Si el Presidente no trae tapabocas, por absurdo que esto sea, nadie se lo pone o, peor aún, se lo quitan. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

¿Realmente nos vamos a confrontar por el uso del tapabocas? La pregunta parece idiota, de hecho lo es, pero más es que a estas alturas del partido sigamos discutiendo el asunto y, peor aún, que el Presidente siga aferrado no solo a no usarlo, sino a imponer por la vía de los hechos su desprecio al trapito. En la fotografía de la firma del acuerdo de pensiones el único que trae tapabocas es el representante empresarial, Carlos Salazar, el resto, secretarios, diputados y senadores de Morena, se lo quitaron para no “desentonar” con el Presidente.

Uno de los símbolos que más odiamos del presidencialismo eran esos desplantes del Estado Mayor, que si al Presidente se le ocurría quitarse la corbata a medio camino y llegaba sin ella a una comida obligaban a todos los asistentes a quitárselas. No es distinto ahora. Los cocodrilos siguen volando, bajito, pero volando. Si el Presidente no trae tapabocas, por absurdo que esto sea, nadie se lo pone o, peor aún, se lo quitan. No usar tapabocas en reuniones que no sean de familia nuclear o en espacios públicos es una irresponsabilidad, pues implica la posibilidad no solo de contagiarse sino de contagiar a otros y, ninguna persona, ni el Presidente de la República, tiene derecho a ello.

Nadie puede reclamarle al Presidente la pandemia, esa llegó, como a todo el mundo, sin que fuera invitada o por culpa de alguien; no es cierto, como dijo del cada día más desatinado López Gatell, que llegara por los ricos viajeros, en los primeros casos hay de todo, desde elegantes vacacionista en Vail hasta esforzados choferes de tráileres de carga. Lo que si le podemos y debemos demandar al Presidente son políticas públicas orientadas a mitigar los efectos de la epidemia y una de esas políticas públicas fundamentales es el uso obligatorio del tapabocas. Pero de nada sirve que el Secretario de Hacienda lo ponga como una condición para el regreso a la actividad económica o que los gobernadores, de todos los partidos, les exijan a sus ciudadanos si el Presidente no solo lo desestima, sino que se encarga en los hechos y en el discurso de contradecir las políticas de su propio Gobierno.

El contagio del Presidente es moral, dijo a una de sus inolvidables frases el doctor López Gatell. Igual podemos decir que el contagio del no uso del tapabocas del Presidente es inmoral, pues se ha contaminado a las redes sociales e ideologizado el uso de un trapito y esa es quizá la peor de las muchas y muy debatidas decisiones que ha tomado López Obrador con respecto a la COVID-19. No  alcanzo a entender la razón detrás de este absurdo desacato, si es una tema de amor propio, si es de creencia o de simple terquedad, pero el daño que esa aparente tontería ha hecho al país, que tanto dice querer, es enorme.