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Hay horas que se arrastran, horas desvaídas que no deberían existir; que sólo llenan de paja nuestras vidas. Son aquellas en que no pasa nada o pasan los asuntos de poca monta, de nula importancia. Son las horas anónimas que uno no recuerda, las que sólo abultan innecesariamente los días, y son tantas que, a veces, ocupan todo el día y, como las semanas también se hacen de horas al igual que los meses, entiendo por qué las biografías y las autobiografías son comparativamente tan escasas habiendo existido tantísimos millones de personas en la historia, y entiendo también la razón de que sean tan breves, pues las vidas por muy intensas o valiosas que hayan sido no alcanzan normalmente las mil páginas.

Somos los personajes protagónicos de unas novelas tan llenas de ripios y pasajes sosos que ni siquiera nosotros mismos, con todo y el amor que podamos tenernos, estaríamos dispuestos a leer, hasta el final, una novela en la que se contara nuestra vida in extenso.

Imagínese tan sólo las horas que se nos van durmiendo, luego las que se van entre que despertamos y llevamos a cabo todos esos trámites cotidianos como acicalarnos, desayunar, ponernos en camino hasta llegar a alguna parte: bien podrían ahorrarse, al igual que las horas siguientes cuando, entregados a lo que cada quien tenga que hacer, no pasa nada más allá de lo de siempre, pues son raras las veces en que ocurre algo que nos alumbre, nos entusiasme, sea digno de contar. Amarrados a una férrea mecánica de actos y de gestos el tiempo sigue y vamos a comer y luego volvemos a lo mismo, a los asuntos pendientes que no cesan y con los que lo más que se puede hacerse es estar al día para que no crezca el rezago de un modo desmedido. Y así son los lunes y los viernes y marzo y octubre y 2017 y 2016…

Pero todo comenzó con unas horas cuya rutina, al principio, nos pareció atractiva, seductora y cedimos al confort que nos ofrecía, a esa tranquilidad de hacer lo mismo: la facilidad de continuar por un camino que sabíamos y que terminó por volverse el molde rígido de nuestra vida.

Hoy esas horas cubren el horizonte y sólo de vez en cuando el azar, que viene de fuera de nosotros, nos sacude: literalmente “nos pasa algo” y despertamos: a veces con una mueca lúgubre o con una diáfana sonrisa y es que el tiempo más que llevarlo nos lleva; más que dirigirlo a alguna parte no lleva y, por eso digo, hay horas que se arrastran desvaídas, aunque la verdad los desvaídos somos nosotros.

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@oscardelaborbol