En esta ocasión compartimos una leyenda que se cuenta en Veracruz, se dice que ocurrió en el municipio de Tamiahua, en un pequeño pueblo llamado Rancho Nuevo.

Ciudad de México, 24 de mayo (SinEmbargo).- Veracruz destaca no sólo por sus paisajes, sino también por su cultura rica en relatos y leyendas. Esta entidad mexicana cuenta con algunas de las leyendas más conocidas que han hecho eco en los habitantes de la propia región y en otras más. En esta ocasión te compartimos la leyenda de “La Sirena de Tamiahua”.

Se cuenta que hace muchos años, en el municipio de Tamiahua existió un pequeño pueblo llamado Rancho Nuevo, en él vivía una viuda, de nombre Damasia, y su hija Irene, una niña de piel morena, ojos verdes y cabello oscuro. La señora había estado casada con Abundio, pero después de su muerte se había dedicado a servir a la iglesia, así que ella y su hija viajaban a otras comunidades a las fiestas patronales para venerar a los santos.

Un jueves santo, y ante la petición de su madre, Irene fue a recoger leña para el fuego en el Paso de Piedras. Tras regresar a su casa notó que estaba sucia por el trabajo realizado y le indicó a su madre que tomaría un baño para asearse, Damasia de inmediato señaló que durante los días santos no podía bañarse: “no hija, te condenarás, en estos días no debemos agarrar agua, mucho menos bañarnos”, le dijo, sin embargo, Irene tomó un jabón y se fue rumbo al pozo: “Mamá, que me perdone Dios, pero yo, aunque sea me voy a lavar la cara”, respondió la niña. Después de un rato se escucharon gritos, era Irene pidiendo ayuda.

La leyenda cuenta que en medio del pozo se levantó una enorme ola y la niña se empezó a transformar en otro ser, su boca se alargó y los ojos se agrandaron, el cabello negro se le pintó de rojo al igual que la piel y sus piernas se convirtieron en una cola de pez con escamas. La inmensa ola cayó sobre la criatura en la que se transformó Irene y la arrastró hasta la laguna.

Los lugareños se dirigieron al cuerpo de agua hasta el que fue arrastrada la hija de Damasia, pronto vieron una balsa de madera vieja y destrozada; la criatura saltó hacía la balsa y permaneció en el filo con una sonrisa burlona y cantos en los que se escuchaba: ¡Peten ak, peten ak!, que significa giren. Los lancheros comprendieron que era una fuerza desconocida y fantasmagórica, por lo que dejaron de seguirla.

Se dice que cada jueves santo, la madre de Irene visita la laguna en espera de volver a ver a su hija, pero los pescadores aseguran que de la niña ya no queda nada, sólo un ser maligno que ahoga a quienes le ven el rostro.