“La derecha política en todo el mundo recurre a baratijas para engañar y crear conflictos y enconos donde realmente no los hay”. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

La política no es como el dominó. En este juego de mesa hay un número predeterminado de mulas y reglas preestablecidas que los aficionados perspicaces saben a conciencia; desde luego la inteligencia, la astucia y la sagacidad se ponen en práctica, lo que da el triunfo a los mejores. Gana el que sabe contar.

En política las reglas son diferentes, incluso se pueden trasgredir de manera abierta o soterrada; es algo que se sabe con mayor precisión después del gran cambio que introdujo Maquiavelo y la fundación de la política como una disciplina también científica. Quiero decir que los actores, en congruencia con sus intereses, estilos y enconos, pueden recurrir lo mismo a las buenas que a las malas artes, y los que practican estas también suelen vestirse con una apariencia de limpieza impoluta.

Este rodeo me sirve para comentar la reacción que se ha desatado luego del inédito Grito de Andrés Manuel López Obrador el pasado 15 de septiembre, por cierto dedicado por el santoral a los Porfirios. El Presidente, en su manojo de veinte “vivas”, dedicó una a la “fraternidad universal”. El concepto en realidad sólo tiene un sentido inobjetable si con el mismo se pretenden lazos de amistad entre los humanos. Desde esa perspectiva podríamos decir que los coros de la Novena Sinfonía de Beethoven vienen en auxilio del inequívoco significado.

Empero, la frase también huele a masonería, propiamente, a “chivo prieto”, como dirían los clericales furibundos, a quienes opuestamente se les apodaba “mulas”. Esto, porque la agrupación de vieja data ha hecho énfasis precisamente en esos vínculos de unión para cohesionar la obtención de finalidades de muy diversa índole, políticas o de construcción intelectual y moral. Pero en realidad se le está empleando de manera bajuna para incrementar un discurso de odio, una pugnacidad estéril, violentando al menos éticamente la práctica o puesta en escena de una actividad política con propósitos de elevación del nivel de legítimas contradicciones.

Esto no es nuevo, desde luego. La derecha política en todo el mundo recurre a baratijas para engañar y crear conflictos y enconos donde realmente no los hay. Además, siempre le cuadra bien hablar de una “conspiración” en marcha que busca destruir a la Iglesia, que existen agitadores –abiertos o embozados– que propalan a los cuatro vientos las directrices de la conspiración y sin los cuales realmente la sociedad viviría en un idilio tradicional que se hunde en la historia.

Dar a entender que hay una “logia secreta y conspirativa” que decide el curso público de la política desde la oscuridad, es algo que pega fuerte en la conciencia de muchos crédulos; de ahí que se maneje con perversidad que estamos a las puertas de la consumación de una conspiración masónica que amenaza a México, sus tradiciones religiosas, la familia y valores que nunca se definen, porque definirlos es sentar las bases de la destrucción de la idea misma de la conspiración, porque precisamente no es conocida. En todo esto hay supercherías, pero sobre todo una profunda deslealtad con los valores expresos y tangibles que están en la Constitución y debieran ser valores reconocidos.

¿Cuánto tiempo se tardará esta derecha en proponer como biblias los libros antisemitas de Traian Romanescu, de Salvador Borrego, y toda esa basura con la que se ha engañado a la humanidad con saldos verdaderamente trágicos y de barbarie?

Quizá lo recomendable, por pericia, es que el discurso presidencial no se prestara al juego de las ambigüedades, porque también experimenta un lenguaje evangélico que desdice mucho de la adhesión al laicismo juarista.

Hasta el gran poeta católico, Ramón López Velarde, puso límites cuando dijo en sus versos de Todo, del poemario Zozobra: “No porto insignias de masón ni de Caballero de Colón”.