Digamos que aquí yo fui culpable y que aún me gritan “¡cobarde!” las llantas del autobús. Supongamos que les dije a todos sin reparo que yo decidí dejarte, que ya estaba harto de ti y que en realidad no teníamos futuro. Imaginemos que me miraron sorprendidos, algunos con duda, otros con admiración. Sólo soy un hombre, les dije, y lo entendieron.

Digamos que esa fue nuestra historia. No me importa si el recuerdo me contradice de manera disruptiva. A veces mi memoria es una cabrona que me tatúa los fracasos en la frente…

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 23 de noviembre (SinEmbargo).- Supongamos que no llegué tarde aquel día, que vi desde lejos cómo jugabas con tu cabello, que todavía faltaban 10 minutos para las ocho, que parecía que caería una tormenta si no llegaba a tiempo, que sólo sentía frío si no miraba tus ojos.

Pensemos que traías aquel abrigo que te regaló tu madre para que nadie viera tu figura y no pudieran imaginarte desnuda y que, aún con él, tú eras la mujer más deliciosa que jamás había visto.

Imaginemos que estabas sentada en esa banca esperándome y que te abstenías de fumar por si nos besábamos y que ya se te habían insinuado cinco cabrones y dos cabronas que pasaron por ahí. Y que olvidaste a propósito tu reloj dorado para que ningún minuto de espera fuese motivo para odiarme.

Digamos que sentía mis latidos en la punta de mi lengua y que, con cada metro que me acercaba a ti, el futuro abría más sus piernas hacia mí. Digamos que el ambiente olía tanto al perfume de tu piel que las flores que llevaba para ti decidieron marchitarse de frustración.

Supongamos que aborté misión una estación antes de llegar al punto en el que aguardabas por mí. Digamos que, en ese momento, me reí de la palabra “destino” y te dejé ahí, preguntándole la hora a cualquier sujeto que se pareciera un poco a mí.

Pensemos que jamás tuvimos hijos en nuestros pensamientos, ni pagos pendientes reclamando en nuestro buzón, ni fotografías en familia, ni canciones favoritas, tampoco un lugar favorito para ir a bailar y nada que se parezca en lo más mínimo a una sonrisa.

Digamos que aquí yo fui el único culpable y que aún me gritan “¡cobarde!” las llantas de ese autobús. Supongamos que fui un maldito y les dije a todos sin reparo que yo decidí dejarte, que ya estaba harto de ti y que en realidad no teníamos futuro. Imaginemos que todos me miraron sorprendidos ante tal afirmación, algunos con duda y otros con admiración. Sólo soy un hombre, les dije, y lo entendieron.

Digamos que esa fue toda nuestra historia.

No me importa si el recuerdo me contradice de manera disruptiva. A veces mi memoria es una cabrona que me tatúa los fracasos en la frente:

*Que siempre sí eran más de las ocho, me explica.
*Que no existe rastro de tu cabello por ahí.
*Que el perfume de las flores que llevaba me estaba irritando.
*Que no me bajé una estación antes.
*Que fue el destino el que se burló de mí.
*Que hacía un frío del carajo en medio de la tormenta que cayó aquella noche.
*Que fui yo el que se quedó sentado en aquella banca y nadie se me insinuó mientras estuve ahí.
*Que yo sí traía un reloj pero lo que no llevaba era el valor para poder mirarlo.
*Que nadie me preguntó si algo me había pasado, pues mi rostro lo respondía todo.
*Que aunque ha transcurrido mucho tiempo y no tengo atisbo de esperanza, yo te sigo esperando en aquella estación.