¿Qué significa ser mujer en Latinoamérica? Foto: Cuartoscuro

1.
“Hermana”, me llamaron.
Desde cada imagen: “Hermana”.
Las que caminan en los cerros
Las que se suben a la Bestia
Las que bañan a su madre
Las que van a las marchas
Las que muestran su cuerpo
Las que lo esconden
Las que cargan un hijo en el rebozo
Las que gritan al parirlo
Las que aman a otras mujeres
Las que besan a los hombres
Las que se quedaron solas
Las que esperan
Las que acarician
Las que rezan
Las que recuerdan
Las que quisieran olvidar
Las que no duermen
Las chiquitas que nos enseñan
Las adolescentes que nos cuestionan
Las ancianas siempre sabias
Las que se divierten
Las que enfrentan a los soldados
Las que aprenden
Las que suman sus voces
Las que levantan el puño
Las que andan descalzas
Las que danzan en tacones
Las tristes
Las solitarias
Las que tejen redes
Las que buscan a su hija
Las que no han perdido la esperanza
“Hermana”, me llamaron.
“Hermanas”, les respondo.

Mujeres militares. Imagen del libro Ser mujer en Latinoamérica.

2.
“Para ti ¿qué es ser mujer en Latinoamérica?” Ésa fue la pregunta que, a modo de invitación, lanzó Francisco Mata Rosas a través de Facebook e Instagram, para fotógrafos de cualquier sexo, edad, nivel o nacionalidad. La respuesta fue sorprendente. ¡Se recibieron 6 mil fotos de 566 autores! De ellas, el equipo de la Coordinación de Difusión Cultural y de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana seleccionó para el libro que hoy comentamos 154 imágenes de 99 autores, 52 por ciento mujeres, 46 por ciento hombres y 2 por ciento formado por colectivos. ¿Hay diferencias –podríamos preguntarnos- entre el modo en que las mujeres se miran a sí mismas y el modo en que las miran los hombres que las han fotografiado? ¿Se perciben las características de la diversidad de miradas? La multiplicidad, la heterogeneidad de las y los fotógrafos son riqueza y al mismo tiempo desafío a nuestra percepción.
Éste es el enlace al gran proyecto colaborativo creado por Francisco Mata:
http://www.casadelibrosabiertos.uam.mx/contenido/contenido/Libroelectronico/ser_mujer.pdf

¿Qué es ser mujer en Latinoamérica? ¿Qué es ser mujer en una tierra rica, diversa, creativa, fértil, como la nuestra? ¿Qué es ser mujer en un continente desigual, injusto y desgarrado como el nuestro? ¿Qué es ser mujer aquí hoy?
De todas las enormes desigualdades que marcan América Latina, “…la de género es la única que está presente sin que el tamaño de la economía, los niveles de pobreza o los logros educativos la modifiquen significativamente”.
Si consideramos que la igualdad de género es un indicador clave para saber cuán democrático es un país, la conclusión es evidente. Etnia, raza, clase social, origen geográfico, nivel de escolaridad, oportunidades laborales, son elementos que se cruzan en el complejo y diverso panorama de la situación de la mujer latinoamericana. La multiculturalidad y la multitemporalidad de nuestra cultura hablan de una realidad densa y rica, y sin embargo terriblemente injusta.

Mujeres que migran. Imagen del libro Ser mujer en Latinoamérica.

La CEPAL destaca entre las dimensiones clave para considerar la autonomía y el empoderamiento de las mujeres: la educación, la salud sexual y reproductiva, el empleo (que incluye el trabajo de cuidado y políticas públicas), y la violencia de género. Ser mujer en América Latina es estar marcada cotidianamente por estos aspectos y vivirlos (pelearlos, sufrirlos) sabiendo que dejan huella en nuestra piel y en nuestros sueños, en nuestros días y en nuestras luchas.

Hay datos esperanzadores: el acceso a la educación, por ejemplo, es cada vez más igualitario para hombres y para mujeres. Sin embargo, en las zonas indígenas las tasas de analfabetismo entre la población femenina son de las más altas del mundo.

En términos de salud, las cosas son también complejas: las mujeres siguen muriendo por causas evitables, como complicaciones durante el embarazo y el parto. Otra vez las zonas más apartadas son las que viven situaciones más graves. Lo mismo sucede con la maternidad temprana que ha aumentado dramáticamente por el desigual acceso a educación sexual. En este sentido, la llamada “marea verde”, es decir los millones de mujeres en las calles de todo el continente exigiendo “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”, constituye una llamada de atención y una exigencia de respeto a los derechos humanos fundamentales.

En el campo laboral sabemos que el índice de desempleo y de trabajo informal es mayor en mujeres que en hombres, las remuneraciones son menores, y el trabajo doméstico y de cuidados resulta invisibilizado.

Y en lo que respecta a la violencia, la Organización de las Naciones Unidas se refiere a América Latina y el Caribe como la región del mundo con mayores índices de violencia contra la mujer; aquí se ‘’presenta la tasa mayor de violencia sexual fuera de la pareja del mundo y la segunda tasa mayor de violencia por parte de pareja o expareja’’. En México, donde han sido asesinadas más de 26 mil mujeres por el solo hecho de ser mujeres, en los últimos diez años, lamentablemente conocemos bien el tema.

Así podríamos seguir con cada uno de los aspectos vinculados a las condiciones de vida femenina.

Mujeres que celebra. Imagen del libro Ser mujer en Latinoamérica

Sin embargo, cualquiera que haya caminado por el continente sabe que sus mujeres son unas guerreras. Heroínas cotidianas que luchan por lo que les corresponde, que han aprendido a defender sus derechos, que son solidarias y combativas, que cuidan y protegen a quienes están a su cargo, que sostienen a sus familias, muchas veces sin ayuda, que trabajan incansablemente (o que saben ocultar su cansancio y desasosiego). Y al mismo tiempo: aman, bailan, ríen, construyen, crean, juegan, arriesgan, gozan.

A veces desde la soledad, a veces abrazadas a otras y tejiendo redes, con conciencia o sin ella, en nuestro espacio o habiendo sido expulsadas de éste, las mujeres latinoamericanas intentamos caminar cada día hacia un mundo mejor: por nosotras, por nuestras hijas, por honrar la herencia de nuestras madres y abuelas.

Eso es lo que muestran las fotografías publicadas regalándonos un inmenso y maravilloso mural de nuestra realidad. Allí están nuestras mujeres. Desde allí nos miran, nos preguntan, nos cuestionan, nos seducen, nos hacen cómplices, nos invitan a crear alianzas, nos provocan culpa o dolor, nos hacen sonreír. Las fotografías dialogan entre sí a lo largo de las páginas; son parte de un juego visual que es a la vez denuncia y caricia, murmullo y grito, guiño que atraviesa fronteras y regiones, clases y razas, lenguas y pieles.

Un mural conmovedor de estas tataranietas de Lilith, la primera desaparecida de la historia. La mujer borrada del relato bíblico por haberse atrevido a cuestionar el encierro y el silencio al que la habían condenado, por haberse atrevido a reivindicar su derecho a la palabra y al cuerpo, a pensar, a narrar, a gozar, buscando así -como lo hacen las mujeres latinoamericanas- aquello que decía Rosario Castellanos en su hermoso poema “Meditación en el umbral”: Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser.

“Hermanas”, nos llaman desde cada una de las imágenes.
“Hermanas”, les respondemos.