"Las medidas sanitarias han sido, hasta ahora, ciegas ante la desigualdad estructural y por lo tanto están dirigidas a una obediente población ficticia, que cuenta con las condiciones básicas para cumplirlas". Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro

“Las medidas sanitarias han sido, hasta ahora, ciegas ante la desigualdad estructural y por lo tanto están dirigidas a una obediente población ficticia, que cuenta con las condiciones básicas para cumplirlas”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro

Por Ximena Antillón (@ximena_antillon)*

Aceptamos con demasiada facilidad que las cosas son como son.

José Saramago

Desde principios de este año la imagen del SARS-CoV-2, el virus que provoca el Covid-19, se nos ha vuelto cada vez más familiar. Globos con protuberancias que terminan en ventosas o flores, o algo que a alguien le pareció semejante a una corona –personalmente me parece más un microerizo espacial-, curvas con picos más o menos agudos, y gráficos de estadísticas habitan nuestro mundo. Detectado originalmente en China, propagado rápidamente por Europa y desde hace unas semanas presente en América, este virus provoca, entre otras cosas, el acaparamiento de papel de baño.

Aunado a su tasa de mortalidad (entre 5 y 10 veces mayor que la influenza estacional) (1), lo peligroso radica en la facilidad y velocidad con que se contagia de persona a persona, lo cual podría colapsar rápidamente los servicios de salud. Por esta razón en los países afectados, que ya son prácticamente todos, se han tomado medidas para reducir el contagio a través del distanciamiento social.

El coronavirus rompe la ilusión de seguridad e inmunidad que la modernidad prometía, al menos a algunos. El virus es nuevo, pero la humanidad sigue siendo la misma. Frente a la incertidumbre, aparecen nuestras atávicas respuestas. Como en tiempos de la peste recurrimos a conjuros, salvadores, estampitas y mecanismos de defensa que proyectan la amenaza en los otros y alimentan la discriminación y el racismo. El miedo, como es sabido, abre la puerta al totalitarismo y el control social. De ahí que autores como Giorgio Agamben han señalado el riesgo de la normalización del estado de excepción, justificado por el combate a este nano enemigo.

Autoras como Butler han destacado la manera en que la pandemia nos confronta ineludiblemente con nuestra vulnerabilidad e interdependencia, y en esa medida, su potencia para subvertir el orden neoliberal que nos confina al individualismo, otras han señalado la desigualdad por la cual, acatar las recomendaciones de las autoridades sanitarias parece un privilegio: una gran proporción de la población no tiene agua para lavarse las manos, vive en condiciones de hacinamiento que impiden una “sana distancia” y si se queda en casa, simplemente no come. Además de que la casa puede ser el lugar más peligroso para muchas mujeres que viven violencia de género por sus parejas.

La desigualdad determina, a fin de cuentas y como siempre, la exposición al virus y sus consecuencias. Las medidas sanitarias han sido, hasta ahora, ciegas ante la desigualdad estructural y por lo tanto están dirigidas a una obediente población ficticia, que cuenta con las condiciones básicas para cumplirlas. Las autoridades deben tomar las disposiciones de emergencia para asegurar un ingreso para que quienes enfrentan un riesgo mayor puedan vivir dignamente durante la contingencia. Quiénes se contagian, enferman y mueren es un tema político.

Ya lo dijo Byung-Chul Han, el coronavirus no vencerá al capitalismo ni hará la revolución. Sin embargo, este virus puede desestabilizar los sentidos, es decir, la ideas que organizan y sostienen al mundo como funciona actualmente y determinan las respuestas frente a la pandemia. Por ejemplo, cuestionar a pesar del miedo, el paradigma del enemigo (grande o chiquito) para enfrentar la crisis. Nuestra capacidad para vincularnos solidariamente, incluso frente al aislamiento físico que impone la necesidad de reducir los contagios, será clave en la forma en que salgamos de esta.

El pueblo de México ha demostrado en diferentes catástrofes su enorme capacidad de movilización y organización, y seguramente esta vez también será así. No obstante, después de las emergencias las cosas vuelven a la normalidad y cada quien ocupa nuevamente su lugar. Esta vez, ojalá no sea así. No se trata de nuestra capacidad de adaptación a la crisis, sino de imaginación política. El coronavirus, como acontecimiento global, puede ser el momento para repensarnos, poniendo en el centro la vida y los vínculos, y no la ganancia y la avaricia.

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Nota aclaratoria:

Se realiza esta corrección gracias al señalamiento de Jonathan Fox, consejero de Fundar, en relación a que la afirmación publicada originalmente de que la tasa de mortalidad del Covid 19 y la influenza estacional era más o menos la misma, es incorrecta. La autora agradece la aclaración y hace la corrección para no contribuir a desestimar la gravedad de la pandemia y la importancia de cumplir las medidas de mitigación del contagio impulsadas por las autoridades.

Además de compartir algunas fuentes relevantes: 

https://www.bbc.com/news/health-51674743

https://www.livescience.com/new-coronavirus-compare-with-flu.html

* Ximena Antillón es investigadora en el programa de Derechos Humanos y Lucha contra la Impunidad de @FundarMexico.