El portal del sol. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

Esa esférica presencia;

la curvatura del amanecer: su ambrosía

en su cercanía tan lejana;

una y otra vez

al dar los primeros pasos,

al inicio de las tareas:

al abrir las puertas de los afectos

y las razones.

 

Las jaurías de lo siniestro

acechan

cuando la madrugada se aleja.

 

Aquellas flechas de obsidiana

de una infancia perdida,

retornan

y se encajan.

El veneno en la punta de la lengua;

las palabras extraviadas

en el vacío de los recuerdos

ya sin cuerpo.

 

En este país

cada vez se habla menos;

cada vez oímos

más ladridos.

 

Estamos desapareciendo

a veces tan lento que lo ignoramos,

otras como un relámpago.

 

Nos creemos inmunes

y olvidamos nuestro linaje común;

los números nos corrigen y confrontan.

Hemos sido multitud

aún en la soledad profunda

que nos abreva.

 

Solo en las primeras horas

cuando la noche

y su bálsamo se retiran,

podemos comprender un poco

lo que llevamos entre las manos

 

Esta herencia milenaria

que no podemos asir

al ignorar que toda vida

es una ofrenda.