“La poesía surge de lo que no tiene esperanza”. Foto: Cuartoscuro

La semana pasada estuve en Monterrey, fui al XXIV Encuentro Internacional de Escritores que organiza CONARTE en el marco de la Feria del Libro. El Encuentro estuvo dedicado a la poesía. Su tema, “Poesía y resistencia”. Tuve la oportunidad de ver a muchos poetas de distintas partes del país que hacía tiempo no veía, con gran gusto, así como de escuchar sus poemas. También, de conocer a poetas de otros países. La clausura corrió a cargo del poeta chileno Raúl Zurita, quien escribió un espléndido texto para la ocasión. El jueves, mientras volábamos desde la CDMX sucedieron los hechos de Culiacán, por lo que nos enteramos ya noche, mientras cenábamos. También, en Chile, se habían ya desatado las protestas que han causado la brutal e inadmisible represión del Presidente Piñera. El poeta sinaloense, Jesús Ramón Ibarra, nos comentó que su familia estaba bien, en su casa y que estaba en comunicación con ellos. Subí a mi habitación para ver las noticias, las imágenes de una ciudad sitiada por las balas y el espanto. En las redes aún era confuso lo que había ocurrido. Me dormí pensando en que pudo haber ocurrido una terrible masacre, otra, de dimensiones muy graves.

A la mañana siguiente, nos encontramos todos para la inauguración del encuentro, que duró dos días, en los que se leyeron poemas, se entablaron mesas de discusión. Nada más ajeno a la violencia que la fiesta de los libros, que mesas donde escritores se encuentran para debatir, leer, pensar en conjunto.

Afuera pues, del salón donde se llevaban a cabo las sesiones, nuestros países se desbordaban en violencia. Es extraño plantearlo así, porque hemos vivido en medio de una contingencia tan continua que casi damos por sentado que todo ocurre normalmente. Digamos, vivimos en un estado continuo de violencia, donde las noticias de asesinatos, de ataques a bares, de calcinados, son cotidianos. Tras más de una década de brutal violencia, ya nada parece despertarnos. Como si hubiésemos visto todo el horror del que somos capaces de soportar. Vivimos así, normalizando lo que ocurre. Todo un fenómeno social, sin duda ¿Qué tan enfermos estamos todos que ya no podemos reaccionar emocionalmente? Nos escandalizamos, sí, pero algo se venció en nosotros. La anomia social es tan real como las balas que escuchamos o los cuerpos de policías masacrados en Michoacán. La declaración de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, sobre los hechos, es más que una estrategia política, un lapsus, una confesión involuntaria de un estado mental social: es una “circunstancia de todos los días” ante la cual es imposible reaccionar ya, una negación de los hechos. Ya no podemos ver, literalmente, a los muertos, aunque los veamos en las noticias. Hemos perdido la capacidad de tener una reacción “natural” ante los hechos, alienados por la brutalidad que padecemos. El estado de resignada desesperanza que, tras la llegada del nuevo gobierno, se va apoderando de nosotros ¿quién, en serio, puede estar feliz, feliz, feliz, en este país donde la tierra ha sido convertida en fosa clandestina, madres buscan a sus hijos desaparecidos, las morgues son rebasadas, asesinan a gente en fiestas masivamente?

No, no estamos felices, estamos en la desesperanza, así vivimos. Y así escribimos, también, quienes nos dedicamos a la literatura.

Por eso, cuando me invitaron al Encuentro Internacional de Escritores y me dijeron el tema, pensé que llevamos ya muchos años resistiendo. Nosotros, no la poesía, en este país sangriento. Les agradecí mucho la invitación porque pude pensar algunas cosas nuevas, tomar notas mentales, escuchar a mis colegas hablar sobre un tema que ha ocupado mi tiempo y mi trabajo poético desde hace muchos años.

Y es que, a diferencia de la opinión generalizada que ve en la temática una forma de resistencia, yo no considero que la mayoría de los poemas que hablan de la violencia, la resistan. Al contrario, el boom literario de poesía de la violencia en México es, para mí, todo lo contrario; una forma de incorporación-asimilación cultural de la violencia, hermosa y eficiente, si se quiere; no una resistencia poética.

Hace diez años pensaba que la manera de abordar el tema era no transigiendo con las formas de la poesía, con la sublimación y el uso prestigioso de la tradición, en un contexto muy preciso; ante el horror silenciado, escribir saliéndose de la poesía, desnaturalizándola, poniendo una cala en su dicción capaz de visibilizar tragedias e identidades particulares, tradicionalmente negadas, desnaturalizando el discurso de los medios. Porque la poesía no se hace con materiales retóricos, del mundo literario, exclusivamente. No se hace con palabras ya dichas, ni con hechos ya sabidos, aunque se haga con el lenguaje de todos y nos ataña a todos. No es historia solamente, es, en su más alta concreción, una forma extrema de la verdad, una forma no revelada, una forma de reconocimiento. No busca, obviamente, la solidaridad como transacción ideológica, porque no es demagogia, sino la transmisión profunda y desnuda de la experiencia humana, capaz ella misma de convertirnos en los otros.

¿La documentación de la violencia estetizada es otra forma de la anomia social? me pregunté estos días, entre charlas y caminatas al salón donde se llevaban a cabo las mesas ¿cómo subvertir esa colaboración, ese poder, sobrevivir ante la desesperanza? ¿qué es lo que dice ese poder, literalmente? Y es que la poesía, el poema, siempre es una palabra política y muchas veces es, en sí misma, una manifestación inconsciente del poder mismo.

Sin respuestas a mis preguntas, extrañamente, me sentí salvada, escuchando los poemas de mis compañeros, el lenguaje puesto en otra temperatura, esas puertas hospitalarias que abren los poemas de otros y que siempre agradeceré. Al final del encuentro, las palabras del gran poeta chileno Raúl Zurita, cayeron en mí con precisión perfecta: la poesía surge de lo que no tiene esperanza. Esa tarde, mientras veía la fuentecita del hotel, como en una estampa japonesa, recordé el verso de Juarroz “tal vez sea por esto, que pensar en un hombre, se parece a salvarlo”.

El problema es literario, por supuesto, pero es también social: porque las formas artísticas son la concreción de la historia, de nuestros conflictos, de nuestras corporalidades, nuestros ritmos y respiraciones.

No, el dolor no tiene nunca partitura y la poesía, cuando realmente lo es, es verdad. No necesita resistir. Los que necesitamos resistir somos los que vivimos en este país, tragedia tras tragedia, después de haber gritado tanto, habernos quedado sin lágrimas y sin palabras. Tal vez, la resistencia consista en aceptar la verdad, sin cerrar los ojos; no concederle a la desesperanza, esa reacción cotidiana, que se termine de apoderar de nuestra voz, no concederle la mansa belleza. Digo, tal vez, porque yo solo tengo una pregunta ¿qué más se puede decir ante el horror?