Mal hace el Presidente de la República en ocupar la tribuna todas las mañanas para encarar la emergencia que comento. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

No habría qué discutir, más allá de lo puramente estético, si se tratara del conocido soneto de la Décima Musa, Sor Juana Inés de la Cruz, Detente sombra de mi bien esquivo. Pero emplear el “detente” en el tema de la crisis sanitaria en marcha se trata, ni más ni menos, de la banalización de los asuntos de Estado y Gobierno por quien debiera tener un desempeño a la altura de las circunstancias.

Estamos en un ambiente político en el que hacer este tipo de críticas se toma como emplear palabras duras que muerden. En otros términos, imponer la autocensura cuando hay una circunstancia que rebasa lo imaginable, si nos atenemos a las informaciones serias y sustentadas que circulan por el mundo entero. Ahí están los espejos de China, Irán, Italia y España, por sólo mencionar unos cuantos casos donde la pandemia por el COVID-19 ha pegado de manera estremecedora y en los cuales podemos reflejarnos.

No se puede adosar a la crítica el sobreponerle la limitación a nuestras libertades, de por sí endebles, menos con la proclividad del Gobierno federal de decantarse por la intervención de los aparatos militares a los que ya nos acostumbraron a ver desplegados por todas partes. Ejército e invocaciones religiosas o simples supercherías no pueden ocupar hoy el espacio de lo estatal sin que eso se pase por alto o se diluya en la bondad de estimarlo como la broma y la frivolidad.

Mal hace el Presidente de la República en ocupar la tribuna todas las mañanas para encarar la emergencia que comento. Pareciera que de lo que se trata es de presentarse como el todopoderoso al que le es dado otorgarle esquivar las leyes, como lo ha hecho el presidencialismo mexicano por muchísimo tiempo. Pareciera que no salimos de la toma de decisiones en agencias informales para luego, si es necesario, teñirlas de legalidad y ponerlas en circulación. Eso no es sino una caricatura del Estado de derecho, meta de la que seguimos distantes.

Habrá quienes, en descarga de la conducta presidencial, digan que es su propio estilo de gobernar, cualquier cosa que eso signifique. Obviamente nadie puede estar en contra del toque personal que los gobernantes puedan dar a su desempeño. Hasta un filósofo ha considerado que “el estilo es el hombre”. Cabe preguntarse si de lo que se trata es de hacer evidente y demostrarlo todos los días, que el Presidente por sí y ante sí puede resolver toda gama de problemas, sin importar las implicaciones técnicas que altas decisiones entrañan y que requieren de profundos conocimientos que frecuentemente no están ni en la cabeza ni en las manos del decisor final.

No es cierto, por tanto, que pueda resolverlo todo. En el caso que me ocupa, la pandemia del coronavirus tiene un procesamiento especial en la Constitución de la República y precisamente va en dirección de lo apuntado. A tal grado que corresponde al Secretario de Salud –nombrado por el propio Presidente– dictar por mandato constitucional las primeras providencias, que han de ser rigurosas, y desde luego ratificables por el propio titular del Poder Ejecutivo. También integrar y poner en operación al Consejo de Salubridad para darle uniformidad a la atención de los problemas.

Pero aquí extrañamente el titular del área no es –no ha sido– el que ocupa el lugar primordial que un precepto supremo y vigente dispone, sino su subalterno, el Subsecretario Hugo López Gatell, y ya corre coloquialmente la expresión de que se hará “lo que diga Hugo”. Esto no puede ser así porque, frente a una crisis la seriedad se impone, desde luego sin caer en la parafernalia de las solemnidades inútiles.

Es cierto, como lo han dicho los politólogos, que aquí hay una dualidad visible: el Presidente no lo puede decidir todo, esa es una obviedad, pero sí puede decidir lo que él escoge, y entonces se abre una interrogante: ¿A qué debe atender el Presidente, a su poder personal, inherente al hombre biológico que es, o al cargo y la institución que representa?

La respuesta nos brinca a los ojos: las instituciones están primero, y reconociendo que quienes las representan tienen debilidades y pueden cometer errores, es que el equipo gobernante debe actuar con rigor y puntualidad. No hacerlo es dar pábulo, precisamente, a considerarlo en temas de salubridad una “vigorosa fuerza moral”, que ya está demostrado que per se ni cura ni sana. Detestable banalización.

En la barroca atmósfera de Sor Juana ella puede decir “detente”, pero ante una crisis como la actual, el gobernante está obligado a mucho más, primordialmente a hacer a un lado su personita y privilegiar las responsabilidades del cargo y la institución.