Culiacán es una ciudad tatuada por el narcotráfico, sus héroes y símbolos, sus muertos que escalan a decenas de miles. Foto: Juan Carlos Cruz, Cuartoscuro.

El “culiacanazo” del 17 de octubre de 2019 se ha agregado a nuestra efeméride trágica, las fechas singularmente emblemáticas, las que no se olvidan, las que llegaron para quedarse en el imaginario colectivo; sea porque ese día no sería uno más en la rutina o porque fue uno distinto en la consuetudinaria lucha de poder a poder.

Sólo con una diferencia. En esta ocasión fue extraordinariamente real y terminó en una rendición en aras de la “protección de la población civil”, que en un principio no parecía haber importado, cuando se calculaba en el más absoluto secreto, que la detención de uno los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán transcurriría sin mayor sobresalto y el joven Ovidio tras una breve aduana en México sería enviado a una prisión de alta seguridad en la Unión América.

Así de fácil. ¿Quién calculó esa tersura ni siquiera digna de una película del Hollywood de Martin Scorsese o Quentin Tarantino? Seguramente alguien que desconocía el terreno y peor, la capacidad operativa del Cártel de Sinaloa, para tomar la capital del estado y provocar el caos y la liberación de Ovidio.

Culiacán es una ciudad tatuada por el narcotráfico, sus héroes y símbolos, sus muertos que escalan a decenas de miles. Hace mucho dejó de ser lo que alguna vez fue. Una sociedad a caballo entre lo rural y urbano para convertirse en una nueva síntesis sociológica donde domina la desmesura y por momentos raya en la locura.

En un mundo donde esta singular forma de valor de cambio modificó la fisonomía de la ciudad con sus viejas casonas e impuso la llamada arquitectura del miedo con sus sistemas de seguridad y las nuevas catedrales del shopping. Aquellas, que transformaron los consumos, pero muy poco su esencia rural y ¿cómo no? Culiacán sigue estando y lo seguirá por simple coartada, rodeada de cultivos y agroindustrias; agricultores y jornaleros.

De esos surcos sociales salió esa multitud que vemos cualquier día con los atavíos de nuestra singular modernidad. Sean la nueva estética de las marcas internacionales que dan estatus social a quien la porta, los autos de alta gama que circulan por las calles llenas de baches y topes criminales y la conversación pública de lugares comunes que despiden un olorcillo a conveniencia, complicidad, admiración, temor.

Y qué decir de las expresiones del nuevo lenguaje: “al cien” o el ubicuo y amable “pariente”, que construye relatos omnipotentes, de una singular manera de relación social, que brota de las entrañas de la inocencia perdida o mejor agregada a una brutalidad que no tiene parangón. Ni respeto por la autoridad.

Porque en alguna forma es una sociedad con un poder compartido y la autoridad no es absoluta ni está toda en los palacios de Gobierno, tampoco en el Congreso del estado, sino frecuentemente en una mesa de un rincón de la capital. Donde entre carnes asadas y tragos de Paris de noche se toman grandes decisiones para el estado.

Y, frecuentemente, se procesan con una retórica legalista, política, burocrática. Esa que nos lleva a nuestra singular civilidad política. La de la separación de poderes. La de las cortesías políticas donde no siempre se evitan los pisotones bajo la mesa. Y llega a ser nuestra singular lucha por el poder, en el llamado sistema de partidos.

Quizá, por eso, el “culiacanazo”, al salirse del guion de lo políticamente correcto, provocó una parálisis en el gobierno estatal y municipal. Siempre estuvo en manos de los integrantes del Sistema de Seguridad Nacional. No había manera de que fueran las fuerzas del estado las que coordinaran la acción destinada a detener al hijo de Guzmán Loera y menos, después, de lo que hemos sabido, cuando recientemente son detenidos policías y un agente del MP comprometidos en actos de colaboración con el otro poder, el de arriba, de la sierra.

Por eso el “culiacanazo”, si bien inaugura un nuevo momento en las relaciones de poder dominantes en el estado, siguen en el mismo lugar, como lo indicó ese banner que circuló en redes sociales para asistir al “Ovidio Fest”, una gran fiesta para ayer en la zona de Tres Ríos y que finalmente no se celebró y qué bueno.

O sea, el “culiacanazo” ratificó lo construido no siempre silenciosamente y que no se está dispuesto a renunciar en su ciudad emblemática, la de la marca de la casa, que a tanto culichi le resulta motivo de orgullo e identidad glamorosa. La que da renombre en el mundo y que la reconoce lo mismo un francés que un ruso, un árabe o un japonés, y es que es un poder ubicuo producto de una multiplicación de la franquicia. Lo mismo en NY que en los barrios bajos de Paris, Buenos Aires y Río de Janeiro.

Sólo que en está ocasión, con una fisura local, seguro no la última, entre bandos del cártel. Que después de los acontecimientos del 17 de octubre le da un nuevo tinte, un nuevo color a la disputa por el poder en la periferia del sistema. La de la apropiación silenciosa del espacio público y que provocó un añadido insultante al confinamiento de la COVID-19. ¿Cuánto se ha expandido y diversificado su negocio en estos meses que han llamado al encierro y a la depresión? ¿Cuántos habrán vivido por el mundo de party permanente?, ¿en el éxtasis interminable cómo una fuga constante hacia delante? Nunca lo sabremos.

Pero esto nunca se paró, cómo no ha parado el negocio de los estudios de laboratorio, para detectar si se han multiplicado exponencialmente los anticuerpos, las incómodas tomografías o las traqueostomías y las funerarias en jauja en tiempos de la COVID-19.

Entonces, volver la mirada a los acontecimientos trágicos de la tarde del 17 de octubre de 2019 es volver los pasos sobre un relato largo que se inició hace ya algunas décadas y que ha terminado, como me lo decía un periodista culichi, por convertir a Culiacán en una sociedad enferma.

Aquella, donde se han abatido todos los reguladores sociales que permitan, en mayor o menor grado, una cultura de cohesión social, basada en el trabajo que sigue permitiendo en muchos hogares el sustento, el sentido de comunidad que favorece transitar libremente por cualquier lugar y hora, la familia ampliada con los otros afectos y una sociedad que retroalimenta las vidas de sus miembros.

En definitiva, el “culiacanazo” más que una fecha de gloria es un tatuaje terriblemente indeleble, y ya sabremos cómo muchos culichis la recuerdan o lo festejan, porque sin duda no pasa desapercibido, como nunca pasara una noche del 31 de diciembre.

¡Es Culiacán!