“Esta bestialidad inhumana no es innata”. Foto: Oscar de la Borbolla

Decir que todos somos polvo de estrellas siempre me ha sonado pretencioso; pero decir que todo es polvo de estrellas: los excrementos y los diamantes, los animales y las plantas, la piedra y el papel, los envases de plástico que flotan por toneladas en el mar y el mar mismo y también nosotros, suena atinado y modesto, porque, en efecto, todos nosotros, antes de ser concebidos, éramos polvo vil que volaba en las calles, y no es que hayamos dejado de serlo, sólo que la materia dio tantas vueltas, quiero decir las estrellas (esas fábricas que producen los elementos) hicieron tantas transformaciones que tuvimos la suerte de adquirir esta extraña forma que le agrega un plus a la materia, una forma que no sólo nos vuelve organismos vivientes, sino organismos vivientes con autoconciencia: polvo de estrellas tan complejamente organizado que ese poco de materia que somos permite que el universo entero cobre conciencia de sí mismo a través de nosotros.

Un trozo insignificante de materia (compárese tan sólo nuestra masa con la estrella más próxima a nosotros, el Sol), pero estructurada de una forma que puede ser consciente y hablar del Sol, llamarlo “Sol” y hablar del Sol con otros trozos de materia extraordinariamente organizados que son ustedes, los lectores de esta reflexión.

Para llegar del momento cuando solo había polvo de estrellas a este tiempo en que podemos estar nosotros transcurrieron millones y millones de años, y fue necesario que atravesáramos, además, por otro larguísimo proceso en el alambique de la evolución. Y, con todo, no hemos dejado de ser polvo y piedra, ni hemos dejado de ser animales y bestias, es más, seguimos siendo unas bestias dominadas por instintos, animales que tenemos que trabajar para encauzarnos hacia lo humano. Trabajar en la educación y en la formación de valores, pues la riqueza humana que hemos conquistado a lo largo de la historia, lo que llamamos cultura y civilización, no nos viene desafortunadamente en los genes. Nuestra herencia biológica nos arroja al mundo como animales de la especie homo sapiens, y en ese legado no está ni siquiera el ponernos de pie, ya no se diga respetar a los demás. Y tampoco vienen la saña y la crueldad ni, mucho menos, el odio con el que algunos miembros de nuestra especie se lanzan a destruir a los demás, pues esta bestialidad inhumana no es innata, sino que la produce la peligrosa mezcla de los instintos sí innatos pero pervertidos por una pobre y torcida “socialización”.

El polvo de estrellas convertido en un humanoide sanguinario es una aterradora realidad que muestra como camino urgente reforzar la educación. Vivir en sociedad, asomarse desde lejos a la civilización sin formar parte de ella, sin ser integrado realmente es lo que explica el aterrador mundo en el que estamos viviendo. Hablan, caminan erguidos, son capaces de accionar aparatos, armas; pero nada más. La educación en serio, es decir, información y valores, y la cultura a fondo, es decir, sensibilidad, comprensión, discernimiento, son lo que podría permitirnos recuperar el rumbo y poder decir, sin que sonara falso y pretencioso, que todos somos polvo de estrellas.

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