Aquel 12 de febrero, la policía -4 hombres y una mujer en una patrulla- detuvieron arbitrariamente a Mónica, su hermano Édgar y el esposo de Mónica, Alfredo. Lo llevaron a la Dirección de Seguridad Pública de Torreón, específicamente a una bodega rotulada con la leyenda “Campo militar”. Posteriormente llegó un oficial que empezó a abofetear a Mónica y le tapó el rostro con su propia ropa. Acto seguido, y mientras amenazaba con asesinarla, la introdujo a la bodega en donde estaban su hermano y su pareja.

Por Francisco Rodríguez y Quetzali García

Torreón, Coahuila, 24 de febrero (Vanguardia).- La caja de cartón corrugado le arranca una sonrisa a Martha Castro, la primera en toda la tarde. Los ojos le cambian por un brillo –el brillo de quien se enorgullece de algo- cuando lee: “Mamá, gracias por apoyarme, amarme y estar siempre conmigo…”. Martha mira el mensaje escrito y su sonrisa olvida un largo sollozo. La caja está llena de corazones, flores y mariposas pintadas y una enorme Minnie Mouse, la eterna novia de Mickey Mouse. También hay otros mensajes escritos en la caja que presume Martha: “te amo”, “eres la mejor”, se lee.

El regalo que Martha carga con orgullo, como el trofeo del hijo pródigo, se lo envió su hija Mónica Elizabeth Esparza Castro desde el Centro Femenil de Readaptación Social de Coatlán del Río (CEFERESO 16), Morelos, donde se le acusa de Secuestro y Posesión de Armas de Uso Exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza Aérea. Mónica, 32 años, acumula siete años elaborando manualidades para su familia, para sus dos hijos y dos hijas. El tiempo que lleva luchando por su libertad.

Otro regalo es una especie de acordeón de papel que hizo para su hija Alondra, hoy de 12 años. En una de las hojas, Mónica le escribió a su hija: “Alondrita, nunca olvides que tú estás en cada pensamiento y espacio de mi corazón, eres la alegría más grande que yo puedo tener. Doy gracias a dios xk me bendición contigo pork eres la mejor hija que yo puedo tener, estoy muy orgullosa de ti por todo lo que eres. Nunca olvides que te amo más que a mi vida”.

El último regalo que Alondra y su hermana Leslie de 14 años recibieron de su madre antes de que fuera encarcelada, fueron unos carros en la navidad de 2012 y la promesa de llevarlas algún día a Disney, a jugar y mirar en carne propia a Mickey y Minnie Mouse.

Pero ese sueño fue truncado, vapuleado, o al menos pausado desde la mañana del 12 de febrero de 2013, cuando Mónica, su hermano Édgar y Alfredo, la pareja de Mónica, fueron detenidos por policías municipales de Torreón.

Martha Castro, madre de seis hijos, dos de ellos presos por una de esas tantas injusticias del México. Foto: Vanguardia

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¿CÓMO SE SOTIENE?

¿Cómo se sostiene una familia después de una injusticia? ¿Cómo sonreírle a las puñaladas? ¿Cómo sobrevives a un derrame cerebral y estar en coma por ocho días, como le pasó a Martha de tanto estrés hace dos años? ¿Cómo mantener la esperanza intacta cuando se carga una losa de injusticia?

Martha Castro, madre de seis hijos, dos de ellos presos por una de esas tantas injusticias del México, lo dice sin titubear: “el amor es lo que nos ha mantenido aquí. La fuerza, la fe”.

El mismo amor con el que Mónica Elizabeth Esparza Castro pasaba el tiempo con su familia, con sus cuatro hijos. “Siempre trataba de que estuviéramos reunidos”, platica Leslie, hija de Mónica.

Martha y Rogelio aseguran que no tienen miedo. Foto: Vanguardia

Eran tiempos de felicidad, de risas, de juego. Hace 7 años, sus hijos tenían 8 años el mayor y 5 la menor. Toda esa niñez, esas carcajadas, esos juegos, esa inocencia, fue demolida una mañana de febrero de hace 7 años. Mónica tenía 26 años y estudiaba Belleza, pues gustaba de hacer trenzas, maquilar, peinar. “Era la dama del buen vestir: siempre bien arreglada, con zapatilla y ropa”, relata Martha, su madre.

Martha le dice “mi negrita” a su hija, a Édgar lo llama “bombita” porque de chico hacía bombas con la saliva.

Por eso, cuenta Leslie que su madre le ha dicho que lo que más quiere hacer cuando salga libre, es reunir a la familia, estar todos juntos nuevamente. Volver a soñar.

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CONOCER EL INFIERNO

El 12 de febrero de 2013, Martha se sintió mal cuando despertó. “Dile a Moni que me siento mal, que estoy indispuesta”, le dijo a su esposo Rogelio antes de echarse a dormir. Esa mañana, Moni pasaría por su mamá para ir a comprar un vitropiso para su negocio. Le dijeron que muy temprano se lo tendrían en una bodega. Siete años después, Martha cree que ese sentimiento por la mañana, era un presentimiento de lo que se venía.

Mónica llegó en su camioneta y como su mamá estaba dormida, lo acompañó su hermano Édgar Menchaca Castro, de 20 años entonces. Horas después, un taxista que era vecino, les alertó que habían detenido a Mónica y Édgar en el bulevar Libertad y carretera a Matamoros. Eran las 10 de la mañana. Martha se levantó con esa noticia.

Martha y Rogelio Menchaca, su esposo, llegaron hasta el edificio de la policía de Torreón. Allí vieron la camioneta de Mony. “No está aquí, vayan a los separos de la Colón”, les dijeron. En la cárcel municipal tampoco estaban pero al verlo apurados, un abogado los abordó. “Le recomiendo que meta un amparo por incomunicación”, aconsejó. “¿Cómo se hace eso?”, preguntó Martha.

Se dirigieron al Poder Judicial y tuvieron que esperar al actuario que estaba en Durango. Hasta las 19:00 horas de ese 12 de febrero, llegaron con el amparo a Seguridad Pública.

“El licenciado sale asustado y nos dice que allí estaban, que estaban todos golpeados y que en ese momento concluía su trabajo, que al siguiente día a primera hora los debían de soltar”.

Pero al siguiente día lo que sucedió fue que les imputaron varios delitos. Y el 14 de febrero, dos días después de la detención, es cuando los exhiben como delincuentes, como secuestradores. Ya estaban señalados.

El regalo que Martha carga con orgullo, como el trofeo del hijo pródigo, se lo envió su hija Mónica Elizabeth Esparza Castro desde el Centro Femenil de Readaptación Social de Coatlán del Río (CEFERESO 16), Morelos. Foto: Vanguardia

“Detienen a secuestradores; liberan a tres de sus víctimas”, decía el titular de un medio nacional. “Liberan a 3 secuestrados y detienen a 4 en Torreón”, tituló un medio local. La noticia la daba la policía municipal y señalaba a Martha, Édgar y Alfredo de tener una banda dedicada al secuestro y extorsión. Martha fue señalada de ser la responsable de vigilar y cuidar a las víctimas. Alfredo era supuestamente el líder de la banda y “dijo pertenecer a una organización criminal”

Todo eso leyó y se enteró Martha por las noticias en el periódico. “Una noticia de ese calibre hubiera sido en el momento”, menciona. Ya no pudo ver a sus hijos porque los enviaron a la Ciudad de México. Y hasta entonces pudo hablar por teléfono con ellos.

-¿Qué le dijeron la primera vez que tuvo contacto con ellos? –pregunto a Martha.

-Platicar bien nunca. Estuvieron en arraigo 40 días. Nos daban 20, 15 minutos siempre con personas que escuchaban. No me podían explicar. Cuando quería abrazarlos, se estremecían. ¿Te duele?, les preguntaba y me decían que no. Pero los torturaron.

Su hija Mony le pidió que no la visitara en el arraigo porque la podían detener. Según la acusación, en una bolsa habían metido cargadores, radios, fusiles, escopetas, cuernos de chivo, chalecos antibalas. Esa bolsa tenía el nombre de Martha Castro “TRN” (Torreón). En realidad eran las bolsas que usaban para el comercio.

“No tenía nada, estaban vacías. Íbamos a salir a surtir”, comenta Martha, quien lleva años dedicados al comercio de ropa, bolsas, cartera, joyería. La mercancía le llega de otras ciudades y las carga en unas bolsas que parecen costales.

Hasta entonces, Martha ni su esposo Rogelio conocían el infierno que sus hijos habían vivido. Eso vendría tres años después.

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SIN MIEDO

Martha y Rogelio aseguran que no tienen miedo. No tienen miedo de dar la entrevista, tampoco de que les tomen fotografías. “Se acabó el miedo, estos golpes nos han hecho fuertes”, dice Martha de frente.

Al principio, mientras iban y venían tocando puertas para que alguien los escuchara, recibieron amenazas de muerte, amenazas de que les quitarían todo, que se fueran de la ciudad. En una ocasión, entraron a una casa donde vivían en la colonia Abastos y les saquearon todo, incluidas fotografías, recuerdos. “Desvalijaron la casa, se llevaron todos los muebles. Hablamos a la policía y con los soldados y no nos apoyaron; hasta que llegaron los federales. Hasta las ventanas quitaron”, recuerda Rogelio.

​La familia tuvo que huir de la ciudad. Y las amenazas aumentaron cuando la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) emitió la recomendación 15/2016. “Párenle a su pedo”, “los vamos a matar”, “sus hijos no van a salir”, les llegaban mensajes.

La recomendación de la CNDH cayó por sorpresa a Martha ni Rogelio. No imaginaban que sus hijos habían vivido lo que contenían las 109 páginas del expediente de recomendación. El relato es de horror:

Aquel 12 de febrero, la policía -4 hombres y una mujer en una patrulla- detuvieron arbitrariamente a Mónica, su hermano Édgar y el esposo de Mónica, Alfredo. Lo llevaron a la Dirección de Seguridad Pública de Torreón, específicamente a una bodega rotulada con la leyenda “Campo militar” en la que introdujeron primero a la pareja y al hermano de Mónica, mientras ella se quedó en la camioneta por aproximadamente dos horas. Posteriormente llegó un oficial que empezó a abofetear a Mónica y le tapó el rostro con su propia ropa. Acto seguido, y mientras amenazaba con asesinarla, la introdujo a la bodega en donde estaban su hermano y su pareja.

Según lo documentado, a Mónica comenzaron a ahogarla en un tambo de agua hasta que perdió el conocimiento. Fue golpeada con una tabla en los glúteos y con puños y piernas en todo el cuerpo mientras la amenazaban con descuartizarla.

A la par que torturaban a Mónica, la hicieron ver cómo torturaban a su esposo y a su hermano; contra su pareja utilizaron un látigo de espuelas que le arrancaba pedazos de piel de la espalda, le bajaron el pantalón y empezaron a desollarle el muslo izquierdo con una navaja, mientras que a su hermano le apretaban los pezones con unas pinzas y a ella misma le apretaban los dedos de la mano con otras. Después de eso, los torturadores le infligieron tocamientos a Mónica en los pechos, la cara y el cuello, la desnudaron y la violaron tumultuariamente vía vaginal, anal y oral. Posteriormente violaron a su esposo frente a ella. Todo lo narrado fue además grabado, o se simuló que se grababa, con una videocámara.

Su esposo murió a causa de la tortura. Ella y su hermano fueron trasladados a México a la instalaciones de la entonces Procuraduría General de la República (PGR) donde fue obligada y amenazada para firmar una confesión de delitos.

Tres años pasaron para conocer lo que sus hijos habían vivido. “El mundo se nos vino encima”, recuerda Martha. El dolor le aguijoneaba el estómago. Lloraba y lloraba de solo repasar las líneas que leía, de imaginarse el infierno. Martha se enteró después que fue su hija Mony la que puso la queja ante la CNDH.

Pero fue a partir de entonces que se les unió gente, que se movió el caso, porque antes, la familia llevaba pruebas y los licenciados de oficio simplemente les decían “eso no me sirve de nada”, “el caso ya está perdido, ya no le busquen”. Hubo alguno, inclusive, que les aconsejó que se declararan culpables. “Tiene 20 años, que le den 50, todavía le alcanza algo”, les dijo uno, recuerda Rogelio.

Cuando Martha vio a su hija Mónica después de saber lo que había vivido, ésta, con la fortaleza intacta le dijo: “El mundo no se acaba aquí. Cuida a mis criaturas”. Mónica confiaba en la justicia. “Por qué no me dijeron”, le decía su madre. “No todo se termina aquí, va a haber justicia. Nos están culpando injustamente y quiero ver aquí a esas personas que nos hicieron eso”, le insistía Mony, el concreto de las palabras.

Alfredo se murió en sus brazos. Y cada noche, tanto para Mónica como para Martha, esos momentos vuelven a la cabeza. “Jamás va a ser borrado de nuestras mentes, de nuestras vidas”, dice Martha. “Es algo monstruoso”, suele decir Mony, quien creía que las atrocidades eran de un mundo aparte, de las películas. Mony creía que la vida era color de rosa, hasta que vivió las 14 horas de tortura salvaje.

Édgar, quien está preso en el Cefereso de Gómez Palacio, le pide a su mamá que le diga a Mony que la quieren.

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ÚLTIMA AUDIENCIA

“Le quiero pedir al juez no justicia, ya que la justicia debió haber sido hace 7 años, deteniendo a las personas que nos hicieron esto. A lo largo de 7 años hoy solo le pido lo justo y lo justo es la libertad ya que nuestra inocencia está plasmada en esos 17 tomos. Le pido dé el primer paso para la tranquilidad de mi familia y de nosotros”, fueron las palabras de Mónica en la última audiencia ante al Juez Primero de Distrito en La Laguna, que lleva el caso.

Ya no hay vuelta atrás. Lo que sigue es la sentencia: absolutoria o condenatoria.

Son 7 años que a Mónica le arrebataron. Siete años en los que pudo concretar sus sueños, en los que pudo haber convivido con sus cuatro hijos, en los que pudo haber ido a Disney. “Son 7 años que me quitaron la niñez de mis hijas”, le dice a su mamá Martha cuando la visita.

Mónica Esparza tenía el Café internet.com, en la colonia Sol de Oriente y se había ampliado para poner una boutique. Su madre le enseñó el arte del comercio, se dedicaba a ellos, pero Martha lo trabajaba –trabaja- a la antigua. Vende, fía y va a cobrar a las casas. Mónica quería poner una boutique, era su meta. Días antes que los detuvieran, antes de arrancar el negocio, le dijo a su mamá: “ves cómo sí se puede”.

Ya no hay vuelta atrás. Lo que sigue es la sentencia: absolutoria o condenatoria. Foto: Vanguardia

Édgar apenas iba a iniciar en el comercio. Hacía de todo: era carpintero, ayudante. Pero le gusta cortar el cabello y sueña con poner una barbería y un estudio de tatuaje.

Martha los recuerda siempre alegres, siempre unidos, como una copia el uno del otro. “Hasta en esto anduvimos juntos”, le dijo en una ocasión Édgar a su madre. “Lo que le gustaba a uno le gustaba al otro; que guisara las rajas con crema, que les hiciera chicharrón prensado, tortillas de harina, asado. Son del mismo gusto. Todos se deleitaban con los mismos gustos, todos al parejo”, recuerda Martha.

De todo querían hacer fiesta. A Mónica le gusta la música grupera; Julión Álvarez es su artista favorito. Martha recuerda que compartían todo, que eran una familia unida. Mónica es una mujer que de cualquier momento hace algo grande, hace fiesta.

 Mónica es tan emprendedora –relata su madre- que aún presa le suele decir que volverá a empezar de abajo. “Va a ver los frutos”, le asegura a su madre desde la cárcel. “Que ya estuvieran grandísimos esos frutos”, le agrega.

Por eso, cuando le pregunto a Martha cuál ha sido el sueño que más quebraron, menciona que más allá de bienes materiales, es la familia, la unión.

-¿Cómo se ve en cinco años? –le pregunto a la señora Martha.

-Bendecida, prosperada, unida, echándole todos los kilos para salir adelante. Tenemos un cimiento más fuerte. Nos podrán golpear, pero no nos van a tumbar. Ya no.

-¿Alguna vez sintió que perdía la batalla?

-Sí, sin duda. No había un camino firme, no había camino qué seguir. Puerta que tocábamos puerta que nos cerraban. Nadie nos daba una ninguna chispa de esperanza.

La familia estaba decaída, derrumbada, hasta que encontraron los brazos del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, esos brazos, que, dice Martha, los apapacharon y los levantaron.

Inclusive el caso de Mónica ha sido simbólico pues además de la recomendación de la CNDH, también forma parte de los informes “Sobrevivir a la muerte, tortura de mujeres por policías y fuerzas armadas en México”, publicado en 2016 por Amnistía Internacional, y en el informe “Mujeres con la frente en alto, informe sobre la tortura sexual en México y la respuesta del estado”, publicado en 2018 por el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez.

“Mami, pero yo sigo aquí”, le dice Mónica pese a las publicaciones. Martha, con ese tono esperanzador de madre, le dice a su ‘negrita’, como le llama a su hija, que de alguna forma, quizá, está ayudando a que muchas mujeres ya no pasen por lo que ella pasó.

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LOS SUEÑOS

Alondra y Leslie miran a su abuela Martha relatar la vida de su madre, los obstáculos, los miedos, las amenazas, pero también la esperanza. Por lo menos una o dos veces al año, Leslie y Alondra visitan a su madre en el penal de Morelos.

Alondra quiere ser maestra porque le gustan los niños. Leslie quiere ser abogada porque quiere ayudar a las personas para que haya menos injusticia. Las dos extrañan ir al Pollo Feliz, adonde solía llevarlas a comer su mamá.

“Se siente feo al verla ahí pero al verla nos da fuerzas”, platica Alondra. “Siento mucha felicidad pero a veces mucha tristeza porque nomás la tengo un ratito y la quisiera tener todos los días, todas las horas”, platica Leslie. Mónica siempre les dice que las quiere, que se cuiden. “Todo va a estar bien. Voy a salir”, les asegura con fe espartana.

El dolor viene cuando se terminan las cinco, seis horas de visita. “Quiere estar más rato con nosotros y se siente triste porque ya no la vemos”, agrega Alondra. “Me da tristeza verla llorar a ella cuando nos vamos”, insiste Leslie.

Martha, con esa voz de quien sabe lo que le ocurre a sus hijos, asegura que aunque Mónica y Édgar le digan que están bien, que no se preocupe, ella los ve destrozados. Le suelen decir que no vaya por el gasto que representa. “Si no tienes dinero no te preocupes, mamá”, le dicen. Pero cuando se despiden, los hijos suspiran una pregunta “¿Sí vas a venir la próxima visita?”. Martha siente como si le preguntaran “¿sí me vas a comprar el dulce?”

Otro regalo es una especie de acordeón de papel que hizo para su hija Alondra, hoy de 12 años. Foto: Vanguardia

Martha tiene seis meses sin visitar a su hija Mónica. La última vez que la vio, fue en la audiencia de vista y por eso llevó a las niñas, para inyectarle ánimos.

Así como hicieron polvo los sueños, hoy, cuando se mira una luz al final del obscuro túnel, la familia vuelve a soñar: “queremos recuperar el tiempo que no hemos estado con ella”, dice Leslie. “Estar más tiempo junto a ella”, agrega Alondra. Tiempo. Ambas suelen soñar que su mamá está de regreso, que salen de la casa y llega ella, que está la familia reunida en la mesa, que platican otra vez.

Mónica Esparza quiere ir a Tijuana. De chiquita visitó la ciudad y le gustó. Siempre se quedó con ganas de regresar. El 18 de febrero de 2013, la familia se iba a ir de vacaciones a Mazatlán. También quieren concretar ese viaje. A sus hijos aún les asegura que los llevará a Disney. “Hace dos visitas nos dijo que quería ir”, platica Alondra. Inclusive a Alondra, le ha preguntado que cómo se sentiría si tuviera otro hermano. Parece que Mónica Esparza quiere una nueva vida.

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