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Alma Delia Murillo

23/02/2019 - 12:03 am

La rebelión de las llaves

Sé que no soy la primera en aventurarse a depositar su locura en los objetos.

“Pero el ataque que he sufrido por las llaves durante el último mes me tiene al borde del abismo: he salido sin ellas cuatro veces pero quiero que conste en actas que yo no las olvido, ellas se esconden”. Foto: Alma Delia Murillo

Sé que no soy la primera en aventurarse a depositar su locura en los objetos.
Sé que las llaves no se esconden de mí sino que las pierdo.

Pero es que me cuesta mantenerme indiferente a los símbolos.
Estoy convencida de que las casas hablan, mis casas han hablado siempre. Todas.
Como cuando me moría de tristeza pero no podía decirlo ni podía llorar y entonces la
casa se inundó una y otra vez de las formas más insospechadas. Llorando por mí para
ver si así me daba cuenta, amiga.

O como cuando quería irme de aquella relación con aquel hombre que me adoraba pero me asfixiaba y mis llaves simplemente no abrían la puerta de su casa. Nunca. O cuando las plaga de hormigas formó esa cruz en el patio o cuando la humedad dibujó un símbolo de infinito en la pared.
Soy una persona en la orilla de la disfuncionalidad, lo digo sin exagerar, sin alardear, quizá con cierta tristeza pero, sobre todo, con resignación.
Ustedes no imaginan lo que me desorganiza emocionalmente perder mis cosas, mi rutina. Necesito el orden o enloquezco: el florero en el centro exacto de la mesa, la ropa por colores, los zapatos por silueta, las cuentas pagadas, las palabras con acento, la omelette de un lado del plato y la guarnición de otro, los cierres de las almohadas apuntando a una dirección. El café de un modo inalterable.
Será porque crecí en aquel internado de mis amores y de mis manías, serán las consecuencias del colectivo que uniformó mi disciplina infantil o será mi cerebro podrido, vayan ustedes a saber.
Por eso escribo. Escribir le da orden al caos.
Cuando todo se descompone las palabras vienen y lo organizan, lo relatan con principio, desarrollo y fin. Y entonces podemos volver a respirar en calma, todos. Mis objetos y yo.
Pero el ataque que he sufrido por las llaves durante el último mes me tiene al borde del abismo: he salido sin ellas cuatro veces pero quiero que conste en actas que yo no las olvido, ellas se esconden.

Y entonces el infierno del desgobierno, de la pérdida del control, la agitación. Avisar que llegaré tarde a donde sea que vaya, pensar si hay quien pueda salvarme, correr al cerrajero para descubrir que tengo la chapa más segura del mundo. Pasar de la risa al odio contra mí misma. Imaginarlas a ellas con gesto complacido y perverso en ese pliegue oscuro de la chamarra o sobre el librero, a sus anchas en el bolso de piel que llevaba el día anterior.
Son tres, las muy cabronas. Una rechoncha y burlona y dos largas, delgadas, con sus dientes como colmillos agrestes.

Desde que me fui a vivir sola —una criatura de diecinueve años— empecé a fantasear con los festines que se darían los objetos en mi ausencia, al regresar al que fue mi primer departamento que estaba vacío de una costilla a la otra, diría el poeta; pero con libros y ropa amontonados en un rincón, creía notar cambios en el acomodo y rumiaba la posibilidad de que una orgía entre trapos y textos se hubiera celebrado en mi ausencia.

Tal vez, como a don Alonso Quijano, me pasa que tantas lecturas me dejaron turulata porque ahora mismo pienso en estos tres títulos que devoré y que relatan maravillosamente locuras como la que planteo: “Casi un objeto” de José Saramago, “El país de las últimas cosas” de Paul Auster y “La rebelión de las cosas” de Isaac Risco.

Vuelvo a lo mío, que apenas me reponía del ataque de las llaves, vino el de la cartera. Tres veces he salido sin ella en dos semanas. Ay.
En fin, que pienso que las llaves quieren echarme de la casa porque lo están consiguiendo: relato esto desde otra ciudad a la que vine a refugiarme y a escribir apenas terminé con una entrega pendiente.
¿Lo lograron? ¿Cuál es el mensaje?
Estoy a punto de descifrarlo pero me distraigo porque en la habitación donde me hospedo ahora, lejos de casa, miro una luna multiplicada por cuatro gracias a los objetos, gracias a esta ventana y su reflejo de doble hoja que no sé, quizá esté tratando de decirme algo.

@AlmaDeliaMC

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