“Es el rechazo del otro con base en la raza y, paradójicamente, la sufren mayoritariamente los pueblos originarios”. Foto: Nacho Ruiz, Cuartoscuro

El racismo es un lastre social y psicológico que dejó el colonialismo español, que se afirmó en el porfiriato de las haciendas y se ha ratificado con el abandono y la profundización de la brecha entre pobres y ricos; entre quienes tienen la vida resuelta y los que diariamente tienen que salir a buscar la chuleta pero, también, es un resorte de mansedumbre ante quien se le ve que lo puede todo, que llega a ser una suerte de alter ego, de ver realizado el sueño de dominio y es por eso que ese impulso está en nuestra ADN, es ver como menos al otro, al moreno o el negro, quizá más el indígena, cual sea su etnia. Está en nuestro lenguaje y en los gestos de desagrado cuando invaden el entorno inmediato en la calle o en un café. Y es que hemos internalizado un concepto de lo socialmente correcto que tendemos de inmediato a rechazar al otro, a quienes no son de los nuestros, los que estorban.

Por, eso, durante mucho tiempo era imposible imaginar a los provenían de los barrios pobres en los cargos de representación política a no ser que no fuera un acto de congruencia entre los partidos minoritarios y menos, subir por la escalera social, si no fuera porque alguien tendiera la mano desde arriba incluso el acceso en los círculos de la cultura sólo fue posible por la vía de la masificación de la universidad y los centros de instrucción públicos.

Ciertamente somos una sociedad menos racista, pero no del todo, persiste esa fea costumbre de rechazar al otro que socialmente no comparte los mismos sellos de identidad social. Es el rechazo del otro con base en la raza y, paradójicamente, la sufren mayoritariamente los pueblos originarios. Quienes deberían ser los amos y señores de estas tierras donde nacieron los primeros pobladores de América. Aquellos ancestros que estaban cuando llegaron las tres carabelas de Cristóbal Colón y más tarde los colonizadores que se distribuyeron por toda la región con su espada y la cruz. La visión dominante recordemos rápidamente impuso a los nativos y fueron ellos a los que se les sometió y se le reconoció como “seres sin alma”, por lo que fueron destinados a los trabajos forzados provocando el exterminio de millones de ellos (Semo, dixit).

Este estatus social terminó definiendo la estratificación social de la conquista para los siguientes siglos. Se les vio como seres inferiores a los que había someter aun cuando eran herederos de grandes culturas. Ahí, nace, el racismo que hoy estalla con los procesos de cambio que se viven en AL y se expresan en el rechazo sutil o abiertamente provocador de que no pueden ni deben manejar los asuntos de Estado. Que eso es para la raza blanca o mejor para los dueños del dinero. Esa había sido la rutina durante siglos, pero ahora está adquiere formas más amplias y sociológicamente distintas, por la aporofobia (rechazo a los pobres), una manera más sofisticada del racismo pues no deja de comprender a los indígenas, sino que en ese colectivo se agregan los pobres de todas las razas.

El racismo entonces ha mutado, es más comprensivo, bárbaramente incluyente. No tiene otro tipo de acotamiento que no sea la posesión o no del dinero. De ahí que resulte inconcebible su acceso al poder y que se vuelva en instrumento de justicia social. Es el caso de Evo Morales, pero de alguna manera es AMLO, que las elites económicas no terminan por aceptarlos, les resulta intolerable que gobiernen y devuelvan algo de lo perdido a los pobres.

Y, cómo no, si el poder siempre estuvo a su servicio cuando sus personeros actuaban como gerentes de las grandes empresas-país y eso, hoy, se ha interrumpido. Ya se les llama a cuentas por corrupción o se les cancelan privilegios fiscales. Más, cuando una franja del dinero público se destina hacia segmentos de los más pobres, los más desprotegidos. Y eso no gusta, no está en su ADN, en sus formas de relación con el poder político, lo ven como un atropello, como un populismo sin control, ni medida, que llevan a un grito desesperado como el de ese regiomontano irresponsable que llama a los militares a que den un golpe de Estado.

En el fondo, más allá del aspecto político, que sin duda es contraria a su visión de país, se encuentra el desprecio por los destinatarios de las políticas públicas del nuevo Gobierno. ¿Por qué dar dinero a los hombres y mujeres de la tercera edad? ¿Por qué dar apoyos a los estudiantes? ¿A los ninis? O lo más reciente, ¿Por qué tenemos que pagar la estancia asilada de Evo Morales en nuestro país?

Desconociendo que un país es parte de un todo, donde existen tratados internacionales, que obligan a estar en sintonía en el concierto de naciones, más allá del buen gusto de los hombres del dinero y los repetidores sin ton ni son. O peor, lastimosamente, de aquellos pobres que han asumido acríticamente como propios los valores y argumentos de los privilegiados, sin considerar ningún atenuante sea jurídico o simple y llana humanidad.

Y, es que no se trata, de entender para actuar en consecuencia sino porque si no se entiende, lo más fácil es asumir la opinión del otro, lo mediáticamente correcto, el ruido de todos en los programas de alto rating.

Entonces, frecuentemente sudamos humores ajenos, los más recónditos de nuestra historia física, mental, corporal, la de los resortes que viajan a través del tiempo y de generación en generación, tropezando quizá con las piedras de la modernidad que nos indican que hay otra vida más allá de los rencores y miedos, que se han apoderado de cada uno y nos hacen transitar con inseguridad porque a la vuelta de cada esquina puede estar el otro, el de nuestras pesadillas.

Y como en el cuento El Cobrador, del escritor brasileño Rubem Fonseca, un día cualquiera, los excluidos se deciden con toda violencia tomar por asalto el espacio de los ricos para cobrar las afrentas acumuladas. Esas que vienen de lejos y que hoy ante la incapacidad del Estado para controlar esas energías desplegadas aparecen con toda violencia.