“El amor no tiene que ver con el negocio ni con el ocio”. Foto: Óscar de la Borbolla

Con la acción de dar se abre un mundo de asuntos interesantísimos. El primero que me viene a la mente me lo enseño Gracián: ha de tenerse una gran sutileza en el dar, dice, pues de lo contrario la dádiva convierte al beneficiado en enemigo del benefactor: quien recibe se siente en deuda y si esta crece, el agradecimiento se transforma a la larga en odio, porque quien nunca puede devolver el favor -y con ello colocarse a la altura del otro- se siente humillado o, en otras palabras, la mera presencia del dadivoso restriega al beneficiado su condición de inferior.

Otro asunto relacionado con el dar lo encontré en Nietzsche, quien a propósito de las limosnas dice: “si sólo se dieran limosnas por piedad todos los mendigos habrían muerto de hambre” y en otro lado agrega: “no soy lo suficientemente pobre como para dar limosnas”. La dádiva debilita y condena a quien la recibe a mantenerse en su estado, pues lo vuelve dependiente y, además, el dar también contiene el placer de sentirse superior. Gracián y Nietzsche se complementan: uno desnuda el agradecimiento (detrás de la sonrisa hay un sujeto humillado, envidioso y resentido) y el otro, al piadoso (detrás de su gesto altruista hay un sujeto que se regodea en su superioridad, que se experimenta poderoso).

Pero dejemos las dádivas materiales, ¿qué ocurre cuando se da otra cosa?, ¿dádivas inmateriales como el conocimiento o el amor?

Con el conocimiento sucede un raro fenómeno dialéctico, pues a diferencia de aquellas cosas que al darlas, uno deja de tenerlas (te doy mi reloj, ya no lo tengo); con el conocimiento ocurre que sólo dándolo se tiene realmente, es decir, si no somos capaces de explicar comprensiblemente lo que sabemos es porque tampoco lo tenemos. El conocimiento se posee plenamente cuando puede darse.

Y respecto del amor, ¿qué es lo que se da cuando se da amor? ¿Qué clase de bien es el que se regala al otro? Es uno quien se entrega, sí; pero ¿qué cosa es uno? ¿Cuerpo?, ¿espíritu?, ¿buenas vibras? ¿Uno es cuerpo, espíritu, buenas vibras? No. Lo que uno da en el amor es todo lo que es uno, y todo lo que es uno es tiempo. Soy tiempo, somos tiempo, y lo único absolutamente auténtico que uno da en el amor es su tiempo. Esto no significa que uno endose al otro su vida entera o esté con el otro para toda la vida.

Lo que significa es que siendo tiempo, vamos gastándonos como se gasta el tiempo; pero hay un tiempo que gastamos sin ninguna queja, sin ningún reparo, sin experimentar que lo estamos perdiendo, sino que lo damos absolutamente gustosos, dure un segundo, un mes, un año o décadas. Lo que damos en el amor es lo que somos: tiempo, ¿para qué? Para nada. Simplemente nos damos por el gusto de darnos. No es un buen negocio ni un mal negocio. El amor no tiene que ver con el negocio ni con el ocio, sino con ese porque sí que hace que la vida haya valido la pena.

Twitter
@oscardelaborbol