de la cañandonga. Thomas Merton, monje estadounidense, escribe sobre su viaje a La Habana:

Mientras más miramos la ciudad y nos movemos en ella, más la amamos, y mientras más amor recibimos de ella, más amor le devolvemos, y si lo queremos, devenimos completamente parte de ella, de todo su intercambio de gozos y beneficios, y esto, después de todo, es el verdadero modelo de la vida eterna, es un símbolo de salvación. Esta ciudad pecaminosa de La Habana está construida de manera que podemos leer en ella, si sabemos cómo vivir en ella, una analogía del reino de los cielos.

González Esteva cita algunos de los artistas más renombrados en Cuba para demostrar su relación con los frutos. Foto: Artes de México

Quien ha visitado Cuba no encontrará ajeno el sentimiento de nostalgia y abstinencia una vez que se vuelve de ahí. Parecería que a uno le drenaron todo el deseo, que el erotismo se quedó clavado en el muro del malecón, negándose a vivir otro placer que no fuera el del olor a mar y dulce de guayaba con queso. Mi mamá aún carga un poco de su apetito a donde va, lo veo cuando se sienta a la mesa a comer mangos y mientras más le resbala jugo por la barbilla, más rico estuvo el tentempié. También lo veo en mi tía, que ahora la percibo más ardiente que ofendida, ante la imagen del mulato sudado regresándole los plátanos exuberantes de su patio, que están ahí por mera satisfacción vital, y no para ser un simple alimento.

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