“Detecto, si acaso, un problema con las multas cívicas: éstas castigan al propietario del auto, no necesariamente al conductor. Al menos las que son señaladas por las cámaras”. Foto: Cuartoscuro

Vivo en la CDMX. Sin soslayar los problemas del país, lo cierto es que en esta ciudad tenemos un montón. Aquí se replican las peores prácticas, los crímenes más violentos, las corruptelas más atroces y todo aquello que consideramos lesivo para la sociedad y el individuo. Ya escribí alguna vez que, uno de los asuntos que nos lastiman a diario está relacionado con el tránsito en la capital del país. Los sistemas de transporte están saturados, son ineficientes, no llegan a todas partes, tienen líderes que los manejan a partir de cochupos y amenazas. A ello se suma que las distancias son excesivas por lo que el tiempo que pasamos intentando ir de un lugar a otro se vuelve una constante que lastra nuestra calidad de vida.

Para colmo, además, estamos los automovilistas. Somos una plaga. Como llevamos años sin requerir exámenes de manejo para obtener una licencia, muchos no saben manejar. Peor aún, uno de los actos de corrupción más cotidianos estriba en darle un billete a un policía para que haga caso omiso a una grave infracción de tránsito. Así, los automovilistas nos hemos vuelto impunes frente a nuestra clara incivilidad, cuando menos, o cuando cometemos agresiones que serían dignas de la suspensión del permiso para conducir.

El tránsito en la CDMX es un problema que no se puede resolver de forma sencilla y, mucho menos, expedita. Pese a ello, me parece que es el área del gobierno capitalino donde más se avanza. No conozco a Andrés Lajous pero es fácil notar que la SEMOVI es un área donde se están haciendo cosas (conozco, en cambio, a Rodrigo Díaz y doy fe de su probidad además de sus capacidades). No sólo eso, tanto él como su equipo suelen estar en diálogo constante con la ciudadanía a través de las redes sociales. Los reclamos y las exigencias son muchos, por supuesto. Sin embargo, se percibe que algo avanzamos.

Esta semana se presentaron las modificaciones al reglamento de tránsito. Llama la atención algo que ya había sido anunciado: en lugar de las consabidas multas (de algunas de ellas: otras seguirán existiendo), ahora habrá una penalización cívica. Es decir, el automovilista infractor ya no podrá escaparse pagando una multa. Ahora tendrá que tomar cursos en línea, hacer algún servicio social y perder puntos en su licencia.

Esto último me parece de lo más relevante. Si se entregaron licencias para conducir por doquier, apenas es justo que se les cancelen a aquéllos quienes han probado, reiteradamente, que no saben manejar. Y no saber manejar no consiste en atropellar a alguien o en chocar contra todo lo que hay en el camino como en un videojuego. Consiste en pasarse los altos, invadir carriles confinados, ir a una velocidad mayor de la permitida, detenerse en los pasos de cebra, atentar, pues, contra el bienestar común. En otras palabras, no saber manejar es, también, no ser cívico y decente al hacerlo.

Llevamos demasiado tiempo manejando con prisa y de forma agresiva. Hemos creído, los automovilistas, que tenemos la potestad del privilegio. Si nos metemos en una larga fila es porque ese día la prisa o el cansancio son excesivos y lo merecemos, sin importarnos que los otros estén igual. Nos vanagloriamos cuando nos pasamos un alto, transitamos en reversa o dejamos nuestro coche en doble fila para comprar algo en la tiendita o recoger a los hijos. Nos equivocamos, pues.

Es un asunto cultural que podría llevar décadas corregir (sobre todo si se suma al resto de la problemática del tránsito). Sin embargo, sabemos que una de las formas más efectivas para cambiar esta mentalidad radica en la infracción. Y ésta, quizá, ya no será sólo en términos monetarios. El riesgo de perder un día o una licencia para conducir, confío, nos hará mejores conductores.

Detecto, si acaso, un problema con las multas cívicas: éstas castigan al propietario del auto, no necesariamente al conductor. Al menos las que son señaladas por las cámaras. Una lástima. Mientras no se encuentre un mejor mecanismo, me parece que es, si no justo, adecuado.

Ojalá comencemos a manejar mejor aunque sea por miedo. A la larga, eso se convertirá en un avance en la calidad de vida de todos los que transitamos en esta ciudad.