El 21 de julio de 1969, los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins inmortalizaron sus nombres no sólo en la Tierra, sino en nuestro satélite natural. Los ojos del planeta tenían puesta su mirada en la travesía del Apolo 11, que emprendía vuelo hacia la Luna, y que se convirtió en uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad.

Ciudad de México, 24 de agosto (SinEmbargo).– La Luna esperaba su llegada. A 384,403 kilómetros, el satélite natural de la Tierra estaba listo para recibir por primera vez en la historia una visita de nuestro planeta, 3 huéspedes para ser exactos, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. La misión: Apolo 11.

La noche del 15 de julio de 1969, los tres tripulantes de la histórica misión tenían en su agenda una cena con el entonces Presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, sin embargo, el médico Chuck Berry consideró que no era recomendable que el mandatario tuviera contacto con los astronautas, aventurando que “tal vez el jefe de Estado podría contagiarlos con alguna infección que estuviera incubando sin siquiera saberlo”.

Los astronautas hablaron con sus esposas una noche antes de partir al espacio y se fueron a dormir, en una casa en Merritt Island que fue acondicionada como vivienda para ellos, junto a las instalaciones del Centro Espacial John F. Kennedy.

La noche fue tranquila y su día comenzó a las 4:30 de la mañana. Los tres se asearían para posteriormente llenar sus formularios médicos con la enfermera Dee O’Hara y luego tomar su desayuno. Se respiraba emoción, pero todos sabían que debían estar concentrados, pues un pequeño error les hubiera costado sus vidas.

Mientras los futuros visitantes a la Luna se trasladaban al complejo espacial para prepararse, los ojos del mundo comenzaban a encender sus televisores y radios. Todos querían presenciar el lanzamiento del Saturno V y la hazaña que el ser humano lograría desde ese momento. Miles de personas acamparon en la zona para estar en primera fila. Otros cientos rentaron alrededor de Merritt Island. Nadie quería perdérselo.

“El ligero siseo del oxígeno que fluía en el interior de sus trajes presurizados era el único sonido que rompía su silencio mientras permanecían recostados en sendos sillones, que contrastaban con el ambiente aséptico de la sala”.

Ya con sus trajes sellados completamente, Armstrong, a la cabeza como comandante, el piloto del módulo de mando Collins y Aldrin como piloto del módulo lunar, salieron en fila hacia el transporte que los llevaría al Saturno V. Entre un pasillo formado por todo el equipo del edificio y los flashes de las cámaras fotográficas , los tres astronautas sabían que había llegado el momento que tanto esperaron.

Los tripulantes del Apolo 11, antes de ingresar a la nave, intercambiaron regalos con el ingeniero Guenter Wendt, responsable del ensamblaje del módulo lunar. Posteriormente subieron a un ascensor que los llevaría a la cima del Saturno V: una vez cerrada la puerta, no habría marcha atrás.

La cuenta regresiva inició y a las 7:32 hrs. una columna de humo acompañada de una enorme vibración dieron inicio con la travesía. A estas imágenes se unieron los gritos y aplausos de todo el planeta, que estaba presenciando un momento histórico sin precedentes. Faltarían algunos días para que la tripulación llegara a la superficie lunar, pero las páginas de miles de libros ya comenzaban a llenarse.

En Apolo 11, Eduardo García Llama, físico e ingeniero español que forma parte de las filas de la Sección de Dinámica de la NASA, en Houston, Texas, narra “la apasionante historia de cómo el hombre pisó la Luna por primera vez”, desde que los tres astronautas abandonaron la Tierra y surcaron las estrellas, hasta el “Houston, aquí Base Tranquilidad. El Eagle ha aterrizado”, y claro, su regreso a casa.