Mucho menos se advertía que desde el lunes 2 de julio Andrés Manuel López Obrador y su equipo, ocuparían el debate político desplazando agendas y actores. Foto: Cuartoscuro

Criticar de forma razonada, es una forma subestimada de apoyo.

Quienes me conocen podrá sorprenderles, pero estoy preocupado por el estado que en que la oposición llega al inicio del nuevo gobierno. Este texto habla de eso. A casi dos meses de la histórica jornada del 1 de julio, todo parece revolucionado y aunque días antes adivinábamos el resultado, nadie se imaginaba la magnitud de la voluntad de cambio.

Mucho menos se advertía que desde el lunes 2 de julio Andrés Manuel López Obrador y su equipo, ocuparían el debate político desplazando agendas y actores. Apenas estamos hablando de un tema y otro de igual o mayor magnitud, se propone.

Incluso para quienes escribimos (no siendo periodistas de profesión) el análisis resulta complicado, al grado que preferí tomarme un tiempo. De hecho mi último texto Carta a mi hijo por las elecciones lo escribí justo un día antes de la elección. Desde entonces he priorizado el participar en tan interesantes discusiones. Pero al paso de las semanas hay algo que me preocupa, el estado de la oposición y la crispación política que no parece ceder.

Pensé que tras el proceso electoral y bajo el llamado a la reconciliación, el nivel del debate político mejoraría, pero no. Ciertamente temas que no habían sido discutidos antes, como la amnistía, la reducción de los altísimos salarios de funcionarios, los jugosos contratos de publicidad oficial a medios afines y la descentralización administrativa se han abordado ampliamente, aunque creo que no de la mejor manera.

En principio considero que un debate amplio, así sea con tonos elevados es positivo para la democracia. Hay que terminar con la idea que debatir fuerte es “pelear”, que es “malo”. El populachero “no se pelién” es propio de la “disciplina de partido” priísta que predicaba la unidad al tiempo que acallaba las voces antagónicas. El mismo autoritarismo que entendía que acudiendo de buena fe los participantes podrían complementar sus propuestas e incluso llegar a acuerdos parciales. Eso era lo que no querían.

La sensación que tengo es que la parte de los acuerdos está bloqueada. A pesar que en ciertas propuestas, idealmente una gran mayoría podríamos estar de acuerdo, como ahorrar dinero por ejemplo, esto no se logra. Creo que esto pasa por tres factores:

1. La transformación toca intereses poderosos y no están dispuestos a renunciar a sus privilegios. Esto ha sido claro desde el tema de la reducción de salarios, pasando por la cancelación de contratos de publicidad del gobierno en medios de comunicación, hasta el NAICM. No me refiero a quienes legítimamente están en contra de las propuestas y exponen sus razones abiertamente. Me refiero a quienes por ejemplo, viven de la publicidad oficial y ven amenazado su futuro, a quienes cobran sobreprecios en obras faraónicas o a quienes impulsan la militarización y emprenden campañas contra la amnistía falseando sus propósitos Quienes acuden así al debate no defienden argumentos, solo intereses.

2. Ha contribuido también que en algunos casos, las propuestas hechas por AMLO y su equipo no se han explicado bien. Esto ocurrió en las primeras semanas dónde había una prisa por hacer anuncios diarios. Algunos necesarios, como los relacionados con el manejo de la economía, en otros con un franco descuido como el anuncio de la participación del Papa. De forma paradójica, los anuncios de los primeros días generaron un incentivo de “Nota del Día sobre AMLO” en los medios de comunicación. Y aunque en los últimas semanas este frenesí ha disminuido, algunas de las propuestas no están del todo listas cuando se anuncian.

3. El tercer factor es el estado en que la oposición quedó tras el 1 de julio. Ninguno de los partidos se esperaba encontrarse en su más bajo nivel electoral de las décadas recientes, al punto de la pérdida del registro como el PRD. En el desconcierto pululan los liderazgos sin legitimidad, los que perdieron no quieren dejar el espacio y los nuevos liderazgos no terminan por surgir. Esta desorientación ha generado pocas voces y sin proyecto. Algunas hablan desde el rencor y siguen anclados en los mitos de campaña. Repiten una y otra vez que el PRI es Morena, hasta que, por ejemplo, Claudia Pavlovich en Sonora lográ un acuerdo PRI / PAN para limitar al congreso entrante.

Es justo decir que algunas narrativas de simpatizantes de Morena ayudan en poco. Lejos de mostrar generosidad en la victoria, se han empeñado en la agresión y a veces sin darse cuenta, asumen tintes autoritarios como cuando amenazan en callar a periodistas o en sacar a personas del país. Afortunadamente esto no es apoyado por la dirigencia.

Estos factores no afectan el bono de legitimidad que AMLO tiene. Asumirá el cargo e iniciará su gobierno sin mayores problemas. El no requiere de una oposición articulada para avanzar, pero hay que entender que las millones de mujeres y hombres que no votaron por el tabasqueño, merecen ser representados adecuadamente y a la larga el país también les necesita.

Por supuesto que apoyo a AMLO, pero sé que apoyarlo también implica criticarlo. Así lo hicimos apenas a la segunda semana con #MondragónNoEsCambio. Pero una cosa son las críticas que un puñado hagamos al hecho que exista una oposición democrática y articulada. Entendiendo que habrá otras oposiciones sociales por todo el país. Algunas con fuerza y legitimidad propia con el EZLN que no requieren ayuda mía por supuesto.

Me preocupa porque entiendo que una buena oposición partidista hará un mejor gobierno y eso es bueno para el país. Por supuesto que no pienso invertir mis energías en ayudar a la recomposición del PAN, del PRI o del PRD, ellos tendrán que hacerlo o desaparecerán.

Prefiero proponer a mis lectoras/es que reconozcamos y respetemos el valor de otra oposición en quienes critican y se oponen al nuevo gobierno desde la sociedad y el periodismo en principio porque fuimos oposición toda la vida y luchamos para que el disenso y la protesta fuera respetadas, también porque quizá algo podemos aprender o corregir y finalmente porque es francamente más interesante un debate público colorido a uno gris o unicolor.

Respetar y respetarnos en el debate público, no implica de ninguna manera un mundo color de rosa. La mayoría de las diferencias permanecerán. El respeto reside en privilegiar la información y los argumentos, sobre la ofensa y los prejuicios. Un mejor debate público se basa en el respeto a la libertad de expresión y en evitar la censura.

Algunas principios de esta propuesta serían. 1. En el debate democrático nadie es superior moralmente, y aunque las trayectorias de vida y la legitimidad cuentan, importan más los argumentos. 2. Si practico la crítica está debe comprender no solo a quienes son adversarios políticos, sino a quienes comulgan con mis ideas, incluso a uno mismo. 3. Si hago una crítica estoy aceptando que mi crítica sea criticada y así progresivamente. 4. Los más altos representantes pueden participar en el debate siempre y cuando no lo inhiban porque su tarea principal es garantizar que ese debate se de en plena libertad. Resumo en estas premisas como estos principios se aplicarían al actual contexto.

Premisa a. ¿Está bien criticar a AMLO, incluso de forma severa? No sólo está bien, no debe ser censurado y es saludable para la democracia. Premisa b. ¿Está bien criticar a quien critica a AMLO? Por supuesto que está bien y es consecuencia lógica de la premisa a. Premisa c. ¿Importa la evidencia que sustenta la crítica y la coherencia de los argumentos? Aunque no son requisitos, importan mucho ya que en ello reside elevar el nivel del debate y con ello fortalecer nuestra democracia.

Cuando leo que algunos acusan censura, porque su crítica es criticada, veo que no han entendido nada. De vez en cuando leo a Pablo Hiriart, Ricardo Alemán, Ricardo Alemán y a Javier Lozano, no son digamos, lo mejor en la crítica pero precisamente ponen a prueba los principios citados.

Termino afirmando que en ningún caso la agresión es la salida. Entiendo que estoy pidiendo algo difícil, pero veamos a toda la crítica y a la oposición como un valor, no como un estorbo. Si expresan razones, hagamos honor a la democracia y acudamos al debate.

¿Acaso no se trata de transformar a México?