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Adrián López Ortiz

23/02/2017 - 2:31 pm

El juego del narco: violencia y sicosis

2017 arranca más violento que 2016. Las cifras de homicidios del Secretariado Ejecutivo de Seguridad muestran un 38.6 por ciento de incremento en enero. Es para preocupar. La violencia se nos ha vuelto una compañera habitual en estos diez años de “guerra”. Por más que las autoridades insistan en buscarle otros adjetivos, miles de muertos […]

La violencia se nos ha vuelto una compañera habitual en estos diez años de “guerra”. Foto: Noroeste.

2017 arranca más violento que 2016. Las cifras de homicidios del Secretariado Ejecutivo de Seguridad muestran un 38.6 por ciento de incremento en enero. Es para preocupar.

La violencia se nos ha vuelto una compañera habitual en estos diez años de “guerra”. Por más que las autoridades insistan en buscarle otros adjetivos, miles de muertos no pueden tener otro nombre.

Pero hay un elemento relativamente nuevo en esta violencia que proviene, mayoritariamente, del crimen organizado; sobre todo, de los carteles del narcotráfico que ahora también extorsionan, roban autos, secuestran, tratan blancas. Me refiero al uso estratégico de la comunicación. El objetivo es infundir miedo en la población, generar sicosis, alimentar el caos para complicarle el escenario a sus enemigos de siempre: las autoridades y otros grupos delictivos. Incluso, para generar cierto apoyo social en la lógica mafiosa del control y la pax narca.

En Sinaloa lo hemos estado viviendo desde hace semanas con una intensidad inusitada. Cada vez que se presenta un hecho delictivo (un asesinato o un enfrentamiento) de inmediato empiezan a correr vía redes sociales y mensajes de WhatsApp rumores de hechos más graves como secuestros de empresarios prominentes, mensajes de toque de queda, advertencias de operaciones de limpieza e incursiones de grupos armados en escuelas y colegios.

La consecuencia es natural y lógica: el miedo se expande y la gente no lo duda, evita mandar a sus hijos a la escuela o prefiere dejar de salir de casa. Así, el crimen triunfa. Los ciudadanos nos encerramos y los delincuentes operan en las calles con absoluta libertad.

Es comprensible que la gente decida cuidarse y evitar cualquier riesgo, sobre todo en el contexto de una mínima confianza en la capacidad del estado para garantizar nuestra seguridad, pero es importante señalar que mucho de lo que circula es falso.

Abundan los mensajes reciclados (copy-paste) de 2009-2010. Muchas de las fotografías y videos que circulan suelen no corresponder con la realidad (¡he visto rumores sobre enfrentamientos en Culiacán acompañados de videos con publicidad en árabe!). Y ojo, por más que tu amigo o tu grupo de WhatsApp insista en que “ellos lo vieron”, hay que ser más prudentes a la hora de replicar esos mensajes.

No pretendo negar la relevancia de las redes sociales en la comunicación en “tiempo real”, pero sí apuntar sobre los efectos y la responsabilidad personal antes de consumir y esparcir ciertos contenidos que generan sicosis y miedo.

Pero todavía más importante es abundar sobre la responsabilidad que los profesionales de informar (medios y periodistas) tenemos ante la irrupción de este tipo de rumores. Insisto sobre eso porque lo estamos haciendo muy mal.

Lejos de brindar contexto, separar el rumor de los hechos e informar con precisión, los medios solemos caer en el juego del narco con tal de publicar primero o ganar más clicks.

Me explico y uso un ejemplo reciente: el martes por la mañana desde la sindicatura de Villa Juárez, Navolato, comenzó  a correr la versión de movilizaciones de comandos armados, enfrentamientos y asesinatos. De inmediato, comencé a recibir preguntas de mis amigos y familiares sobre qué sucedía ahí. En Noroeste solo teníamos los testimonios de vecinos refiriéndose a los grupos armados. Muy grave, pero nada más.

Lo triste es que mientras lográbamos verificar algo, bajo el recurso del “se dice…” se publicaron versiones como “enfrentamientos a balazos”, “varios posibles muertos y/o heridos…”, etc. Al final, pudimos confirmar un autobús de jornaleros quemado, la movilización de los comandos y ningún balazo.

De cualquier forma, el daño social fue grave. Los alumnos se ausentaron de las aulas y la comunidad se detuvo. Es obvio que en Villa Juárez no manda el estado sino el crimen organizado, pero ser parte del miedo alimentando la sicosis es muy irresponsable. También fue evidente el vacío de comunicación que el Gobierno Estatal dejó al no atajar los rumores y brindar una versión oficial detallada y oportuna.

Tampoco creo que la salida sean leyes absurdas como la de Colima al criminalizar a priori a quien informe de estos hechos. Como bien dice el periodista Marco Lara, la libertad de expresión solo debe ser limitada por una responsabilidad ulterior. Pero sí debe caber en la esfera de los códigos de ética y la auto-regulación de los medios, la responsabilidad sobre los efectos y consecuencias de lo que publicamos.

Cabe esta misma reflexión para casos más complejos como la tentación de jugar de voceros del crimen organizado. Los periodistas sabemos que siempre funciona: genera likes, da lectoría, vende. Pero luego no hay manera de decir que no.

No tengo todas las respuestas, solo la intención de abrir un debate sobre como los medios y los periodistas podemos fijar límites éticos ante el fenómeno violento que cubrimos a diario y que cada vez nos rebasa más.

Un fenómeno en el que mueren y han muerto muchísimas personas. Repito: personas. Seres humanos con derechos, dignidad y familias. Parece que se nos olvida. Seamos responsables.

Adrián López Ortiz
Es ingeniero y maestro en estudios humanísticos con concentración en ética aplicada. Es autor de “Un país sin Paz” y “Ensayo de una provocación “, así como coautor de “La cultura en Sinaloa: narrativas de lo social y la violencia”. Imparte clase de ética y ciudadanía en el Tec de Monterrey, y desde 2012 es Director General de Periódicos Noroeste en Sinaloa.

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