Dos años le tomó al joven Anaya Cortés entender que el camino para lograr aquello que perdió era el que siguió su contrincante, su enemigo político, Andrés Manuel López Obrador, y ahora ya esta encausado en esa ruta. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

Con todo el encono que durante la campaña le prodigó, las denostaciones, las referencias a su edad y a su agilidad mental, Ricardo Anaya Cortés, el derrotado candidato del PAN a la Presidencia de la República en el 2018, el que peleó por y quedó en segundo lugar, después de un auto impuesto retiro ha regresado, siguiendo los pasos de aquel que le ganó a la buena y a quien tanto criticó, el de los 30 millones de votos que hicieron trizas sus 12 millones: Andrés Manuel López Obrador.

Efectivamente, Ricardo Anaya regresó a la vida pública, mejor dicho política de México, el miércoles 21 de septiembre. Lo hizo a su estilo, a través de un video, con un guión establecido y las anécdotas estructuradas, para justificar su próximo activismo político –y evidentemente electoral– “para construir un mejor futuro para México”, a través de “más que oponer, el reto es proponer. No basta con alzar la voz y cuestionar al Presidente, tenemos que demostrar que nosotros lo podemos hacer mejor”.

Ricardo Anaya logró notoriedad cuando desde la dirigencia nacional del Partido Acción Nacional acordó alianzas electorales con el PRD y Movimiento Ciudadano, solo para él, por encima de sus compañeros de partido que buscaban convertirse en candidatos a la Presidencia de la República, imponerse como tal, en medio de un mar de traiciones y juego político sucio. A él le debe el panismo también la salida del expresidente Felipe Calderón Hinojosa, y de su esposa y entonces legítima aspirante a la nominación presidencial albiazul, Margarita Zavala.

Anaya dividió al PAN como hacia tiempo no sucedía. Cuarteó las bases de ese partido y obtuvo en la elección del 1 de julio de 2018 100 mil votos menos que la candidata del PAN en 2012, Josefina Vázquez Mota. Este es un indicativo que ni sus correligionarios azules votaron en mayoría por él. Los estragos que dejó tras de sí, no sólo al servirse con la candidatura, sino al encabezar una campaña unipersonal que dejó a las bases y a los ideólogos panistas fuera de la jugada político electoral de aquel año, hicieron mella y siguen latentes.

Como pocos lo consideraron cuando decidió después de la derrota dedicarse a la academia y a la familia, menos le han puesto atención ahora que pretendió su triunfal regreso. La realidad es que en el PAN dejaron de ser una estructura vertical para convertirse en un partido de sucursales con líderes individuales en los estados, que ya no responden a su dirigencia nacional de manera gratuita, aun cuando Marko Cortés, el joven líder nacional azul, es hechura y albacea político de Anaya en ese instituto no tuvo ni la capacidad ni la entereza para unir el partido que Anaya dividió. Algunos se fueron con los Calderón en su ahora fallido intento por instaurar un partido político, otros se aventuraron en Morena, unos más se apropiaron de sus parcelas partidistas y los gobernadores se unieron entre ellos para combatir desde su trinchera, y no la de las siglas, los embates de la 4T.

En esas condiciones, el regreso de Anaya a la vida política del país volverá a resquebrajar al PAN porque el joven de 41 años “reaparece” en un momento clave para la vida electoral de México, cuando el país lleva andado el camino hacia tres momentos cruciales:

1.- La elección intermedia del 2021, donde se verá si Morena y el Presidente logran retener la mayoría en la Cámara de Diputados y avanzar en la conquista de las gubernaturas al haber 15 en juego.

2.- El 2022, cuando de continuar el escenario promovido por una oposición desesperada y un Presidente ávido de reconocimiento podría, por primera vez en el país, votarse la revocación de mandato.

3.- El 2024, cuando Morena peleará la permanencia en la Presidencia de la República.

En este escenario, Ricardo Anaya seguramente buscará y le concederán una candidatura plurinominal a la Cámara de Diputados, la que seguramente también ganará al ubicarse su nombre si no en el primer sitio de la lista de partidos, en los primeros tres renglones. De ahí se convertirá en líder de lo que resulte de la bancada del PAN en la Cámara Baja, y solo desde ahí, en calidad de Gobierno Legislativo, podrá hacer realidad eso que propone de “demostrar que nosotros lo podemos hacer mejor”.

Oportunamente, después de menos de tres años como Diputado federal, podrá “buscar” de nueva cuenta la candidatura a la Presidencia de la República. Y acostumbrado como está a ejercer todo el poder interno en su partido, se volverá a imponer, a menos claro que, efectivamente, haya adquirido madurez y entienda que a fuerza de caprichos y traiciones acabó joven con su carrera política.

Pero es justo en esta estrategia donde se inspira en Andrés Manuel López Obrador. Mucho le criticaron al Presidente cuando fue candidato, los 12 años de campaña que realizó previo al 2018, luego que se aferró a ser candidato por el PRD en 2006 y en 2012, y después creó su propio partido para serlo una vez más en 2018.

Anaya ha dicho que iniciará otra gira por la República mexicana en cuanto las condiciones sean las adecuadas de acuerdo a la pandemia que por el nuevo coronavirus se vive en México y en el mundo con restricciones de sana distancia y aislamiento.

No ha dicho en calidad de qué hará el recorrido por el país, seguramente como candidato del PAN a la diputación plurinominal, pretendiendo unir aquello que desunió, y erigirse como el contrapeso que desde los partidos políticos de oposición han sido incapaces de crear frente al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Anaya tendrá sus seis años de campaña –los dos de auto retiro se compensan con los años de la dirigencia nacional–, entendió que, como López Obrador, la única forma de estar presente en el ideario ciudadano es hacerse ver y hacerse notar todos los días, con la agenda electoral por encima de cualquier otra.

Pretenderá convertirse, como en su momento lo fue el hoy Presidente de la República, en el crítico principal del Gobierno. Fustigará al Gobierno federal que encabeza Morena, como en su momento lo hizo López Obrador contra las administraciones del PAN primero y del PRI después.

Intentará llamar a las masas como lo hizo el de Tabasco y ensuciarse los zapatos en pueblos de México, acercándose a los marginados que en el 2018 no votaron por él.

Dos años le tomó al joven Anaya Cortés entender que el camino para lograr aquello que perdió era el que siguió su contrincante, su enemigo político, Andrés Manuel López Obrador, y ahora ya esta encausado en esa ruta.

Habrá qué ver qué tanto le funciona, pues a diferencia del líder de Morena, a Anaya lo persiguen fantasmas del pasado, de las traiciones de partido, de las negociaciones con otros partidos y con otros gobiernos que no eran los suyos, hechos que llegaron al terreno judicial, aunque pretenda curarse “anticipando” que le atacarán. Porque eso de hacerse la víctima, justificadamente o no, también es política electoral.