La Biblioteca Lerdo de Tejada. Foto: Cuartoscuro

El nombre de Vladimir Rusakov, además de su clara procedencia rusa, es probable que no nos sugiera gran cosa. Si utilizamos su apócope Vlady, tal vez empecemos a recordar. Si alguna vez hemos tenido la fortuna de visitar la Biblioteca Lerdo de Tejada en el centro histórico de la Ciudad de México, es seguro que sabremos con toda precisión de quién se trata. Vladimir Rusakov (Rusia, 1920), Vlady, llegó a México en 1943, aquí vivió hasta su muerte en 2005. Este año se cumplen cien años de su nacimiento y se conmemora que haya dejado en nuestro país lo mejor de su obra. ¿Quién fue Vlady?

Un pensador que expresaba sus ideas a través de la pintura. Como tantos jóvenes, un entusiasta de la Revolución Rusa. Más allá de la política, consideraba a ese movimiento social un acto religioso; como muchos otros, viviría la decepción por sus trágicos resultados. Perteneciente a una familia perseguida por el gobierno de Stalin, tuvo que exilarse en una Europa convulsionada por el incipiente nazismo. Judío de origen, fue acosado por el estado alemán del que huyó sin un destino fijo. Su deambular por el viejo continente le permitió nutrirse de la apabullante cultura del pasado. Vlady se confesó siempre un apasionado del Renacimiento. De él tomó la técnica del fresco, los colores, la luz y la obsesión formal, la idea de colocar al hombre como punto de inflexión. También adoptó la idea de que el cerebro es un músculo en expansión. Todo esto sería el leitmotiv de su obra. Impetuoso, rebelde en contra de las convenciones, se afincó en París durante algún tiempo.

En esta ebullición cultural de la entre guerra se relacionó con el líder proselitista del Surrealismo, André Breton. Este de inmediato lo quiso sumar a su causa. De Breton sabemos que no dejaba escapar talento alguno y a todos los quería para enarbolar la bandera de lo que consideraba su movimiento. Como muchos otros artistas que coquetearon con la seductora corriente, Vlady se desilusionó muy pronto de ella. Demasiados panfletos, manifiestos, y una evidente reducción a las pretensiones complacientes de la burguesía. El artista ruso no estaba para entrar en ambientes sofisticados y decadentes, había dejado a su madre Liuba Rusakova, víctima de serios trastornos mentales (a consecuencia de las persecuciones), internada en un asilo en Europa. La volvería a ver únicamente en 1970; ella moriría en 1984. Compañero incondicional de su padre, el escritor Victor Serge, llegó con él a nuestro país, ambos sobrevivientes de campos de concentración. Como para tantos otros, México se volvería su terruño, lo cobijaría y le permitiría finalmente llevar a cabo su gran obra.

Un ruso es un ruso y lo manifiesta de las formas más insospechadas. En Rusakov suele habitar el espíritu de Tolstoi, el alma de Dostoyevski, la anarquía de Andreiev, los motivos y la estridencia de Vrubel y el demonio de Lermontov. En los maravillosos muros de la biblioteca Lerdo de Tejada hay atisbos de la poesía de Tsvetaeva, ecos de las melancólicas notas musicales de Shostakovich. Pero su alma rusa va más allá del pueblo que lo vio nacer. Enamorado del Greco y de Velázquez, tiempo después descubrió a Goya que determinó su trabajo con sus agudas reflexiones, sus caricaturas llenas de sarcasmos políticos.

Su obra monumental es un pretexto para el estudio, una forma de concretar las ideas que se desbordaban de su cerebro inquieto y sagaz. A pesar de que se le quiera asociar con Rivera y Siqueiros, hay muy poco que argumentar al respecto. Difícil no dejarse influir por los grandes maestros nacionalistas, pero Vlady lo logró. A excepción de Orozco y sus guiños con la teosofía (de nuevo Rusia). En los dos muralistas deambulan personajes, en Orozco son figurativos, en Vlady abstracciones, en ambos, punzantes, crueles e inhumanos, que explotan, que usan y desechan a otros. También están los seres sublimes que fungen como presencias infinitas, los olvidados, los de abajo, los que algún día serán tratados con dignidad, los revolucionarios, los sacrificados por un ideal más alto, que sabemos, jamás llegará.

También existe algo en Vlady de los artistas alemanes: Otto Dix, Georg Grozs o Max Beckman; es la expresión manifiesta con irritantes colores que nos hacen pensar en la locura. Una locura conquistada a partir del estilo y la extrema racionalidad que raya en el desenfreno de las voces que parecen escucharse al contemplar sus murales en la biblioteca. Vlady entendió que una pared no hace diferencia con una miniatura atesorada en un cajón, los grandes espacios no son más que la ampliación de estados interiores, de anhelos insatisfechos y frustraciones históricas. Como los grandes del Renacimiento supo derramar en los muros disonancias, matices, irradiaciones, grandes áreas de color, duración que dilata el tiempo, lo dota de un carácter único. Se necesitaba ser ruso y tener el poder y la irrefrenable idea de que el arte es un medio, no un fin, para poder hablar de las cosas fundamentales de la vida.

Con un baúl cargado de historias, escritos, acuarelas, grabados y pinturas, Vlady trazó lo mejor de su trayectoria en México y moriría aquí, en Cuernavaca. Jamás dejó a un lado su compromiso político, sabía muy bien dónde y cómo colocar su impronta. Poco lo hizo en su obra de gran formato, que tiene otros propósitos: recordar a Víctor, su padre y a Liuba, su madre. Los temas públicos eran para las caricaturas en revistas y publicaciones, lógicamente, de izquierda, al mismo tiempo que ilustró muchos textos históricos y revolucionarios de su padre. A pesar de que fuera una costumbre que los murales se abarrotaran de temas de interés político, público, incluso didáctico, los murales de Vlady observan una influencia que va desde el Bosco hasta Bacon. Un arte personal, con significado individual que puede desparramarse en imágenes concretas que a veces son sueños y otras, ecos de una vida dedicada a la creación de un pensamiento.

¿Qué necesita un artista para plasmar sus ideas? Entre muchas otras cosas, una capacidad para abstraer las imágenes, un talento para poder representarlas y decir algo; sobretodo un estudio detallado de la historia del arte. Un artista es un eterno deudor del pasado; consciente de ello, su trabajo es devolverle a este, obras cuya novedad renombre al poder del arte, a la historia. Pero el artista también necesita un poco de locura, cierta capacidad para arrojarse al vacío sin protección. Tocar el limite del abismo y saber que su talento lo socorrerá frente al riesgo.

Vladimir Rusakov tuvo esas cualidades, las utilizó en dos mil metros cuadrados de frescos y lienzos en los que aparece lo mismo Freud que Shakespeare y menciones a sus amados padres. Ahí también encontramos sus diatribas, las dudas sobre los discursos políticos, igual que sus recorridos como autodidácta por el Hermitage, la consciencia revolucionaria de Lenin, el fraude político de Stalin, los sueños de libertad que se frustraron con las persecuciones del nazismo. En sus murales se desvelan sensaciones y emociones que son música, ciencia, poesía; materializaciones del erotismo y del inconsciente. En suma, otra forma de experimientar con el arte, la historia, la estética y la filosofía. Una deuda pagada con los grandes maestros por todas sus enseñanzas.

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