No fueron abrazos ni balazos. Tan sólo la certeza de que, llegado el problema a mayores, habría consecuencias. Foto: J. Guadalupe Pérez Cuartoscuro

Hace algunos años me asocié con unos amigos y pusimos un billar. Tres mesas de carambola y cuatro más de pool. Estaba en una colonia marginal, cerca de la salida a Cuernavaca. Como no teníamos mucho presupuesto, nosotros mismos lo atendíamos. La ubicación era buena y estaba dentro de una placita que tenía varias tiendas, así que contábamos con la seguridad propia del conjunto de locales.

Me tocaba estar ahí dos tardes a la semana. Llegaba cerca de las 16:00 y salía hacia las dos de la mañana, cuando ya ningún otro negocio estaba abierto. Aún así, nunca hubo problemas de inseguridad.

Las mesas se repartían con bastante homogeneidad. Las de carambola las ocupaban taxistas agotados tras turnos de más de doce horas. Apostaban el costo del tiempo de mesa. Los más experimentados, los de la mesa del fondo, jugaban a tres bandas. Cada tanto, me pedían que le marcara el tiempo a determinado jugador. Al salir, cada uno pagaba su cuenta. Los primeros en irse eran los que trabajaban en un rastro, pues debían madrugar al otro día. Era una comunidad de conocidos que respetaban ciertas jerarquías. Así, don Juan, era una suerte de patriarca que podía estarse seis u ocho horas jugando a veces y viendo a los demás, la mayoría del tiempo.

Las mesas de pool las ocupaban, en su mayoría, adolescentes salidos de una preparatoria más o menos cercana. A diferencia de los jugadores del fondo, éstos llegaban a las mesas en bandada. Si en el juego de las tres bolas sólo participaban dos personas cada vez, en el de las 9 o las 15, llegaban a jugar 12 al mismo tiempo. Como no vendíamos alcohol, los ánimos solían estar tranquilos.

Pese a ello, una noche varios adolescentes comenzaron a discutir. Ignoro si fue por una jugada, una trampa o algún asunto que no se relacionaba con el juego. El caso es que, de pronto, tuve frente a mí a diez jóvenes amenazándose, con los tacos en ristre. Algunos hasta tomaron bolas listos para lanzarlas en cuanto comenzare la batalla. Confieso que sentí miedo e impotencia. No era para menos. Era imposible que yo pudiera liarme a golpes con ellos. Imaginaba ya el local destrozado, las patrullas llegando y algún herido de gravedad.

Fueron segundos tensos.

Cuando todo estaba a punto de estallar (o colapsar, vaya uno a saber qué sucedería), don Juan se acercó con lentitud. Atrás de él, algunos de los habituales de la carambola. Ni siquiera alzó la voz. “Bájenle”, les dijo. Acto seguido, sin mediar réplicas, quejas o reproches, los muchachos acomodaron los tacos, soltaron las bolas y, tras un par de minutos, liquidaron la cuenta y se fueron. Ignoro si se pelearon fuera pero me parece que no fue así.

Sé que don Juan no lo hizo para protegerme. Si acaso, le interesaba que el billar siguiera funcionando como el páramo tranquilo a donde iba a pasar sus tardes. Sólo eso. De cualquier modo, le sigo agradecido. Supongo que él no tanto. A las pocas semanas cerramos el negocio por problemas típicos de las sociedades.

Lo cuento ahora porque me doy cuenta de que, cuando una autoridad es legítima y conoce a quienes la rodean (más que colonia el sitio funcionaba como un pequeño pueblo donde todos se relacionaban de alguna forma), basta con una orden para resolver cierta clase de problemas. No fueron abrazos ni balazos. Tan sólo la certeza de que, llegado el problema a mayores, habría consecuencias.

Creo que desde aquellos días no he vuelto a jugar billar. No importa, siempre fui bastante malo.