¿Al tigre o a los leones?
En días pasados, el residente electo, Andrés Manuel López Obrador anunció su intención de otorgar el perdón a funcionarios corruptos bajo el argumento de que su intención es mantener la estabilidad del país; sin embargo, ante el clamor de justicia de los millones de mexicanos que votaron por él, el tabasqueño anunció que someterá a consulta si se enjuicia o no a ex Presidentes presuntamente corruptos. Esta decisión, consideran algunos, no ayuda en mucho a la democratización del país, pero si colabora a que la sociedad se polarice más. En el Excélsior, la periodista Yuriria Sierra, escribe que: “‘No es mi fuerte la venganza; creo en el perdón y pienso que es lo que más conviene al país, a México, esta amnistía política. Hacia adelante, cero impunidad, cero corrupción, que no se perdone a nadie, ni al nuevo Presidente; si yo cometo un acto de corrupción, traiciono al pueblo…’, respondió Andrés Manuel López Obrador a Ciro Gómez Leyva […] ‘Va a decepcionar a muchos, a mucha gente que votó por usted…”, respondió Gómez Leyva. “No le hace, no me importa, porque son mis convicciones, y yo estoy seguro de que ellos van a entender que lo más importante es que acabemos de verdad con la corrupción, que iniciemos una nueva etapa…’, reviró López Obrador. Y será difícil maniobrar con semejante decepción. Será también complicado tomar decisiones sin la tranquilidad de un terreno libre de conflicto con quienes históricamente han sido sus enemigos. Así que anunció, esa noche con Ciro y horas después con Carmen Aristegui, que si el pueblo lo reclama, entonces se hará juicio a los expresidentes. A Enrique Peña Nieto, pero también a Felipe Calderón, a Ernesto Zedillo, a Carlos Salinas, a Vicente Fox… López Obrador parece optar, así, por desembarazarse de una decisión que podría obligarlo a faltar a su propia promesa de no buscar venganzas políticas, y pareciera que ha optado por echar la justicia al ruedo de los leones. ¿Como circo romano? ¿Si el tigre pide sangre, sangre le dará? ¿Y luego, cuándo pida más? La convicción antes que el pueblo. O el pueblo por encima de la convicción. Hoy amanecemos con una segunda consulta: el futuro del Tren Maya que, sabemos, está decidido. En el calendario está anotado el inicio de obra […] Será en marzo próximo cuando, además del destino de la Guardia Nacional, que ya comienza a hornearse en el Congreso, y la permanencia de un consejo de asesores, los mexicanos estaremos ¿obligados?, a decidir hasta dónde debemos permitir la impunidad. Yo me pregunto, ¿habrá ciudadano sensato que no desee expulsar este lastre de nuestras instituciones? Es una pregunta que puede hacerse en cualquier parte del mundo. La respuesta será siempre la misma. López Obrador deja al pueblo el destino de la justicia de este país. Él ya confesó su deseo, su convicción, como lo repitió […] Echar a los leones por decisión del pueblo —sin asumir ninguna responsabilidad— no es construir un mejor país, sólo es alimentar la polarización que, inevitablemente, se convierte en motor para todos los discursos de odio. Lo que menos necesita el país. Ojalá que antes de dejar la justicia en manos de fuenteovejuna, el futuro presidente recuerde que lo que incluso sus inspiraciones históricas le quedaron a deber a México fue la construcción de un verdadero Estado de derecho: ésta puede ser la oportunidad de ganar la Historia, con esa otra profunda transformación”.

Racismos
En Reforma, el escritor Jorge Volpi, escribe acerca de cómo la llegada de la caravana migrante a territorio mexicano ha despertado en algunos un sentimiento nacionalista que lo único que ha generado es una situación de odio y racismo contra los migrantes centroamericanos que lo único que buscan es una mejor vida: “ Aunque siempre pensamos que aquí no ocurriría, por desgracia sólo era cuestión de tiempo. De tiempo y de la aparición de ese típico político sin escrúpulos dispuesto no sólo a azuzar los temores frente a los otros, sino a crear y cultivar esos temores -y las primitivas sensaciones que se les asocian: la desconfianza, el recelo, el desprecio y la ira- en su beneficio. Es el modelo de Hitler y de Karadzic, en sus versiones más extremas, y por supuesto, de Trump. El demagogo intuye los resquemores de su gente, esas pulsiones ancestrales sepultadas por la civilización o la cordialidad, y sabe que basta con sacarlas a la luz -con volverlas aceptadas- para obtener un inmediato rédito político. Eso ha hecho, entre nosotros, el alcalde de Tijuana -cuyo nombre no pondré aquí- al hablar de los migrantes que llegan a su ciudad en tránsito hacia Estados Unidos y al convocar a sus votantes a repudiarlos con manifestaciones y pancartas que emulan las de los supremacistas blancos del otro lado de la frontera que hacen lo mismo pensando en nosotros, los mexicanos de esa misma Tijuana que hoy enarbola los colores de la rabia […] Lo peor es que esos pocos cientos de tijuanenses alebrestados por su alcalde -que Trump lo haya citado como ejemplo bastaría para volverlo inelegible- no son los únicos que piensan así: en la reciente marcha contra la cancelación del aeropuerto de Texcoco, en la Ciudad de México, también brotaron aquí y allá consignas semejantes: ciudadanos mexicanos clamando Make Mexico Great Again o ‘México para los mexicanos’ y casi llamando a los centro y sudamericanos ‘criminales y violadores’. Esto que vemos por primera vez en México ocurre, hoy, en todas partes […] Así empiezan la locura y el horror. Y no es que nosotros hayamos sido en estos tiempos particularmente generosos con los migrantes: basta volver a ver la extraordinaria La jaula de oro para saber cómo tratamos a guatemaltecos y hondureños y salvadoreños y nicaragüenses en su tránsito hacia Estados Unidos, o rememorar masacres como la de los 72 de San Fernando, pero hasta ahora los villanos y los verdugos habían sido los mismos que son villanos y verdugos para nosotros, los narcos y los miembros del crimen organizado, los zetas y los maras y el Ejército y los cárteles. Ahora, en cambio, estamos ante el inminente peligro de que el racismo se normalice entre nosotros, de que sea admisible decir de esos otros lo que los gringos dicen de nosotros, de asumir ese discurso fascista como propio y sumarnos a la indigna lista de racistas del orbe. ¿Qué hacer? Condenar siempre estos discursos; expulsarlos de los medios públicos; sancionar a quienes azucen el odio. Y, por supuesto, emprender campañas de educación que nos recuerden quiénes somos, cómo hemos sido víctimas de discursos semejantes, a fin de inmunizarnos contra esta plaga. Nunca deberíamos olvidarlo: nosotros somos esos migrantes”.

Elba y Juan: el pacto de Houston
En El Universal, el periodista Salvador García Soto, escribe que: “Antes de volverse enemigos y de que su grupo se fracturase y se enfrentarán en la actual lucha de poder y acusaciones de ‘traición’, Elba Esther Gordillo y Juan Díaz de la Torre sellaron un acuerdo de protección mutua, al que llamaron ‘El Pacto de Houston’, para mantener el control del sindicato más grande y poderoso de México y de América Latina. Era noviembre de 2012, semanas previas al inicio del gobierno de Enrique Peña Nieto, y la entonces lideresa todopoderosa del SNTE había entrado ya en una ruta de ruptura con el presidente electo porque se resistía a apoyar una iniciativa de Reforma Educativa que no había sido consensuada con el sindicato y que colocaba a los maestros, con su evaluación coercitiva, como el mayor de los males del sistema de educación pública del país […] Después la relación se rompió no sólo entre Gordillo y Díaz de la Torre, sino entre éste y su familia. El ‘Pacto de Houston’ quedó hecho añicos y ella, desde la cárcel, armaría el plan de acercamiento a Morena y a Andrés Manuel López Obrador, con el que trazaría su regreso y su venganza de los traidores. El jueves pasado, con la renuncia de Juan Díaz de la Torre al sindicato y el anuncio previo de ella en un vídeo de que iría por todo para recuperar el SNTE, se definió la batalla interna que hoy se va a librar en una elección democrática y por voto directo de un nuevo dirigente, tal y como se los exigió a ambos el presidente electo.

El camino a la confianza
En Milenio, el columnista Liébano Sáenz, escribe que: “Para la administración pública, el brinco de la incertidumbre a la confianza es siempre un reto mayor. Andrés Manuel López Obrador lo tiene resuelto con la población, no así con el minoritario pero estratégico sector inversionista. La cancelación del aeropuerto en Texcoco tuvo efectos que confirman la hipótesis: en la población aumentó la confianza y el acuerdo con el Presidente electo; en el sector inversionista se disparó la preocupación con respecto al manejo de la economía. El apoyo popular a la medida refleja la idea de un presidente que decide y actúa con determinación, sobre todo, a partir de la tesis de que la obra estaba asociada a la corrupción. Por otra parte, para el inversionista y el sector empresarial fue preocupante en sí misma la discrecionalidad, además lo que ellos perciben, casi de manera unánime, como un error. Una obra ya en proceso, emblemática del progreso y de la modernidad, cancelada, y una alternativa discutible en su factibilidad y evaluada con explícitas reservas en su funcionalidad, no tienen sentido para el inversionista. La decisión genera un desencuentro entre la mayoría de la población y el sector inversionista, al que se le suma una parte calificada de opinadores. El asunto no se resuelve con el acuerdo con los intereses económicos afectados; lo que preocupa no son las empresas en específico, sino la política pública del nuevo régimen y su forma de tomar decisiones. La opinión pública es complaciente porque no tiene a su alcance los costos de decisiones aparentemente cómodas o incontrovertibles. El mismo Presidente electo lo ha señalado, no hay respuestas fáciles, siempre se resuelven a partir de males mayores o menores. Por tal consideración debe haber un criterio que pondere a la opinión pública, pero también el criterio técnico y el sentido común, espacios donde el nuevo gobierno puede hallar elementos para un potencial acuerdo con el sector inversionista. Andrés Manuel López Obrador puede gobernar a partir de mantener su mayoría, pero tendrá que hacer un esfuerzo mayor para lograr la confianza de todos. El país no se puede mover adonde el presidente quiere sin la participación de las minorías, sociales, políticas y económicas. Mantener la autonomía del Banco de México y el equilibrio entre ingreso y gasto públicos es un factor importante […] Los resultados, para bien o para mal, en buena parte se vuelven cifras. El empleo, la inflación, la renta per cápita, el crecimiento, el tipo de cambio, el comportamiento de la bolsa de valores, también la incidencia delictiva, la salud, la educación, la vivienda y hasta la corrupción como percepción se vuelven indicadores y expresiones numéricas. La aprobación y el acuerdo presidencial se expresan en números, también los votos. Todo está por verse. A la larga, la confianza la dan los resultados, no los propósitos. Ésta es, más que todo, producto de un sistema, no de un hombre.

No me ayudes, Salgado, podría decir AMLO
En El Universal, su columna de trascendidos Bajo Reserva, asegura que: “Desde 1988 es conocido como Diputado Costales, por haber tomado la tribuna de San Lázaro para vaciar un costal con boletas electorales que ‘probaban el fraude electoral’ de aquella elección presidencial. Es conocido entre la izquierda como rijoso, entrón y por su afición a las bebidas espirituosas. Ahora, instalado en la aplanadora de Morena, el senador guerrerense Félix Salgado Macedonio sacó una vena que no se le conocía: el autoritarismo más ramplón, a partir de una noticia que publicó esta casa editorial sobre la rebeldía de los gobernadores del PAN al plan de seguridad y los superdelegados del próximo gobierno de AMLO: ‘Aquel gobernador que no se ajuste al lineamiento constitucional, aquí (en el Senado) se puede dictar la desaparición de poderes’. ¡Sopas! El que no esté de acuerdo con la nueva mayoría y sus dictados, ya puede ir haciendo las maletas, parece decir don Costales. Y en la 4T, el presidente electo debiera decirle a Salgado: 2No me ayudes, compadrito'”.

Despedida de Los Pinos
En Milenio, su columna de trascendidos Trascendió, asegura que: “el presidente Enrique Peña recibirá este sábado por última ocasión a los integrantes de su gabinete en Los Pinos. El mandatario citó a sus colaboradores a una comida informal, a las 15 horas, para agradecerles su acompañamiento y apoyo durante los seis años de su gestión. Así comienza la cuenta regresiva de la última semana del actual gobierno federal, ya que el próximo 1 de diciembre el titular del Ejecutivo federal entregará la Banda Presidencial a su sucesor, Andrés Manuel López Obrador. El equipo peñista, por supuesto, se va con la satisfacción del deber cumplido”.

Reacios
En el Excélsior, su columna de trascendidos, Frentes Políticos, asegura que: “Un tema de controversia es el de los llamados superdelegados, pues los partidos opositores a Morena advierten que, de aprobarse la iniciativa, recurrirán a instancias superiores. Ante las inconformidades, el senador Félix Salgado envió un mensaje a los gobernadores sobre desaparecer los poderes de sus estados si no se alinean a trabajar con el próximo gobierno y la nueva figura de titulares de las Delegaciones de Programas para el Desarrollo. Los 12 gobernadores panistas emitieron un desplegado en el que acusaron que se les pretende “supeditar” para trabajar en materia de seguridad. ¿Ahora hablan de defender la soberanía de los estados, cuando no han podido defender a sus ciudadanos de la violencia? El cambio llegó. ¿Es tan difícil de entender?

Navidad adelantada
En el diario Reforma, su columna de trascendidos Templo Mayor, asegura que: “si de pronto se encuentra con Santa Claus en alguna Secretaría del gobierno federal, no se sorprenda: lo que pasa es que este año les llegó por adelantado la Navidad a los burócratas. Antes de que les caiga encima la prometida austeridad, en diversas oficinas federales decidieron adelantar un mes el brindis navideño, como sucedió el jueves en la Secretaría de Cultura, que encabeza María Cristina García Cepeda…, y lo mismo se ha visto en muchas otras dependencias. Pero no vayan a creer que solamente se trata de darse el abrazo, brindar y cantar villancicos, sino también de acabarse a toda prisa el poco presupuesto que queda antes de la llegada del próximo gobierno. De ahí que también se han estado adelantando aguinaldos, bonos y los tradicionales “regalos” -pagados con dinero público, por supuesto- con los que las Secretarías apapachan a sus funcionarios en rifas y tómbolas de fin de año. ¡Feliz Navidad… en noviembre!”.