A propósito del natalicio de Georg Friedrich Händel (se cumple hoy), hemos recuperado un texto –con autorización del autor– publicado en la revista Día Siete en memoria no de este extraordinario músico sino de su contemporáneo, otro gigante también, Johannes Sebastian Bach. El autor nos lleva hacia otra época en la que la vida de estos dos personajes se entrelazan y encuentran a un tercero que será su perdición. Para leerse ahora o mañana, y para ser compartido. Lo publicamos con su título original:

CHEVALIER OPERADOR

Estos dos hombres fuera de lo común, cuyo destino está unido por la historia, nunca se vieron cara a cara. Nacieron el mismo año, y su ausencia marcó el fin del Barroco en la música culta. Vieron el inicio de un nuevo día en la vieja Europa –aunque no participaron plenamente de él–, y pautaron el ritmo y la cadencia del periodo conocido como Clásico.

Suponemos que hubo un intento de intercambio epistolar (está documentado que por lo menos uno de ellos sí escribió al otro), pero la separación se impuso.

En la muerte, sin embargo, los unió la mano de una misma persona: John Taylor, un médico sin escrúpulos, Chevalier (Caballero) sin título nobiliario; un oculista que experimentó con los vivos y de quien una ópera anónima ridiculizó sus sueños de grandeza.

El Operador jamás se volvió a tocar después de algunas representaciones en teatros populares, a donde estaban destinadas, por lo regular, las óperas bufas.

Georg Friedrich Händel y Johannes Sebastian Bach fueron y son, hasta hoy, símbolo del talento, la pasión, la entrega y la inteligencia, y la influencia de su música ha perdurado por siglos. La historia, sin embargo, impuso el fango sobre Taylor, mientras sus dos pacientes construyeron, en vida y después de su trágica muerte, los portales a lo divino: protestantes ambos, su aportación musical constituye un pilar en la liturgia cristiana del mundo, católico o no.

Piezas como El Mesías, del primero, o La Pasión según San Mateo (BWV 244), del segundo, son consideradas obras de inspiración celestial por el cristianismo protestante y/o por los católicos romanos. Aunque, en realidad, éstas y otras muchas obras maestras de Händel y Bach no pertenecen a culto alguno: son patrimonio también del mundo secular.

Georg Friedrich nació exactamente cuatro semanas antes que Bach, un lunes 21 de febrero de 1685. Murió en abril de 1759, hace 250 años. Empezó a tocar clavecín cuando apenas sabía hablar. El instrumento arrumbado en un cuarto de servicio sonaba de madrugada cuando todos dormían. Los moradores de su casa, la servidumbre y sus padres, pensaron que se trataba –reseña la creencia popular– de un espíritu chocarrero. No, era él. Así se decidió su destino.

De Bach sabemos que la muerte de sus padres lo acercó a la música. Tenía 9 años cuando fallecieron ambos, y tuvo que ir a vivir a casa de un hermano, un organista de Ohrdruf, Alemania. Allí escribió, ejecutó y comenzó a tocar. Por su talento fue becado para la Escuela de San Miguel, en Lüneburg. El adolescente pronto superó a sus maestros.

Ambos, sin embargo, llevaron vidas muy distintas. El éxito en las cortes europeas convirtió al maestro Händel en un músico itinerante. Así llegó a Inglaterra, en donde obtuvo la nacionalidad. Prolífico incluso en la enfermedad, escribió y llevó su música de país en país y disfrutó una vida de celebridad.

Bach fue un hombre más modesto. Su genio fue reconocido por Europa, aunque prefirió la reclusión, la familia, los hijos, la buena comida y el buen vino. Igualmente pródigo, escribió sin parar para varios instrumentos y voces desde sus primeros días hasta su muerte. Hizo grandes aportaciones, como la fuga, que son fundamento de la música occidental.

En 1729, Händel tuvo una gira por Hamburgo, Hannover y Halle. En esta última ciudad, Carl Philipp Emanuel, hijo de Bach (un músico gigantesco también), lo alcanzó para hacerle llegar una carta de invitación de su padre en la que le proponía reunirse para conocer “su visión sobre el mundo”.

Unos dicen que Händel no pudo encontrarse con él y se disculpó; otros, que ignoró la carta. También se afirma que hubo muchos intentos previos de Bach con él. Pero jamás se encontraron.

“Su visión sobre el mundo”, el tema propuesto para discusión, habría sido un enorme documento en nuestros días.

DE PUEBLOS Y CORTES

Ahora sabemos que Händel padeció una cascada de enfermedades que le afectaron la vista en los últimos pocos años de su vida. Se habla de “parálisis recurrentes de su extremidad superior derecha asociadas a disartria o afasia, como resultado de infartos embólicos en el territorio de la arteria cerebral media y que fueron interpretados como ‘confusión’”.

También de una “severa estenosis de su arteria carótida izquierda, con embolismo recurrente al hemisferio izquierdo que también pudo haber sido el origen de infartos embólicos retinales del ojo derecho”.

Sabemos que lo atendió un médico famoso y cosmopolita: John Taylor, viajero, narrador de sus propias peripecias, buen orador; una especie de brujo de ciencias nuevas, consentido de las cortes y perseguido en los pueblos, según las biografías, porque, a donde iba, dejaba lisiados de por vida. Utilizaba a los pobres como conejillos de indias.

Se ha documentado que la razón de la muerte de Händel está relacionada directamente con el ejercicio de Taylor. Los biógrafos culpan al médico también por el fallecimiento de Johannes Sebastian Bach, el otro genio de su época y nacido, curiosamente, el mismo año que Händel: 1685. A pesar de llevar una vida nada pública, Bach cayó en manos de este médico del que una Europa cortesana y a punto de entrar a la Ilustración se quejaría amargamente después.

John Taylor, quien se llamaba a sí mismo “Chevalier” (Caballero), nació en 1703 en Norwich. Su padre fue cirujano. Estudió en el Saint Thomas’ Hospital de Londres bajo la tutela de William Cheselden, un famoso médico dedicado a los ojos que se convirtió en una celebridad entre los nobles y ricos del momento por desarrollar un operación del iris –iridotomía– que le dio la oportunidad de dar la vuelta por Europa.

Al lado de su mentor, y con el antecedente de una familia ligada a la medicina, Taylor encontró la notoriedad a edad muy temprana. A los 24 años publicó su primer libro de ensayos médicos, uno sobre los mecanismos de los ojos. “Qui visum vitam dat”, es decir: Quien da vista da vida, escribió Taylor. Después: “Qui dat vivere, dat visere”: Quien da vida, da vista.

Pero el médico inglés no daba vista y mucho menos la vida, según datos de su biografía. Operó a nobles de los más altos rangos y a celebridades como Edwardo Gibbon, Van Swieten, el rey Jorge II e incluso el Papa. Inventó la cirugía para corregir el estrabismo, se dice. Pero dos de sus casos más notorios (el de los músicos Händel y Bach), y datos sobre su vida que han salido a la luz en los últimos años, hacen pensar que el médico era poco ético; que los avances que pudo aportar tuvieron un altísimo costo humano.

John Taylor operó a Bach un 27 de marzo de 1750 porque estuvo de visita en Leipzig, en donde vivía el artista. Tres días después de la intervención, el 1 de abril, Bach se reportó con un terrible dolor de ojos que lo llevó a solicitar una segunda operación, que ocurrió el 4 de abril. La bitácora de Taylor indica que abandonó Leipzing el 8 de abril y llegó cuatro días después a Berlín.

Las siguientes semanas fueron terribles para Bach. Padeció alucinaciones, apoplejía, coma y finalmente fiebre. Murió el 28 de julio.

John H. Lienhard, profesor en Historia por la Universidad de Houston, dice que cuando la primera operación de Bach falló, Taylor intentó una segunda. “Después de aquellas operaciones, la ceguera de Bach era total y su salud estaba muy quebrantada. Taylor probablemente lo había matado”.

“La tan cercana conexión entre Bach y Händel, más allá de haber definido juntos el final de la época barroca de la música, es que cayeron en manos del mismo curandero”, dice Lienhard.

Escribe Leopoldo Briseño-Iragorry en un trabajo para la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina: “La versión de las operaciones de Händel no son muy claras; comienza con debilidad del ojo izquierdo. En 1751, consultó con Samuel Sharp, como Taylor, también discípulo de Cheselden, quien le diagnosticó una incipiente gutta serena. En 1752 fue operado de catarata por William Bromfield mediante el método couching. Probablemente su resultado fue catastrófico, ya que consultó de nuevo con Sharp. Para 1753 veía muy poco. Solo en la autobiografía de Taylor es donde se encuentra referencia de la operación realizada a Händel, que parece ser fue en 1758. Nunca recuperó la visión”.

Händel llegó muy enfermo a la interpretación de una de sus obras más importantes: El Mesías. Su última aparición pública fue como director de esta pieza, escrita milagrosamente –por su enfermedad, por la complejidad de la ópera y por su armonía perfecta– en sólo tres semanas. “Cuando el coro empezó a cantar el Aleluya, el Rey se puso de pie en señal de respeto. Por supuesto, todo el resto del público hizo lo mismo. Así, se ha convertido en tradición que todos se pongan de pie mientras se ejecuta este himno”, señala una de sus biografías.

Pero Händel ya no pudo ponerse de pie. Murió poco después.

Taylor fue en algún momento parte de una larga línea de oculistas británicos que entre los 1600 y los 1800 obtuvieron fama y prestigio. En vida, y después de su muerte, como pocos de esa escuela, descendió al nivel de charlatán.

De acuerdo con un ensayo publicado por John Barrell en el London Review of Books en 2004, el médico acostumbraba promover intensamente sus operaciones. “Antes de protagonizar cada cirugía, daba un largo discurso en el que se promovía con un inusual estilo de oratoria”, describió Barrel.

Un ensayo publicado recientemente por el oftalmólogo holandés R. Zegers a partir del caso Bach, afirma que “después de su educación, Taylor comenzó a practicar en Suiza, donde cegó a cientos de pacientes, según confesó más tarde. Pero es muy difícil de hacer una conexión clara entre las operaciones y la enfermedad que mató a Bach. Seguramente las operaciones [de Taylor], la sangría y/o las purgas que le aplicó lo habrían debilitado y predispuesto a nuevas infecciones”.

El mismo autor cuenta que Taylor viajaba por toda Europa en un coche pintado con imágenes de ojos. “Su llegada en una ciudad era hecha pública varios días por adelantado para atraer a la muchedumbre. Él afirmaba ser capaz de curar ojos desalineados con sus habilidades quirúrgicas. Su truco consistía en hacer una pequeña incisión en la conjuntiva del ojo y cubrir otro ojo. Entonces instruiría al paciente a dejar el ojo cubierto durante siete días, durante los cuales buscaría la forma de dejar la ciudad y estar tan lejos como fuera posible cuando el parche que cubría el ojo fue quitado”.

La reputación de Taylor era tan mala años después, que en 1740 se hizo popular una ópera bufa anónima, El Operador, que lo ridiculizaba.

Once años antes de su muerte, con la reputación por los suelos, el mismo Taylor junto con uno de sus seguidores, Henry Jones, publicó La extraordinaria vida y obra del Caballero John Taylor (M. Cooper, 1761), libro autobiográfico en el que cuenta sus “andanzas”. Como podrá imaginarse, es un documento en el que el autor pretende justificarse.

Un ejemplar de The Life and Extraordinary History of the Chevalier John Taylor, en manos de la Universidad de Oxford, está ya a disposición pública en Google. Sus 162 páginas fueron digitalizadas en diciembre de 2006.

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Aunque Johannes Sebastian cambió la música para siempre, en sus últimos años fue considerado anticuado, rebuscado. Y con razón: junto con Händel, fue el último aliento del Barroco en la música culta, que todavía tenía formas y colores del Medioevo. Para mediados de los 1700, el Preclásico se despojaba del contrapunto de Bach, aunque los conciertos para teclado del artista germano parían tendencias que retomarían los clasisistas poco tiempo después.

Con Händel sucedió lo mismo, aunque en menor medida. El músico se mantuvo más pegado a los polos de opinión y poder, y desde allí fue menos complicado defender los principios y la vigencia misma de su música.

Fue el 6 de abril de 1759 cuando el músico nacionalizado inglés, con la salud muy golpeada, decidió tocar el órgano en la representación de El Mesías. Allí sufrió un desmayo.

Murió el Sábado Santo, el 14 de abril, sólo un día después a sus deseos: “Quisiera morir en Viernes Santo, en la esperanza de reunirme a Dios, mi dulce Señor y Salvador, el día de su Resurrección”, había escrito.

Con todos los honores, Händel fue sepultado en la abadía de Westminster el 20 de abril de 1759.

John Taylor vivió sus últimos años afectado por una ceguera total, que luego se le complicó hasta matarlo, en 1772.