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Alejandro De la Garza

23/10/2021 - 12:00 am

Amarrarse a la silla

“Si de escribir literatura se trata, ya se ha dicho muchas veces, no hay reglas, recetas o normas más allá de contar una historia”.

Hay escritores de alta productividad, acostumbrados a escribir disciplinadamente en maratónicas tandas de ocho horas. Foto: Cuartoscuro.

El sino del escorpión ha sido la lectura y la escritura, aunque a veces este destino sea tormentoso y agotador. A la pregunta sobre la influencia de la “inspiración” en su escritura, el italiano Cesare Pavese negó cualquier peregrina idea al respecto y, teñido por su implacable estoicismo, afirmó tajante: “no hay inspiración más allá de amarrarse a la silla y escribir”.

Hemingway, a tono con su carácter machista, apenas admitió un diez por ciento de inspiración en su escritura para destacar más el noventa por ciento de un trasero duro indispensable para permanecer sentado escribiendo. Muchos otros escritores opinan de manera semejante: más trabajo y menos inspiración, sobre todo a partir de finales del romanticismo decimonónico y el surgimiento de las vanguardias artístico-literarias del siglo XX.

La inspiración como iluminación o revelación, cual fuerza ajena y exterior al escritor capaz de impulsarlo a escribir, tiene entonces mucho de cuento e invención. Ciertamente hay estados de febrilidad, de exaltación o incluso de ensoñación, durante los cuales se pueden llegar a escribir inteligentes y bien logradas cuartillas, páginas que dan satisfacción al escritor y lo llenan de una mezcla imprecisa de placer, entusiasmo y lucidez. Si el escritor logra transmitir en el texto esa sensación, probablemente obtendrá lectores gozosos e inteligentes. Pero esos estados alterados de escritura no llegan del exterior y difícilmente son producto de la inspiración provocada por una tarde lluviosa o la contemplación de un amanecer. Generalmente esa disposición es alcanzada por el escritor al gestionar su experiencia vital, sus lecturas y su estado emocional a través una intensa sesión de escritura.

Durante años se pensó, aun como tendencia filosófica, en la belleza como meta del arte y de la literatura, recuerda el alacrán. Reflejar la belleza entendida como lo armonioso, los sentimientos nobles, lo positivo y ejemplarizante de la vida, fue concebido como lo propio del arte. Por fortuna, esa idea se desvaneció cuando menos desde finales del siglo XIX ante otro difundido mito, el del oscuro artista maldito, y más aún a partir de las literaturas vanguardistas de inicios del siglo XX. Aunque visto con cuidado, siempre han existido los libros malditos, las literaturas oscuras, prohibidas o rechazadas por abordar lo escatológico en su acepción de lo oculto, lo subterráneo, lo oscuro de la vida humana, e incluso lo monstruoso, grotesco y anómalo como fuente de la narración.

Aquella vieja y limitada concepción de la belleza como fin último del arte se basaba, en parte, en esa idea de la inspiración, una suerte de espacio-tiempo único donde el escritor conmovido, sentimental o melodramático, se desbordaba en cursilerías brillantes sobre el papel. Hoy nadie compra esa coartada y se sabe bien que para escribir se requiere de mucho trabajo, nervios fuertes, emociones complejas y, por si fuera poco, de la capacidad técnica para escribirlas y desmenuzarlas ante los ojos atónitos o interesados, curiosos o adormilados del lector.

Finalmente, si de escribir literatura se trata, ya se ha dicho muchas veces, no hay reglas, recetas o normas más allá de contar una historia, desarrollar una narrativa bien sea en forma fragmentaria, lineal, realista, surrealista, infrarrealista o lo que se quiera, lo cual en sí mismo ya es bastante. En cuanto a la belleza como meta del arte, el escorpión ha visto evolucionar también el concepto mismo de lo bello: la belleza como constructo se transforma. Muchos de esos libros de inicio oscuros, difíciles y de temas álgidos y conflictivos de la vida humana, hoy podemos interpretarlos como hermosas lecciones de literatura, belleza y humanidad.

Hay escritores de alta productividad, acostumbrados a escribir disciplinadamente en maratónicas tandas de ocho horas. Hay otros decididos a dar todo en dos horas y después corregir todo el día. También hay quienes escriben, reescriben, corrigen y vuelven a rehacer el texto por meses, mientras otros tantos sólo se sientan a escribir cuando ya concibieron y trabajaron una idea en la cabeza. Y aún hay también quienes padecen el socorrido trauma de la página en blanco. En realidad, cada cual tiene su método o sus métodos variables y distintos para escribir.

El arácnido no sabe con exactitud cuál puede ser un buen promedio de cuartillas diarias de escritura de calidad, pero sí está seguro de que nadie con media hora sentado frente a la computadora hace maravillas literarias ni estando “inspirado”. Por el contrario, a veces no se tiene una idea preconcebida, a veces ni siquiera un tema bien definido, pero en el fondo de su conciencia el escritor sabe que con seis horas escribiendo se puede lograr algo, aunque sean un par de cuartillas para una nota periodística. “Amarrarse a la silla y, si se tiene talento y coraje, algo digno saldrá”, decía el suicida Pavese. No obstante, mientras escribe, el venenoso se atiene mejor a un aforismo deslumbrante de Luis Cardoza y Aragón: “el universo se vislumbra bien desde la cama”.

 

@Aladelagarza

Alejandro De la Garza
Alejandro de la Garza. Periodista cultural, crítico literario y escritor. Autor del libro Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana (Cal y Arena, 2011). Desde los años ochenta ha escrito ensayos de crítica literaria y cultural en revistas (La Cultura en México, Nexos, Replicante) y en los suplementos culturales de los principales diarios (La Jornada, El Nacional, El Universal, Milenio, La Razón). En el suplemento El Cultural de La Razón publicó durante seis años la columna semanal de crítica cultural “El sino del escorpión”. A partir de mayo de 2021 esta columna es publicada por Sinembargo.mx
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