El recalentado. El vino. El invierno. Foto: Tyler Delgado

Es la primera vez que estás sola en diciembre. Se siente raro, admites, y te sales a caminar. Ahí vas, haciendo muecas, envuelta entre la brisa que baja de los cielos de las Antípodas, haciendo un recuento de cómo llegaste hasta allí, a esa peculiar costa del pacífico. Los pescadores dicen que justo donde estás parada, en esa arena ya sequísima, era mar adentro, pero que ahora el centro de la tierra está chupándoselo todo. Esos hombres son los verdaderos poetas desconocidos.

Y ahí, pues, parada sobre mar adentro, te preguntas desde cuándo la Navidad –para ti– dejó de tratarse de un dios cristiano. La verdad es que no importa porque aunque hace años te proclamaste jipi de extrema derecha, atea y toda la cosa, nada cambió. Tú seguiste validando ideas a través de las instituciones. Qué tal cantaste a todo pulmón esa la de Titanic, abrazada de tus comadres, creyéndose todas Céline Dion. Porque sabías que era toda esa parafernalia obligatoria, o no asistir a la boda de tu mejor amiga –por decir un ejemplo–. Y vaya que la pasaste de puta madre, pese a que, al día siguiente y sumergida en tremenda resaca, dijiste que ya no: que no serías un borrego más.

Te creías la oveja negra.

Pero te la pelaste. La iteración (in)consciente de las costumbres, el sentido de pertenencia y el mercadeo del condicionamiento social lo han hecho rebien porque ahora mismo, parada en mar adentro, el montón de recuerdos de tus navidades son el más bello anuncio de un refresco de cola.

Cómo es la memoria, ¿verdad? Caprichosa. Y, sin embargo, la única que nos permite saber de dónde venimos. Entonces llegan tus remembranzas: las ternuras de los abuelos todavía vivos, ese achicharrar de bombones al borde del fuego, andar de aquí para allá con todos los escuincles, los cánticos, las piñatas de barro, el ponche, el pavo, la sidra, las naranjas, el jamón, la ensalada de manzana, las servilletas de colores, los fuegos artificiales, los foquitos enredados en los pinos, el frío, las uvas, los romeritos, las madrinas abarrotándote de regalos, la paella, el bacalao que nadie se comía. El recalentado. El vino. El invierno.

Sientes ese peculiar alivio en el pecho, ese que solo nos despeja las nubes cuando el corazón ha descubierto alguna verdad que viene desde quién sabe dónde, desde por donde andan los tatarabuelos, quizá: el origen es un lugar limpio, la tribu también; y las construcciones sociales algo que inventamos para aprender a jugar.