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María Rivera

23/11/2022 - 12:02 am

Viajar de nuevo

“Los que nos cuidamos vivimos en una realidad alterna al resto”.

Pensaba yo en estos tiempos horribles, al menos para algunos que aún tenemos la determinación de evitar el contagio del covid por ser vulnerables o por estar muy bien informados. Foto: Cuartoscuro.

Viajar a un encuentro de poetas siendo poeta siempre es interesante. Escuchar la obra de los otros, descubrir nuevas voces y sentarse a charlar sobre poesía, son de las cosas que más disfruto. En realidad, con ellos, charlar de cualquier tontería. Algunos poetas parecen haber salido de otro mundo, van despreocupados por la vida, como si esta les pasara como un ramo de agua entre las manos. Especialmente a los viejos, que lograron sobrevivir a los infortunios de la vida. Su sentido del humor los ilumina como lámparas en la noche, luz desvaneciéndose en carcajadas. Son extraños, esos poetas, y suelen ser muy talentosos. Yo los envidio, profundamente, querido lector, por esa naturalidad para lidiar con el desastre. A la incertidumbre, le cierran la boca y al mal tiempo, también. Su lucidez es serena y vital; ni los relojes ni la sombra de la muerte los atemorizan a pesar de haber sobrevivido a todo: dictaduras, pérdidas, calamidades. Lo sorprendente es cómo captan la sutileza de las tormentas y las profundidades del vacío, y al mismo tiempo, llevan una sonrisa como un clavel en la solapa. Nada más alejado de mi talante entre festivo y lúgubre que aunque logre silenciarlo un tiempo, termina por arrastrarme. Digamos, yo soy del club de los poetas neuróticos, aunque ya esté mayorcita, ya debiera saber que la vida es incontrolable.

Y es que ahí estábamos, muy contentos, platicando en sobremesas y caminatas. Yo, con mi cubrebocas puesto todo el tiempo, y algunos de ellos sin ninguno como si no hubiera pandemia capaz de vencerlos. No se me mal entienda; todos sabíamos que no había terminado y socializar comporta ciertos riesgos.  La diferencia es esa capacidad para sobrellevarlos, asumirlos. Busqué una terraza, entonces. Una terraza que más que ventilada parecía el corazón del vendaval invernal, para comer, tomar una copa de vino, fumarme un cigarro.

Pensaba yo en estos tiempos horribles, al menos para algunos que aún tenemos la determinación de evitar el contagio del covid por ser vulnerables o por estar muy bien informados. Leer poemas con cubrebocas N95 ante el auditorio, platicar y abrazar con él. Ser vista como un bicho inadaptado, pero muy consecuente hasta la cena de gala del encuentro donde no hay de otra: mejor olvidarse y departir, gozar la comida, la bebida y la charla. Ni modo, qué se la va a hacer. Ya nadie procura que no nos contagiemos. Vivimos en la nueva normalidad que es, en realidad, una ruleta rusa.

Algo, sin embargo, no funcionaba bien en mi mecanismo de adaptación, como siempre. Aunque deseaba intensamente que estos años que hemos vivido desde el 2020 fueran solo ya un recuerdo, y volver a sentirme segura con los otros, mi fastidiosa consciencia me lo impedía “ay, acabaremos todos contagiados: los aerosoles, el contacto cercano, la saliva”, pensaba. Pero ya se sabe que uno puede silenciar lo que sea con algo de voluntad, una buena charla, una copa de vino, o dos.

En la madrugada, no. En la madrugada estoy pensando qué espantosos tiempos. Aunque la mayoría decida no pensarlo, yo estoy ahí rumiando cómo nuestras vidas cambiaron irremediablemente, por ahora y haciendo cuentas sobre el valor del riesgo corrido, la culpa. De pronto, me doy cuenta de que esto se parece mucho a las charlas de hace treinta años sobre el vih  “¿usaste condón, verdad, verdad?”. Nuevamente, el placer asociado a la enfermedad y la muerte, al peligro ¿cómo le hacen los otros? me sigo preguntando, cuando en la mañana los veo frescos como lechugas desayunando.

Sí, los que nos cuidamos vivimos en una realidad alterna al resto. Somos como recordatorios de algo que nadie quiere recordar, una falla en la matrix del olvido colectivo. Pero yo estoy pensando en César el fundador del grupo de long covid México, que tras dos años sigue gravemente enfermo. Naturalmente, me guardo estos pensamientos para mí misma: tampoco se trata de torturar al resto. Doy por sentado que conocen el riesgo de adquirir el virus y que ya todos aceptamos que los políticos han determinado nuestras vidas, al haber decidido no contenerlo, ni implementar políticas públicas para detener la transmisión. En ese momento me doy cuenta de que somos sus víctimas todos, conformes o inconformes, pero víctimas al fin de la incapacidad e irresponsabilidad de los gobernantes del mundo occidental. No hay nada que individualmente podamos hacer en ciertas circunstancias sin pagar un costo muy alto, porque vivimos en sociedad y aunque uno se aparte de la manada, tarde o temprano tiene que regresar a ella por algo.

Nunca había sido tan desasosegante hacer las cosas más naturales como hablar, abrazarse, comer, beber. Pienso en cómo se convirtieron en eventos potencialmente perjudiciales para la salud (y a largo plazo) y también en lo importantes que son para nuestra salud emocional: somos animales sociales, estamos hechos para estar juntos, ya sea haciendo el amor o la guerra o alrededor de una fogata, pero juntos.

Esa noche, dormitando en un cuarto de una casa muy antigua y oscura, sueño que recibo un beso leve en la mejilla, justo donde termina el cubrebocas. Un beso delicado y sincero. Así, el inconsciente de este tiempo.

Luego, en la mañana decido, como todos, que la vida debe seguir y nosotros con ella. Las lecturas de poesía, que suceden cada día, iluminan las horas: descubrimiento de autores, versos resonando, reencuentro con alguna voces ya canónicas. Todas miradas únicas y distintas, originales. Vamos, las cosas no son las cosas, sino algo más. Lecciones de maestros en vivo en charlas con estudiantes. Sí, la poesía es primero y esencialmente, imaginación. Imaginación verbal. Esa imaginación que es capaz de crear sentido y emoción, verdad, de manera simultánea. Poemas que son cuentos, fabulaciones, acertijos, candados. Desciframientos de lo real escondido en la superficie. A veces, la mera superficie del agua como un espejo delicado.

Mucha gente escuchando, llenando las lecturas. Parecería imposible ya, como de otro tiempo. El virus no no has derrotado, es obvio.  Vuelvo a ver auditorios repletos, la resilencia de la especie. Ese no es el problema, claramente. Sino el costo de sobrevivir, los daños a muy largo plazo que esta pandemia estará dejando en millones de personas. Ese es nuestro fracaso como especie, aunque sobrevivamos.

Como sea, y sin duda, es hermoso volver a ver la luz de los otros, escuchar sus voces, sentir sus manos. Ver el paisaje de este país bajo esta luz nueva.

María Rivera
María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.
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