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Jorge Alberto Gudiño Hernández

24/09/2022 - 12:05 am

Probabilística sísmica

“La conclusión apuntaba hacia lo mismo: que temblara el mismo día con esa fuerza no es sino una coincidencia.
Hasta ahí, todos bien. El problema es que los resultados no coincidían”.

“A diferencia de los fanáticos, quienes se dedican a la ciencia saben que las divergencias, las contradicciones y las distintas formas de abordar un problema no son sino una de las tantas maneras en que el conocimiento se amplía”. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

De entre todas las explicaciones esotéricas y fantásticas que surgieron cuando este año volvió a temblar en un 19 de septiembre, la que prefiero es la que asegura que debajo de la corteza terrestre habita una raza de criaturas poliédricas cuya encomienda es cimentar el mundo. Así, con el paso de los años se aglutinan cual ladrillos irregulares que van dejando pequeños huecos entre unos y otros, dado su consistencia inexacta. Cada tanto se reacomodan, se fatigan o discuten de forma tal que se caen, resbalan o fracturan. Eso ha causado, claro está, ciertos movimientos telúricos desde el principio de los tiempos (o de la tierra, o de la disposición continental actual, vaya uno a saber). Lo relevante, en este caso, es que dichos seres tan útiles se incomodan con algunas frecuencias sonoras. Sobra decir que la de la alerta sísmica o la de los simulacros (millones moviéndose escaleras abajo a la misma hora del mismo día) son suficientes para alterar sus frágiles temperamentos por lo que, impedidos de la posibilidad de taparse los oídos dado que no tienen extremidades (ni oídos, para el caso) terminan desplazándose un poco con las consecuencias por todos conocidas.

Si me gusta esta interpretación respecto a otras es porque me cuenta una historia (sí, un tanto absurda, como las otras cargadas de energías, leyes inexistentes de atracción o algo tan difuso y abstracto como la voluntad del universo) y hasta perfila a algún personaje. Eso no significa, empero, que le crea a esta descabellada teoría sino que, simple y sencillamente, me hace pasar un buen rato.

Uno de los primeros amigos que tuve en la vida es ahora un eminente doctor en ciencias matemáticas, se dedica a cosas harto complejas a partir de modelados del comportamiento de materiales increíbles. Cada tanto nos escribimos y platicamos, pero también podemos estar meses en silencio. Esta semana tocó comunicarnos a través de mensajes del teléfono. La razón partía del temblor, aunque no se dedicaba a éste.

Desde el mismo lunes 19 comenzaron a publicarse diferentes resultados para una pregunta muy simple: ¿cuál es la probabilidad de que un temblor de más de seis grados suceda el mismo día del año por tercera ocasión? Me queda claro que la aproximación científica llevada a cabo por expertos en estadística, sismólogos, físicos y científicos varios que se sumaron al ejercicio, era una forma racional de evitar la propagación de historias como la que abre este texto. Tan es así, que la conclusión apuntaba hacia lo mismo: que temblara el mismo día con esa fuerza no es sino una coincidencia.
Hasta ahí, todos bien. El problema es que los resultados no coincidían. Más aún, divergían enormemente. Dentro de los que leí, había respuestas que apuntaban a una probabilidad en diez millones y, otros más, que hablaban del 1 por ciento. El rango de las respuestas era demasiado grande y, para crear mayor incertidumbre, todos estos valores provenían de los cálculos de personas muy capacitadas para hacerlo.

Fue cuando le pregunté a mi amigo su opinión y su respuesta fue otro cuestionamiento. “¿Qué pensarías si te digo que todos están bien?”, me preguntó divertido. Ante mi silencio me explicó que, en la estadística, más que en otras ramas de la matemática, suele ser muy importante la interpretación tanto del problema como de los resultados. No es lo mismo, por ejemplo, abordarlo como algo a pasado que hacerlo a futuro. No es lo mismo responder cuál es la probabilidad de que un evento ocurra tres veces en una misma fecha sin poner un límite de años que hacerlo desde que hay registros confiables sobre los temblores o si se considera la edad de la Tierra (esos abrumadores cuatro mil 500 millones de años).

Siguió explicando por qué razones algunas de las respuestas partían de una simple multiplicación de fracciones y otras utilizaban tablas de distribución de probabilidad o simulaciones más complejas hasta que soltó una frase lapidaria: “Pero el resultado es lo de menos, es trivial”. De nuevo mi silencio, que de seguro él asocia a mi parco entendimiento. Explicó de nuevo. ¿Qué haríamos si nos enteráremos de la probabilidad exacta de que un sismo ocurra el próximo 19 de septiembre si ésta es menor al 1 por ciento y, para colmo, podría ser idéntica (o no) a la del resto de los días de 2023? Es decir, todos sabemos que volverá a temblar en este país y, si hacemos caso de los científicos (aun cuando lleguen a resultados diferentes) también sabemos que no es posible asegurar qué día temblará.

Ni siquiera es como con probabilidades condicionales sobre otro tipo de eventos (como conocer el número que define la posibilidad de que me ponche una llanta, de que tenga un accidente de tráfico o de conseguir un ascenso en el trabajo) porque (aunque éstos también son imposibles de calcular) lo cierto es que nuestras acciones podrían alterar los resultados mientras que frente a los sismos poco tenemos por hacer.

Lo interesante, entonces, en esta serie de relatos en torno a la causalidad y las coincidencias, no son todas las fantasías esotéricas ni las explicaciones mitológicas sino que, quizá por vez primera, hemos sido testigos en tiempo real del funcionamiento de procedimientos científicos. A diferencia de los fanáticos, quienes se dedican a la ciencia saben que las divergencias, las contradicciones y las distintas formas de abordar un problema no son sino una de las tantas maneras en que el conocimiento se amplía. Fui testigo de muchos insultos en las redes debido a creencias sísmicas. También, lo fui de muchas discusiones argumentadas en que las discrepancias nunca fueron motivo de insulto ni de silencio. Mi amigo me asegura que es muy probable que, ante una respuesta adversa, muchos de los expertos que discutían se pusieran a revisar sus cálculos. Algo que, sin duda, deberíamos hacer más seguido cuando estamos convencidos de tener razón.

Dejo el texto con una última reflexión de mi gurú científico: “No es relevante saber cuál es la probabilidad de que tiemble un día específico sino cómo hacer que ésta sea cero. Como eso no es posible, entonces queda hacer lo poco que sabemos: aprender a vivir con ello”.

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Jorge Alberto Gudiño Hernández es escritor. Recientemente ha publicado la serie policiaca del excomandante Zuzunaga: “Tus dos muertos”, “Siete son tus razones” y “La velocidad de tu sombra”. Estas novelas se suman a “Los trenes nunca van hacia el este”, “Con amor, tu hija”, “Instrucciones para mudar un pueblo” y “Justo después del miedo”.
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