Con humor y sentido del absurdo, el poeta mexicano vuelve a contar el mito de fray Juan de la Cruz en clave contemporánea. El autor consigue capturar tanto el lenguaje como la mentalidad de la época y entrelaza magistralmente los versos del fraile, como si en ellos hubiera profetizado el delirio tras su muerte.

En agosto de 1592 un alguacil y sus dos ayudantes tienen la encomienda de trasladar el cuerpo de fray Juan de la Cruz, gran poeta y místico carmelita, del monasterio a su morada en Segovia. Cuando al exhumarlo lo hallan “incorrupto y tan fresco como cuando murió” se produce un fervor extático por el cuerpo, codiciado objeto de deseo y devoción.

Ciudad de México, 25 de enero (SinEmbargo).- En agosto de 1592 arriban al monasterio de Úbeda un alguacil y sus dos ayudantes, con la encomienda de trasladar el cuerpo de fray Juan de la Cruz, gran poeta y místico carmelita muerto el año anterior, a su morada en Segovia. Cuando al exhumarlo lo hallan «incorrupto y tan fresco como cuando murió» se produce un fervor extático por el cuerpo: un codiciado objeto de deseo o fervorosa devoción. A lo largo del camino suceden toda clase de aventuras e infortunios, con personajes casi mitológicos.

Fabre entrelaza magistralmente los versos del fraile, como si en ellos hubiera profetizado el delirio que circundaría a su propio traslado póstumo. El autor consigue capturar tanto el lenguaje y el tono como la mentalidad de la época en que transcurre la historia, para volver a contar el mito de fray Juan de la Cruz en clave contemporánea. Para ello, utiliza la delicadeza poética, el humor y el sentido del absurdo; envuelve al lector y lo contagia del deseo místico que recorre de principio a fin la novela.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento del libro Declaración de las canciones oscuras, obra por la que el poeta Luis Felipe Fabre ganó el duodécimo Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska el pasado 19 de diciembre. Cortesía otorgada bajo el permiso de Sexto Piso.

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PRÓLOGO

–¿Ferrán?
–¿Qué?
–¿Sigues aquí?
–¿Tú qué crees?
–¿Ves algo?
–No. Nada. ¿Y tú?
–No sé.
–¿Cómo es que no sabes? ¿Ves algo o no?
–No sé si veo o no veo esta oscuridad. No sé si esto que veo es la oscuridad de la noche o no veo la noche y ciego vago en la noche oscura.
–¿Cómo sabes que es de noche?
–¿Cómo?
–Que si no sabes si ves o no ves cómo sabes que es de noche.
–Hasta los ciegos pueden distinguir la noche del día.
–¿Cómo?
–No sé.
–Entonces no estás ciego.
–¿Qué dices?
–Que si estuvieras ciego sabrías cómo distinguir el día de la noche.
–¿Qué?
–Que si estuvieras ciego sabrías la diferencia entre ver y no ver.
–¿Qué?
–Que no estás ciego sino sordo.
–No entiendo… ¿Qué dices?
–Nada.
–¿Nada?
–¡Nada!
–Es que no entiendo eso que dices de que no estoy ciego porque no sé distinguir el día de la noche: no es lógico.
–Eso lo dijiste tú.
–Yo no dije eso… O no quise decir eso… O no así… O no lo recuerdo… Ya no sé… Estas tinieblas me oscurecen los sesos. ¿Y estás tú cierto que es de noche?
–Noche más noche imposible. Una noche como todas las noches juntas.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque no estoy ciego.
–¿Cómo sabes que no estás ciego?
–¡Porque no estoy ciego!
–¡Quisiera estar ciego!
–Déjate ya de boberías.
–Quisiera estar ciego para dejar de ver esta oscuridad espeluznante.
–Cierra los ojos y cállate ya.
–¿Que cierre los ojos?

–Ciérralos que igual andamos a tientas. ¿Ves que lo mismo da tener abiertos los ojos que cerrados? Nos hemos adentrado tan profundo en las entrañas de la noche que en nada se distinguen ya las tinieblas interiores de las exteriores ni la visión de la ausencia de visión. Si quieres jugar al ciego, cierra los ojos. O no los cierres. Da lo mismo. Pero basta ya de necedades. Déjame concentrarme en mis pasos y tú sigue con tus palos de ciego.
–Un ciego tropezaría menos que nosotros el camino en esta noche oscura.
–Que te calles.
–Si al menos resonara un eco en esta oscuridad muda, si pavorosas cantaran las nocturnas aves, zumbaran los insectos, aullaran las fieras, crujieran las hojas bajo las serpientes, retumbaran desconocidos y amenazantes pasos, tendría a los ruidos más temibles por amables lazarillos. Pero tan callada anda la noche que tengo al silencio por la peor y más solitaria ceguera. ¿Y tú quieres que me calle?
–¡Que te calles!
–¡Nos perderemos para siempre en la noche, el olvido y el silencio y no quedará de nosotros registro ni memoria!
–¡Cállate! ¡Deja ya de lloriquear!
–No te enfades… Canta algo, anda. Canta una de esas coplillas que tanto me gustan.
–¡Que te calles, Diego, por Dios, que te calles!
–Espera, cata: ¡creo que veo algo!
–¿Dónde?
–¡Allá! ¡Cata! ¿Lo ves?
–No. ¿Qué? ¿Dónde?
–¡Allá, allá!
–¿Dónde es allá?
–¡Allá! ¡Allá adelante!
–No veo nada.
–¿Estás ciego?
–¿Qué ves?
–No sé… Sombras pero más claras, figuras que no alcanzo a distinguir… Espera… ¡Son gentes!
–¿Qué?
–¡Sí! ¡Gentes! ¡Míralos! ¡Viajeros perdidos en la oscuridad como nosotros!
–¡No veo a nadie!
–¡Ferrán, Ferrán! ¡Mira! ¡Es el alguacil!
–¿Estás seguro?
–¡Eh, don Juan! ¡Don Juan!¡Acá! ¡Acá andamos!
–No lo veo.
–¡Ya amanece!
–¿Qué?
–Que ya amanece.
–¿Qué?
–¡Madre mía!
–¿Qué sucede?
–¡Dios mío, Dios mío!
–¡Diego! ¡Dime! ¿Qué demonios te pasa?
–Somos nosotros…
–¿Qué?
–Que te veo a ti y me veo a mí allá, junto al alguacil.
–¿Qué dices?
–Somos nosotros los que allá van.
–Déjate de disparates que no anda la noche para burlas.
–¡Es verdad! ¡Lo juro!
–¡No hay nada! ¡No hay nadie más en esta oscuridad! ¿No ves que no estás viendo? Mira que ellos no son nosotros. Mira que son ilusiones, sueños, engaños, trampas, quimeras, espectros. Vanas apariencias sin espesura. Mentidas figuraciones sin más sustancia que el vapor de los humores. Falaces engendros de bilis, melancolía y flema. Pinturas del pensamiento que pone algo donde nada hay por resultarle la nada impensable. Sombras coloreadas en la oscuridad que sirve de negro espejo a la fantasía… ¿Me estás oyendo, Diego ¡Diego! ¡Di algo! ¿O te cortaron la lengua? ¡Di! ¿Sigues aquí? ¿Diego?

I. En el que comienza la declaración de las canciones de la «Noche» de fray Juan de la Cruz partiendo del primer verso de la primer canción que muy callada canta «En una noche oscura» y, aunque muy callada, perturba su eco, o la torpeza de su declaración, otra y distinta noche y el silencio de la noche o el sueño de su silencio.

En una noche oscura, a fines del mes de agosto –o quizá era ya septiembre– del año de gracia de 1592, a la hora más secreta, tal y como le había sido encomendado por el Oidor Real don Luis de Mercado, sin más compañía que la de sus ayudantes de los que no ha quedado apenas registro ni memoria salvo que eran dos, pero que bien podrían haberse llamado Ferrán y Diego, y nada tampoco perdura que lo rebata, Juan de Medina Zevallos o Ceballos o Zavallos, según la fuente que se consulte, e incluso, en algunos documentos, Francisco de Medina Zeballos, Alguacil de Corte, llamó a la puerta del convento de los carmelitas descalzos de Úbeda.

Dormía el prior. Los hermanos dormían. Dormían los frailes todos entregados a las profundas tinieblas de un sueño sin imágenes. Podría pensarse de aquel sueño que no era sino la continuación de las pobrezas, renuncias y austeridades de la vigilia tan propias del Carmelo Reformado, aunque muy errado anduviera quien aquello afirmase. Antes bien, dormían como si durante el día hubiesen apostado por el alma pero a la noche hubiera triunfado el cuerpo. Pues dormido estaba cada uno completo en la soledad de su carne como sólo puede estarlo aquello que carece de espíritu. Y roncaban. Horriblemente. Incluso aquellos frailes que suelen hallar sus particulares contentos en la mortificación, sus deleites en las privaciones del natural, habían a su natural sucumbido como si todas sus disciplinas, cilicios, desvelos, rigores hubiesen sido aspirados por la carne en un hondo bostezo e incluso ellos mismos: domadores devorados por sus fieras. Incluso ellos, olvidados ya todo cuidado y voluntad, plácidamente roncaban.

Desde su solitaria carne, desde su celda solitaria, cada uno roncaba y se unía a sus hermanos en un coro de ronquidos. Pero en ese minuto oscuro hasta los ronquidos habían cesado, quedando suspensos en lo más secreto de la noche. Y, callando, el coro de durmientes se unía al silencioso coro de sus hermanos difuntos que descansaban bajo las lozas de la iglesia. El portero, que debería estar velando, habíase quedado también dormido aún con el rosario en la mano, que, según la altura de las cuentas entre sus dedos, no bien había rezado los misterios dolorosos cuando al cansancio alióse la monotonía de los padrenuestros.

Cuando al fin los cada vez más insistentes, que no estruendosos, llamados del alguacil, que reconciliar intentaba en un mismo acto la orden de llegarse en secreto y la necesidad de hacerse oír para llegar, lo despertaron, más que un despertar fue un alzarse de entre los muertos en un sobresalto que no reconoce hora ni lugar ni razón, que ni el mismo Lázaro habrá sufrido mayor desconcierto que el suyo.

Pero a eso había venido el alguacil: a importunar a los muertos. O tal es lo que pudo colegir el prior, fray Francisco Crisóstomo, luego de que el recién resucitado portero lo despertara y aún ciego, con los párpados pegados de sueño y lagañas, se dejase guiar a través del claustro hasta el salón donde lo esperaba todo papeles y bulas y cartas y sellos su insomne e imprevisto visitante. Qué de voces, qué mandatos, qué exigencias. Qué amenazas, qué excomuniones en caso de desacato. Qué de nombres de príncipes y grandes señoras y condes insignes y altos prelados esgrimía el alguacil entre los cuales el prior apenas alcanzó a reconocer el del muy humilde y muy venerable y muy problemático y muy sospechoso y muy fastidioso y muy fatigoso fray Juan de la Cruz.

II. En el que se prosigue en la misma noche con el dicho primer verso para declarar luego por boca de un fraile indiscreto el segundo verso que canta «con ansias, en amores inflamada» aunque harto oscurecidos sus fuegos por apetitos de extraña naturaleza al tiempo en que Diego se cuestiona en secreto si no hubiese sido mejor haberse quedado en casa ajeno a tales tinieblas y tales desmesuras.

–Así es que hasta a las más nobles narices de Madrid ha llegado la suave fragancia de nuestro hermano fray Juan despertando los apetitos de los ricos y los poderosos –dijo el portero asomándose de pronto por la ventanilla del portón.
–No sabemos a qué os referís, hermano –respondió Ferrán, que junto con Diego aguardaba afuera las órdenes del alguacil, intentando darle cara a la indiscreción y la sorpresa.
–Que os han enviado de Madrid a despojar a Úbeda de su santo y a nosotros, pobres frailes, del cuerpo de nuestro hermano.
–No nos es permitido hablar –esquivó Ferrán vistiendo de obediencia la insolencia de sus veinte años.
–Pues cosa muy distinta me ha parecido escuchándooslos desde este otro lado del portón –insistió el portero.
–¡Ya ves! –aprovechó Ferrán para reclamar a Diego–. ¡Te dije que te callaras!
–¡Yo no dije nada! –se excusó Diego enrojeciendo.
–No os mortifiquéis –dijo el portero–, que en esta materia de más provecho me ha sido escuchar a vuestro señor hablando con el prior.
–¿Será que todas las porterías son universidades de espías? –preguntó Ferrán retórico como el estudiante de Salamanca que le habría gustado ser–. Pues no conozco un portero que no sea un bachiller en cotilleo cuando no un gran doctor en lengua.
–El oído no elige su objeto –repuso el portero–. Y el olfato tampoco. Y debo deciros que a mí me huele que no será esta noche cuando crucéis este portal y os hagáis al camino con el cuerpo del fraile a cuestas.
–Hablad claro, hermano.

–Yo sólo soy el humilde hermano portero y poco o nada sé de teología o letras. Mas decís bien cuando decís que las porterías son escuelas pues en abriendo y cerrando esta puerta harto aprendo. Sé quién entra y quién sale. Sé cuándo y con quién y con qué y para qué. Letrado soy de cuanto sucede adentro y afuera y aquí y allá, pues el aquí y el allá y el adentro y el afuera por esta puerta transan, comercian, se intercambian, se entremezclan, se trastocan y transitan. Y sé también que fray Juan de la Cruz no atravesará sus umbrales esta noche. No sólo los ricos y poderosos de este oscuro mundo ambicionan arrebatarles su prodigioso trozo de carne a los pobres devotos de Úbeda. Hay fuerzas sobrenaturales en aquesta querella. Fuerzas luminosas y fuerzas oscuras que los que os han enviado ignoran, y vosotros mismos, y aún las gentes de Úbeda. Hay ángeles y demonios disputándose sus huesos como si de un alma se tratara. Mas si en alguna otra noche os hacéis con el cuerpo del fraile, sea a quien sea que sirvan las gentes de Úbeda, pues, miserables e ignorantes, al igual que vosotros ni ellos mismos conocen a su amo, ni si es al látigo del espíritu o al de la carne al que obedecen, no os permitirán marcharos llevándoos la presa y, ciegos de rabia, mas de rabia aguzado el olfato, como perros feroces seguirán vuestro rastro y os perseguirán sin tregua por el camino y la noche.

–Hemos tomado todas las providencias que son menester–dijo Diego creciéndose desde sus dieciséis años hasta alcanzar los veinte de Ferrán y sobrepasándolos y dándose aires de gran dueño–. En secreto hemos venido y en mayor secreto partiremos. ¿Quién les dará aviso?
–¡Diego, cállate!
–¿Qué? –replicó Diego volviendo a ser tan sólo un niño muy alto manchado de barba.
–De mí no debéis cuidaros. Yo sigo voto de obediencia y el prior me ha ordenado discreción. Mas nadie podrá acallar el olor.
–¿Qué olor es ése? –preguntó Diego intrigado, como si lo hubiera olido más que escuchado, procurando no prestar atención a Ferrán que ya meneaba la cabeza como solía cada vez que abría la boca y a cuya desaprobación, pensó, debería intentar acostumbrarse.
–El aromado escándalo de su cuerpo. El perfume de la santidad. Un olor suavísimo que despierta en las almas ansias, furores, ardores y que, aún a veces, emanando debajo de la loza donde yace fray Juan y vagando por los aires, puedo percibir desde esta portería como un jazmín lejano.
–¿Es al fantasma de una flor a lo que debemos temer?–preguntó Ferrán envalentonado ante la delicadeza del enemigo.
–Es a los extraños apetitos que tal fragancia despierta.

Pues han de saber –dijo tomando aire el portero y carraspeando como quien apresta un largo discurso– que no bien falleció el hermano fray Juan cuando comenzó a exhalar aquella suavísima fragancia aunque lleno era su cuerpo de infectas llagas y apostemas. Habíase su rostro tornado hermoso y apacible y menos moreno y más blanco y encendido que cuando vivo solía y más bien trigueño era. Y su aspecto dulce y el dicho olor despertó entre los hermanos gran veneración. Y llegaron todos de rodillas a besarle los pies y las manos como de cuerpo santo.

Pronto aquella fragancia se extendió como un rumor por la ciudad de Úbeda y despertó a sus gentes y despertó en ellas desconocidas ansias y desmesuras y las hizo levantarse de sus camas y vagar en la noche oscura, pues, sin saber cómo, supieron que el fraile Juan de la Cruz había muerto y supieron que tenían que acudir a verle. Y acudieron, vagando por la noche hasta reunirse aquí, frente a las puertas del convento. Y aquí reunidos clamaron y exigieron que los dejara entrar, mas no me era permitido dejarlos entrar. Y tales eran sus furores y ansias y desmesuras que temí fueran a echar abajo el portón o pegarle fuego y así se lo comuniqué al prior. Y el prior, contra regla y costumbre, me ordenó que los dejara entrar. Y abrí la puerta y los dejé entrar. Y entraron en tropel y sin haber estado antes dentro y sin conocer, guiadas sólo por aquella fragancia, se dirigieron a la celda donde yacía el cuerpo de fray Juan, y, aunque lleno era de infectas llagas y apostemas, padecieron irrefrenables apetitos de tocarlo. Y lo tocaron. Y se arrodillaron para besarle los pies y aprovechando la ocasión arrancarle algún cabello o al menos unos hilos a sus pobres hábitos. Y en llegando la mañana se fueron llegando más gentes. Y yo les abría la puerta y los dejaba entrar. Y entrábanse y arrodillábanse y los pies del fraile besaban. Y no permitiéndoles mis hermanos arrancar ya más hilos ni cabellos, pedían les diesen algo que hubiera tocado su cuerpo o le hubiese servido en su enfermedad, y contentos se iban con los paños con los que habían limpiado sus llagas.

Mas cuando de aquellos paños no quedó ni una hebra que repartir, enojáronse las gentes y quejáronse e hicieron mil murmuraciones y averiguaciones por conocer las señales de las doncellas que de habitual lavaban las vendas del fraile por ver si conservaban alguna. Y así, inflamadas de extrañas ansias, se hicieron las gentes a las calles. Y en llegando a las casas de las lavanderas a voces las llamaban y con fuerza tocaban a sus puertas y, si no abrían, hacían puertas de ventanas. Interrogábanlas, o estando ausentes, a sus padres o sus hijos o a quien hubiera dentro o a sus vecinos interrogaban, rogaban, amenazaban. Daban voces tales que diríase aullaban y ladraban. Quebraban candados, forzaban baúles, violentaban arcones, revolvían ropas y toda tela blanca requisaban. Si por santa cautela hubiese consigo una lavandera una venda, si limpia, manchada de sangre y pus la deseaban y la tenían por oculta, y sin descanso su búsqueda proseguían más igual la limpia arrebataban y repartíanse y por sus pedazos y aún hilos entre ellos reñían que tengo que si fuese oro menos se afanaran.

Y así, henchidas de inauditos furores, de misteriosos ardores, de fervientes humores, vagaron las gentes por las calles y las casas de Úbeda hasta que las campanas del convento convocaron al entierro. Gentes de todo estrato se atropellaban ya en la iglesia y en las calles para poder pasar y tocar o al menos ver el cuerpo.

Y embriagados de aquel celestial olor llegáronse los carniceros con sus cuchillos y con sus dagas los rufianes y con sus pinchos las cocineras y los herreros con sus tenazas llegaron. Llegáronse con sus sierras los carpinteros y con sus tijeras las costureras y con sus alfileres las grandes señoras y con sus navajas los barberos llegaron. Y llegáronse todas las gentes con innumerable concurso provistas de filos según su oficio y posición mas indistintas a su posición u oficio lo mismo todas apetecían su tajada de santo. Pelos de la barba, de los brazos, de las piernas, los más discretos.

Uñas, pedazos de oreja, los acomedidos, y los callos que con las grietas se le habían hecho en los pies. Pero los osados más allá del hábito se aventuraban. Los hermanos intentamos proteger el cuerpo para que no le cortasen pedazos de carne que si no, llegada la hora, no halláramos qué enterrar ni vosotros qué desenterrar.

–Mucho os agradecemos vuestras cautelas, mas no temáis por nosotros, hermano, que si en verdad tal celestial perfume puede hacer peligrar nuestra empresa, bastará con darle un plato de alubias a este bobo –dijo Ferrán señalando a Diego– para que se ande todo el camino con las tripas soplando vientos por mejor disimulo, que, según he sufrido durante el viaje, esconde éste un muerto nada santo pudriéndosele dentro.

III. En el que aprovechando el breve respiro y el insondable vacío que va de un verso a otro, reflexiona el prior en torno a la agonía de fray Juan de la Cruz, que habiendo sido destinado a las Indias quiso la Providencia o la Fortuna que mejor se llegase a morir a su convento de Úbeda como bien supo entenderlo ya estando allí el fraile al responder una carta diciendo que ya no eran menester ni tiempo de tratar de las Indias de la tierra, sino de aparejarle para las del cielo, y hacer conveniente matalotaje para esta jornada.

Ah, fray Juan, fray Juan, fray Juan. Incluso después de muerto persistía en ocasionar problemas, pensaba el prior. A mala hora aparejó venir a morir a Úbeda. Llegó muy maltrecho, enfermo de calenturas e hinchado el pie derecho procedente de La Peñuela donde aguardaba el momento de ser enviado a las Indias pues los superiores de la orden por peligro lo tenían y muy apartado lo deseaban. Y en viéndolo llegar, supo el prior que traería problemas, grandes problemas, enormes e innumerables problemas, y dispusolo hospedasen en la celda más pobre y tratólo con gran rudeza en la esperanza de que el rigor lo invitase a partir cuanto antes. Nunca le había simpatizado fray Juan. Su santurronería le irritaba y tenía su humildad por una variación de la soberbia. ¿Se arrepentía ahora por su trato áspero y falto de caridad? Quién iba a decir, pensaba el prior, que su enfermedad tratábase de algo más que una treta para distraer de las graves sospechas que sobre el fraile se cernían.

Contra sus suspicacias, las fiebres y la inflamación empeoraron y un cirujano extrajo del pie una enorme cantidad de pus. Se plagó de úlceras y tumores y sus dolores se hicieron cada vez más fuertes. Recibió entonces fray Juan la extrema unción y mandó a llamar a los catorce hermanos del convento.

Acudieron con candiles en las manos y con el De Profundis y con el Miserere en la boca y rogó fray Juan le leyesen algo del libro de los Cantares: «¡Oh, qué preciosas margaritas!», dicen los hermanos que dijo al escuchar aquellos versos amorosos. Y dicen que dijo luego: «Hoy cantaré maitines en el cielo». Y dicen también que en diciendo aquello cruzó los brazos sobre el pecho y así expiró aquella madrugada del 14 de diciembre del año de gracia del Señor de 1591. Quién iba a decir, pensaba el prior, que aquel mustio al final resultaría de veras santo. Hay hermanos que aseguran haber visto brotar una gran luz del cuerpo del fraile. Hay hermanos que aseguran que un celestial perfume comenzó a emanar del cadáver. El prior no vio ni olió nada inusual pero supo que nuevos y grandes problemas estarían por llegar. Y llegaron, pasado un año, bajo la figura de tres hombres y sus mulas.

A mala hora se le ocurrió a fray Juan venir a morir a Úbeda, pensaba el prior. Una de esas bendiciones exigentes de las que hubiera preferido librarse. Pero ya no había modo de librarse, pensaba. Aunque el alguacil desenterrara el cuerpo y lo llevase a Segovia, cumpliendo el gran honor para el que decía haber sido comisionado por don Luis de Mercado a instancias de su hermana, la muy devota y muy rica y muy viuda doña

Ana de Peñalosa, fray Juan de la Cruz le seguiría ocasionando problemas. Tanto los hermanos como las gentes de Úbeda le habían tomado gran devoción y lo tenían por santo y de santo querían rendirle culto, lo cual era un problema: el culto no autorizado constituía falta grave y el prior había sido amonestado por sus superiores por permitirlo aunque él no había permitido nada. ¿Mas cómo detener la devoción? Hubo un hermano que a la hora de las disciplinas aseguró que su brazo quedó inmovilizado por una fuerza sobrenatural imposibilitándole menearlo para azotarse y que la causa no era otra sino la de estar sobre la loza bajo la cual yacía fray Juan de la Cruz.

Aunque el prior no le creyó, tanto hermanos como legos rehusáronse desde entonces a pisar la loza, trayendo aquello consigo desordenes de movimiento, distracciones en el culto, desconcierto durante las ceremonias. Dichoso renunciaría el prior al problema que era el cuerpo de fray Juan si aquella renuncia motor no fuera a su vez de nuevos y mayores problemas. No quería ni imaginar los alborotos y querellas que suscitaríanse cuando los hermanos y los fieles se enterasen que el cuerpo había sido sustraído y llevado lejos.

Incluso llegó a temer un motín. Pero entre tantos problemas tuvo el prior que al menos el decidirlo no era ya problema suyo: asunto decidido era y a él sólo le restaba acatar y obedecer. Y la idea de la obediencia le fue dulce y le sirvió de descanso entre tantos problemas. Y obedeció. Acató sin queja el mandato y condujo al alguacil hasta la iglesia donde bajo una loza yacía la causa de sus problemas, en tanto el alguacil, desconcertado al no encontrar oposición ni resistencia, continuaba blandiendo jerarquías, patentes, argumentos y discursos.

Quién iba a decir, pensaba el prior, mas no pudo concluir su pensamiento pues el alguacil con su corte de nombres y su ejército de razones, con sus papeles y sus bulas, lo apartó de sus cavilaciones para vociferarle nuevas exigencias. El prior obedeció y ordenó al portero que hiciese entrar a los ayudantes del alguacil y que llamase también en secreto a fray Mateo del Santísimo Sacramento y a fray Miguel de Jesús para que auxiliasen en la exhumación. Y llegando éstos los intimó al silencio. Y entre aquellos cuatro alzaron la loza bajo la cual yacía el cuerpo de fray Juan de la Cruz.